Capítulo 42
La llamada
No sé cómo he llegado hasta aquí. Sé que estaba en el suelo del invernadero, con la ropa hecha un desastre y el cuerpo que no me respondía. Sé que tardé mucho en levantarme y que me dolía todo, y no hablo de las piernas.
Rafa me había roto el móvil para que no pudiera llamar y lo había conseguido: no había manera de buscar el nombre de Martín que era lo único que me habría puesto entera otra vez.
Me metí el móvil muerto en el bolsillo y salí del invernadero.
No sabía adónde ir. No me atrevía a volver al ático, porque el ático era de los dos, y yo no podía llegar así, con las manos temblando y la ropa rota, a un sitio que olía a él.
Me quedé un rato en mitad del camino de grava, mirando las luces de la urbanización, que estaban todas encendidas y, a la vez, me parecían todas apagadas.
Pensé en llamar a mi madre. Pero mi madre, si me veía así, se le caía el mundo encima, y yo no podía hacerle eso. La abuela tampoco. Eran las dos mujeres que me habían criado, y no podía llegar a su casa con aquella noticia, no sin saber antes qué iba a decirles.
La primera casa a la que llamé tenía las luces del salón encendidas. Esperé a que me abriera una señora con bata y redecilla.
—Perdone —dije, con la voz que no me salía—. Necesito un teléfono. El mío se me ha roto y necesito llamar. Por favor, es importante.
La señora me miró, primero a mí y luego al jardín, como quien busca a alguien detrás de mí.
—¿Tú eres la del ático de los Lombardo, verdad? —dijo, con la voz rara—. La que está con el hijo.
—Sí, pero...
—Lo siento, hija. —Cerró la puerta un palmo—. Yo no quiero líos. Esa familia trae líos, y la gente que se junta con ellos también. Anda, vete a la portería, que allí tienen teléfono.
Y me cerró en las narices.
Me quedé clavada en el porche, con las manos vacías y la boca seca.
No me había cerrado la puerta una desconocida: me la había cerrado alguien que me conocía de vista, que sabía quién era, y que había decidido que yo era el problema.
Así me veían. No como la mujer que acababa de salir de un invernadero con la ropa rota o como la amiga de Martín.
La que se había metido en una familia que traía líos.
Crucé la urbanización hasta la portería.
El señor Eladio, el conserje, me vio llegar y se le cambió la cara.
Era un hombre mayor, de los que llevan el uniforme planchado y conocen a todos por su nombre.
Me hizo entrar, me sentó en su banqueta, me dio un vaso de agua y me dijo, con una voz que no admitía mentiras:
—Niña, tú no estás bien. ¿Qué te ha pasado?
Y yo no pude decírselo. No me salían las palabras.
Solo le dije que necesitaba llamar, que se me había roto el móvil, y que quería llamar a mi amiga Rocío.
El señor Eladio no preguntó más. Me puso el teléfono delante, y hasta giró la silla para darme la espalda, para que yo pudiera hablar tranquila.
Rocío contestó a la segunda. Le dije “soy yo, ven a por mí, estoy en la portería de Simón Verde”, y debió de notarme algo en la voz, porque no me preguntó nada. Solo dijo:
—No te muevas. Voy.
Luego llamé a Martín, y eso fue lo más difícil.
Marqué su número. Sonó y cuando contestó, con su voz de “dime, Candy”, me quedé sin aire.
Abrí la boca para contarle todo, para decirle lo que había pasado, para oírle decir que ya venía, que me esperara, que todo iba a estar bien.
Pero no me salió. La voz se me quedó en la garganta, hecha un nudo, y lo único que pude hacer fue decir:
—Martín...
—¿Candy? ¿Qué pasa? ¿Por qué no hablas? ¿Estás bien? ¿Por qué me llamas desde un número que no es el tuyo?
—Sí. —Mentí—. Solo quería oírte.
—¿Solo eso? —Se rió, aliviado—. Llevas días rara. Me tenías preocupado.
—Perdona. —Se me escapó una lágrima, callada, por la mejilla—. Es que te echo mucho de menos.
—Yo también, tonta. Dos semanas más y estoy ahí. Te lo prometo.
Y colgué sin decirle nada. Me quedé mirando el teléfono del señor Eladio, con la lágrima todavía en la mejilla y el corazón partido en dos.
No había podido. No había podido contárselo por teléfono, así, sin más, con la distancia por medio.
Eso no se contaba por teléfono, se contaba en persona, y yo no sabía si algún día iba a poder contárselo de frente.Sentía vergüenza. Había sido todo culpa mía.
Rocío tardó menos de lo que canta un gallo en venir. Llegó con su coche y con la cuadrilla entera: sus primos, los del barrio, los que la acompañaban a todos los sitios. Bajó de un salto, me miró, y se le puso la cara que se le pone cuando va a arreglar algo.
—Candy. —Me cogió por los hombros y me miró de arriba abajo—. Tú no estás bien. Y no me digas que sí, porque te conozco desde que nacimos.
—No estoy bien —dije, y se me quebró la voz—. Estoy rota.
—Vale. —Me abrazó fuerte—. Pues vamos a arreglarlo, pero primero me dices quién. Me dices quién te ha hecho esto que se va a enterar. ¡Se va a cagar!
Se lo dije en voz baja, con la boca pegada a su hombro: Rafa, el de seguridad. Le conté lo que había pasado y Rocío, que no se andaba con rodeos, se quedó un momento callada, asimilando, y luego dijo:
—El de seguridad. —Se pasó la mano por el pelo—. Pues el de seguridad va a tener que buscarse otro trabajo, porque yo lo voy a hacer pedazos.
Los primos se movieron como si llevaran toda la vida esperando una orden así.
Uno sacó el móvil y empezó a hacer fotos; otro salió hacia el invernadero con una linterna; el más pequeño, que se llamaba Dani y era el que siempre iba a por los recados, se quedó conmigo, con las manos en los bolsillos, mirándome como se mira a alguien a quien hay que cuidar.
—¿Quieres un montadito? —me dijo, sacando uno de papel de plata—. Lo he comprado de camino. Está bueno, te lo juro.
—Dani —dijo Rocío, sin girarse—. Ahora no es el momento del montadito.
—Vale, vale. —Se lo guardó—. Pues lo guardo para luego.
En mitad de todo, casi me reí, porque aquella familia era así: capaz de liarse a hostias por un desprecio y capaz de ofrecerte un montadito mientras te arreglan la vida. Yo estaba desmontada por dentro, necesitaba un poco de esa gente.
Rocío fue al invernadero con el primo de la linterna. Tardó un rato, y cuando volvió, traía el móvil lleno de fotos y la cara seria.
—He hecho fotos de todo —dijo, en voz baja, para que el señor Eladio no la oyera—. Esto no se queda así, Candy. Esto se denuncia, ¿me oyes? No se queda así.
—¿Y a mi madre? —pregunté—. ¿Y a mi abuela?
—No les decimos nada. Todavía. —Me apretó la mano—. Primero lo tuyo. Primero tú.
Mandó a los primos a buscar a Rafa, que eran gitanos. Se fueron en el coche, con la linterna y los nudillos apretados, y yo me quedé en la portería, con el señor Eladio que me había hecho café y Rocío que no me soltaba la mano, esperando.
Tardaron una hora. Cuando volvieron, Dani bajó de la furgoneta con las manos vacías y la cara de quien trae una mala noticia.
—No está —dijo—. Hemos ido a la garita de seguridad, y la garita está vacía. La taquilla, vacía. —Se pasó la mano por la cara—. Ha recogido sus cosas y se ha ido, prima, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Rocío se quedó mirándolo un momento. Luego encendió un cigarrillo, con una calma que daba más miedo que un grito, y dijo:
—Claro que se ha ido. Los que corren, corren porque son culpables. —Dio una calada—. y a los culpables siempre se les encuentra tarde o temprano.
La mano de mi prima no me soltaba. El café del señor Eladio se enfriaba en la mesa y miré la noche que se cerraba sobre la urbanización y pensé que aquella era la llamada que no había podido hacer.
La de Martín. Que estaba en Madrid a dos semanas de volver, sin saber que yo estaba en jirones en una portería, rodeada de mi gente del barrio esperando a que encontraran a mi agresor.