Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Rafa se declara

El mes sin Martín fue el mes en que Rafa se convirtió en mi sombra.

No sé exactamente cuándo empezó. Quizá fue la tarde de la furgoneta, cuando se subió las mangas y la arregló en mitad de la calle.

Quizá fue antes, cuando me acompañaba a cerrar el invernadero.

El caso es que, desde que Martín se fue, Rafa estaba siempre cerca.

En la puerta de seguridad, con su uniforme y su linterna o en el jardín botánico, apareciendo con un café o en el banco del invernadero, cuando yo me quedaba más tiempo del necesario para no volver al ático vacío y yo, estaba tan vacía que cualquier cosa me llenaba sin darme cuenta, como se llena un vaso con agua que cae despacio.

—¿Y tu novio? —me preguntó una tarde, sin venir a cuento, mientras apagábamos las luces.

—En Madrid. —Pasé las llaves de una mano a otra—. Trabajando. Vuelve pronto.

—Ya. —Se quedó callado un momento—. Y tú aquí, sola. —Se giró hacia mí, con la luz del pasillo a la espalda—. Candy, ¿tú eres feliz con él?

Me quedé mirándolo con la pregunta flotando en el aire.

—Claro que sí. —Moví la cabeza—. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada. —Sonrió, con esa sonrisa suya de siempre—. Solo pregunto. Anda, vamos, que te acompaño.

Era la primera vez que alguien me preguntaba si era feliz con Martín, y no me lo había preguntado con mala intención o eso me pareció entonces. Me lo había preguntado como se pregunta una cosa que llevas tiempo queriendo preguntar, y yo, tonta de mí, no le di importancia.

Rafa empezó a buscarme más. Venía a verme a los rosales, se sentaba en el banco conmigo a la hora de la comida, me traía cosas: una manzana, un café, un chisme de la urbanización.

Un día me trajo un ramo de flores silvestres, de las mismas que Martín me había traído aquella mañana de los aplausos de Pepín, y me lo tendió con una sonrisa.

—Para ti —dijo.

—Rafa... —Me quedé mirando las flores, con el corazón dándome un vuelco raro—. No tienes que traerme nada. Esas flores... son las que me trajo Martín.

—Ya lo sé. —Se rió, bajito—. Por eso las he cogido, para que veas que yo también sé. Que yo también puedo. —Añadió, con un tono que no me gustó—. Yo sí estoy aquí, Candy, no como él.

Lo dijo y no le di importancia o se la di a medias, y me la quité de encima, porque pensar en ello me daba miedo. Pensar en que Rafa me miraba de otra manera me daba miedo porque yo no quería que me mirara nadie. Yo quería que me mirara Martín.

Una noche, mientras cerraba el invernadero, se me acercó por detrás. No oí sus pasos. Estaba agachada, guardando las tijeras, y de pronto sentí sus manos en mis hombros.

—Rafa —dije, sin girarme, con la voz rara—. Me has asustado.

—Perdona. —No quitó las manos—. Es que te he visto sola y me he acordado de ti. —Hizo una pausa—. Llevas un mes triste, Candy. Yo te veo. Yo sé cuándo estás triste, aunque no digas nada.

—No estoy triste. —Me giré, apartándome de sus manos—. Estoy cansada que es diferente.

—Claro. —Sonrió—. Estás cansada.

Se quedó mirándome y yo le devolví la mirada, y por primera vez vi en sus ojos algo que no me gustó. Una luz que no le había visto nunca, como la de los perros cuando huelen algo.

—Rafa —dije, con la voz firme—. Es tarde, me voy.

—Quédate un rato. —Dio un paso hacia mí—. No pasa nada por quedarse un rato, ¿no? Somos compañeros.

—Sí, somos compañeros. —Di otro paso atrás—. Y los compañeros no se quedan a estas horas en el invernadero.

Me di la vuelta y caminé hacia la puerta, con el corazón en la garganta. Sentí su mano en el brazo, y me giró, suavemente, y me plantó un beso en la boca.

Fue un beso que no me había pedido. Me quedé quieta, con los brazos caídos, con la mente en blanco, con una sola idea dando vueltas: Martín.

Estaba pensando en Martín mientras Rafa me besaba.

El beso era de Rafa, pero mi cabeza estaba en otra parte, en la videollamada de la noche anterior, en la voz de Martín diciendo “te quiero”.

Por un momento, un momento pequeño, me dejé. Me dejé llevar porque el recuerdo de Martín pesaba más que el beso de Rafa, porque estaba tan vacía que cualquier caricia me llenaba. Había pasado tantas noches sola que el calor de un cuerpo, aunque fuera el equivocado, me hacía olvidar el frío.

Abrí los ojos y vi a Rafa. No a Martín, a Rafa, con la cara pegada a la mía, con las manos en mi cintura con los ojos cerrados.

No.

No, no, no.

Me aparté, con un empujón que me salió del alma.

—Rafa ¡para!. —Me limpié la boca con la mano—. ¡Para!

—¿Cómo que…? —Se rió, bajito—. Te has quedado quieta, te has dejado, sé que te ha gustado.

—No me ha gustado. —La voz me temblaba—. No me ha gustado nada. Estaba pensando en otra persona, ¿me oyes? En Martín y no en ti.

Se le cambió la cara. Se le puso una cara que no le había visto nunca, la cara de un hombre a quien le quitan lo que cree que es suyo.

—Martín. —Escupió el nombre—. Martín, que está en Madrid, con sus clientes y su dinero, mientras tú estás aquí, sola. —Dio un paso hacia mí—. ¿Y tú crees que ese te quiere? ¿Ese que se ha ido y no te llama? ¿Ese que te deja sola un mes? ¿Ese es el que te quiere, Candy?

—Sí. —Las lágrimas me pellizcaban los ojos—. Sí, me quiere y yo a él.

—Yo sí estoy aquí. —Otro paso—. Yo sí te veo y te traigo café y flores. Tú, ¿qué me das? —Me agarró del brazo—. Nada. Siempre el rico ese, el del ático, el que te mira por encima del hombro.

—No me mira por encima del hombro. —Intenté soltarme, y no pude—. No te estoy dando nada porque no te debo nada. Somos compañeros. Suéltame.

—¿Compañeros? —Se rió, y la risa ya no tenía nada de bueno—. Tú y yo llevamos meses siendo más que compañeros, y lo sabes. —Me apretó el brazo—. O sí lo sabes, y no quieres darte cuenta.

—Rafa, me estás haciendo daño. —Le miré a los ojos, con las lágrimas saltadas—. Por favor… para.

—No te haré daño. —Me acercó a él, con un tirón—. Yo no te hago daño. Yo te cuidaré. Estoy aquí. ¿Y tú qué haces? Pues mirar para otro lado. —Me metió la mano en el pelo—. Ya no. Ya no miras para otro lado, ahora me miras a mí.

Y me besó otra vez. Forcejeé, le empujé el pecho, le giré la cara, le dije que no, que no, que no.

Pero era más fuerte que yo, y el invernadero estaba vacío y yo sentía sus manos por todas partes y mi boca diciendo que no y su boca diciendo que sí, que sí, que yo también quería, que se me notaba, que él era mejor.

No lo voy a contar con detalle. No es un recuerdo que quiera guardar, y no es una escena que merezca ser contada con pelos y señales.

Fue un minuto, o dos, o quizá menos. Fue el momento en que comprendí que hay hombres que confunden querer con coger, y que yo, que había aprendido a leer a la gente, no había querido leerlo.

Lo que recuerdo con nitidez es el sonido. El sonido de mi propia voz, ronca, diciendo “no” una y otra vez, y el sonido de las macetas cayendo al suelo del invernadero, y el sonido de la puerta de madera, que se quedó abierta de par en par, dejando entrar la noche.

Cuando terminó, se quedó un momento encima de mí, con la respiración agitada. Luego se incorporó, se arregló el uniforme, y me miró desde arriba, con una calma que me dio más miedo que todo lo anterior.

—Ya ves —dijo, bajito—. Eso es lo que hace un hombre que te quiere. Yo sí te quiero, Candy. —Se agachó y me miró a los ojos, de cerca—. Y tú, tarde o temprano, te vas a dar cuenta.

Se dio la vuelta y salió del invernadero. Yo me quedé allí, tirada en el suelo con la tierra de las macetas y con la ropa hecha un desastre, con el cuerpo temblando, oyendo sus pasos alejarse por el camino de grava.

Me quedé un rato larguísimo sin moverme.

No lloré. No podía llorar. Estaba como vacía, como si me hubieran sacado todo y no me hubieran dejado nada.

Miré las tijeras en el suelo, las flores silvestres que me había traído por la tarde, tiradas en el suelo ya mustias.

Pensé que aquello era lo que quedaba de mí: una mujer en el suelo de un invernadero, con la ropa rota y el nombre de otro hombre en mi cuerpo.

Martín.

Necesitaba llamar a Martín.

Me levanté como pude, con las piernas que no me respondían, y busqué el móvil en el bolsillo.

Me temblaban tanto las manos que se me cayó dos veces.

Lo recogí, lo encendí, y vi la pantalla rota a propósito, con rabia, como quien rompe una cosa que le quitan.

Rafa en algún momento de aquello, entre sus manos y mi boca diciendo que no, había roto el móvil, para que no pudiera llamar.

Me quedé mirando la pantalla con el nombre de Martín a medio iluminar en una esquina que todavía funcionaba. Y me di cuenta de lo solo que estaba aquel invernadero, de lo lejos que estaba todo el mundo, de lo mucho que me costaba respirar.