Capítulo 40
El vacío
Lo que iba a ser unas semanas se convirtió en un mes y no me di cuenta de cuándo pasó, porque los días sin él eran todos iguales, como si alguien hubiera puesto el reloj en pausa.
Al principio llevé la cuenta con esmero: día uno, día dos, día tres, faltan once.
Después dejé de llevarla, porque contar me hacía daño, y porque cuando contaba me salían cuentas que no quería: catorce llamadas, tres videollamadas, dos noches sin llamar, un susto.
Y un mes, que no es ni una semana ni dos, sino un tiempo raro que se estira como un chicle.
Me refugié en el trabajo, que es el refugio de las que no tienen otro. Podaba los rosales como si de podarlos dependiera el fin del mundo, y Pepín, que me conocía de memoria, me miraba de reojo con una ceja levantada.
—Niña —me dijo un martes, apoyado en la podadora—. El rosal te ha pedido clemencia por escrito.
—No digas tonterías.
—Y tú no te enfades, que lo digo por tu bien. —Se ajustó el sombrero—. Que un novio se va a Madrid y una mujer se vuelve loca, es normal. Pero podar el mismo rosal hasta dejarlo pelado no es normal, hija, que ya te conozco.
—¿Y qué es? —pregunté, con la tijera a medio camino.
—Eso es que estás sin estar. —Se encogió de hombros—. Pero vamos, que a mí no me preguntes, que yo de amores entiendo de las de antes: cuando la mujer se aburría, se plantaba en la puerta y el marido volvía. No como ahora, que los maridos se van a Madrid y te dejan el rosal a medio podar.
Me reí, y me di cuenta de que hacía días que no me reía, y que la risa me sonaba rara, como una prenda que llevaba tiempo en el armario.
En casa me pasaba cosas absurdas. Hacía puchero para dos y me comía la mitad y congelaba la otra, hasta que el congelador se llenó de puchero para dos y yo me lo comía todo con la tele puesta.
Le hablaba a los geranios del ático, y una tarde se me ocurrió preguntarles si creían que me iba a llamar, y me di cuenta de que estaba hablando con las plantas y decidí que mejor me callaba.
Lo peor era el baño. La camisa azul que había dejado colgada en la silla del salón seguía allí, y yo la olía de vez en cuando, hasta que un día me di cuenta de que ya no olía a él, sino a mí, y me dio tanta pena que me la puse para dormir.
Y entonces sí, la camisa olía a los dos, y esa noche dormí mejor, y por la mañana pensé que aquello era lo que hacía la gente rara en las películas, y que yo, sin darme cuenta, me estaba convirtiendo en una de esas.
Mi madre y mi abuela hacían turnos. Lola me llamaba cada dos por tres para preguntarme si había comido, y la abuela, que era más lista que el hambre, no me preguntaba nada de Martín, sino que me contaba chismes del barrio para que me riera.
Me contó que la Paqui de la mercería había vendido metro y medio de encaje a un hombre que no sabía ni para qué servía, y que Manolo ,el de los periódicos, había puesto un cartel que ponía «cerrado por jubilación anticipada», y que llevaba tres días abierto igualmente porque se aburría.
Y yo me reí, y ella se quedó tan contenta, y me dijo, con esa voz suya de las sentencias:
—¿Ves? Que el mundo sigue y el tuyo también va a seguir, aunque ahora no te lo parezca. Anda, que yo he enterrado a dos maridos y mira, aquí sigo, y ni te cuento.
Rocío, en cambio, era de las que no se andan con rodeos. Me llamó una tarde y me soltó, sin preámbulos:
—Candy, tú estás como una regadera, te lo digo con cariño, que para eso soy tu mejor amiga. ¿Tú has visto cómo te has puesto por un mes sin novio? Que si te dejara, no sé yo.
—No me ha dejado, Rocío. Está en Madrid, trabajando.
—Y un cuerno. —Se rió—. Está en Madrid, pero tú estás aquí, en el sofá, oliendo una camisa y eso no me gusta. Anda, vente el sábado a la feria conmigo, que te vas a reír.
No fui a la feria, porque me dio vergüenza y porque no me apetecía ver a nadie, pero lo que sí hice fue lo de siempre: ir al supermercado, que era el plan más emocionante que se me ocurría.
Fue en el supermercado donde me pasó lo que me pasó. Iba por el pasillo de los yogures con el carro medio vacío, sin saber muy bien qué comprar, cuando los oí. Una pareja, delante de la nevera de los congelados, discutiendo.
—Que te he dicho que las croquetas de bacalao no, que las de jamón, que las de bacalao saben a rayos —decía ella, con las manos en jarras.
—Las de jamón son más caras —decía él—. Tú no las distingues ni con los ojos cerrados.
—¿Que no las distingo? ¿Que no las distingo yo? A ver, si son de jamón, ¿por qué el paquete pone croquetas de bacalao? ¿Eh? Dime.
—Porque te has equivocado de paquete. Que no es tan difícil.
—¡Que me he equivocado yo! ¡Tú y tus croquetas de jamón!
Y se engancharon. Se engancharon de verdad, en el pasillo de los congelados, por unas croquetas.
Ella levantó el paquete, él lo apartó con la mano, ella le dio un toque en el brazo, él le contestó con un «venga ya», y yo me quedé allí, con el carro a medio llenar, mirándolos con una mezcla de horror y de algo que me costó reconocer: envidia.
Estaban discutiendo por unas croquetas, sí, pero estaban juntos. Ella le podía dar un toque en el brazo. Él le podía contestar., se podían pelear, y reconciliarse, y volver a pelearse, y todo eso lo hacían los dos, en la misma ciudad, en el mismo pasillo con el mismo carro.
Yo no tenía a nadie con quien discutir por croquetas. Yo no tenía croquetas, ni carro compartido, ni nadie que me dijera que me había equivocado de paquete.
Y entonces la mujer me miró. Y me dijo:
—Y tú, ¿de qué te ríes, que a ti nadie te discute?
—¿Yo? —dije, señalándome—. No me río, que conste.
—Pues sonríes. —Me miró de arriba abajo, con el paquete de croquetas de bacalao en la mano.
—Señora —dije, bajito—. Las croquetas son muy importantes. Tiene usted toda la razón.
Se dio la vuelta, satisfecha, y siguió con su discusión, y yo me quedé con las palabras metidas en la boca y una sonrisa tonta que no se me iba. Pensé que a mí nadie me discutía y que discutir, de pronto, me parecía lo más bonito del mundo.
Salí del supermercado con el carro a medio llenar, con dos paquetes de croquetas que no necesitaba y con la cabeza llena de cosas que no me dejaban en paz. Fue entonces cuando la furgoneta decidió que ese era el momento perfecto para morirse.
La furgoneta, la misma de siempre que me llevaba al trabajo desde hacía años. Llevaba días con un ruido raro, de los que se oyen pero se ignoran, y yo la había ignorado, como hago yo, hasta que se plantó en mitad de la calle de Simón Verde y se negó a arrancar.
—Anda, no me hagas esto —le dije, dándole al volante—. Que no estoy para bromas.
La furgoneta no me hizo ni caso. Giré la llave una vez, dos, tres, y el motor sonaba a tos de fumador. Me quedé allí, sentada, con las manos en el volante y las croquetas en el asiento de al lado, sin saber qué hacer.
—¿Qué le pasa a la furgoneta? —oí una voz detrás.
Me giré. Era Rafa. Rafa con su uniforme de seguridad y con su manera de aparecer cuando no lo esperabas. Se acercó a la ventanilla, se asomó, y le echó un vistazo al motor como quien echa un vistazo a una persona enferma que sabe a la perfección lo que le pasa.
—No me digas que sabes de coches —dije.
—Hombre —dijo él, con una sonrisa—. Sé de coches, de motos y de furgonetas. En mi familia, el que no sabía arreglar algo, se lo arreglaba el otro. —Se subió las mangas—. Anda, déjame ver que no es la primera vez que una furgoneta se muere a mitad de la calle.
Y se puso a mirar. Abrió el capó, tocó cosas que yo no sabía ni cómo se llamaban, movió cables, y me hablaba mientras tanto.
—Ya está —dijo, al cabo de un rato, cerrándolo de un golpe—. Era un cable suelto, de los que se sueltan cuando a la máquina le da por ahí. Prueba ahora.
Giré la llave, y la furgoneta arrancó, y se me escapó un “¡Dios mío, Rafa, eres un mago!” que salió con más fuerza de la que pensaba.
—No soy un mago —dijo, limpiándose las manos—. Solo soy un tío que sabe de coches —se encogió de hombros—, y que no tenía otra cosa que hacer. Anda, llévame de vuelta a la entrada de Simón Verde, que se me ha hecho tarde para la ronda.
Le dije que lo llevaba, y me quedé pensando que aquello era lo que había aprendido del mes sin Martín: que la gente buena estaba ahí, sin hacer ruido.
Pepín con sus bromas, Rocío con sus planes, La abuela con sus chismes y Rafa, que se había subido las mangas y había arreglado una furgoneta muerta a mitad de la calle, sin pedir nada a cambio.
Lo dejé en la puerta de Simón Verde, le di las gracias un montón de veces, y cuando ya se iba, se dio la vuelta y me dijo:
—Candy. Si te vuelve a pasar algo con la furgoneta, o con lo que sea, me lo dices. Que para eso somos compañeros.
Y se fue, con su uniforme y su manera de no preguntar, y yo me quedé allí pensando que Rafa era de esos que no piden nada, y que eso, en este mundo, valía más que el oro.
Esa noche cené las croquetas de bacalao, solo para acordarme de la mujer del supermercado. Mientras las comía, con la tele puesta sin volumen y el ático a mi alrededor, me di cuenta de que llevaba un mes viviendo sola. Pensé que antes de conocer a Martín no sabía lo que era la soledad.
Ahora lo sé.