Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Madrid

La mañana que se fue, me desperté antes que él. Me quedé mirándolo dormir, con la maleta ya hecha junto a la puerta, y pensé que había una manera de querer que se parecía a las despedidas: se te queda todo dentro, sin sitio donde ponerlo.

En el aeropuerto fue rápido, como son las despedidas que duelen. No lloré en el mostrador, ni en la cola, ni cuando se dio la vuelta y me dijo «dos semanas, y estoy de vuelta». Lloré después, en el autobús, con la cara pegada a la ventanilla y el pañuelo azul apretado en la mano.

El ático me recibió con sus cosas todavía frescas. La camisa azul colgada en la silla del salón, el cepillo de dientes seco junto al lavabo, el olor de él todavía en las sábanas. Me senté en el sofá, en su sitio, y me quedé un rato sin moverme, con el móvil en la mano, esperando a que sonara.

A las siete de la tarde, sonó. Videollamada. Su cara apareció en la pantalla, con el pelo a medio secar y una camisa arrugada de viaje, y no pude evitar reírme.

—¿Qué pasa? —dijo, con una sonrisa—. ¿Te hace gracia mi cara?

—Me hace gracia verte en una pantalla —le dije—. Como si fueras una película.

—Pues soy una película. —Se pasó la mano por la nuca—. He llegado hace un rato. El hotel es de los que no tienen alma, pero la cama es grande. —Hizo una pausa—. Te echo de menos.

Me quedé sin palabras, y él lo sabía, porque se le notaba la sonrisa incluso en la voz.

—No digas nada —me pidió—. Solo mírame un rato.

Y nos quedamos así, mirándonos desde las dos pantallas, con la noche cerrando a cada lado de la distancia, y yo pensé que aquello era lo más raro del amor: que cupiera en una pantalla y a la vez no cupiera en todo el mundo.

Los primeros días fueron llevaderos. Él llamaba todas las noches a las ocho, y yo lo esperaba con la cena hecha, o con el café, o en la cama, y me enseñaba la ciudad desde la ventana del hotel, con las luces de Madrid abajo, y yo le enseñaba los geranios del ático, y todo parecía más corto.

Una noche le puse a Pepín detrás, en la terraza, y se saludaron, y Pepín le dijo «no te olvides de traerle un recuerdo, que esta niña es de las que guardan las cosas», y Martín se rió, y prometió que volvería cargado.

Otra noche me mandó una foto de la calle del hotel, llena de luces, y me escribió debajo: «Te la guardo para cuando vengas».

Me quedé mirando la foto un rato, con el móvil en la mano y una sonrisa tonta que no se me iba, y pensé que Madrid, de pronto, no me parecía tan lejos.

Algunas noches me contaba el menú de las cenas con el cliente, y yo le contaba lo que había hecho yo, que era siempre lo mismo, y los dos nos reíamos de que nuestras vidas no cabían en el mismo teléfono.

Otras noches nos quedábamos más rato, sin decir nada, con la pantalla apoyada en la mesilla y el otro respirando al otro lado, hasta que uno de los dos se dormía.

Casi siempre me dormía yo, con su voz de fondo, y me despertaba a las tres con el móvil en la mano y la llamada ya cortada, y me daba la vuelta y me dormía otra vez, pensando que aquello era lo que habíamos conseguido: dormir juntos aunque fuera a distancia.

Pero al cabo de una semana, las llamadas empezaron a acortarse.

Él llegaba cansado, hablaba de reuniones y de cenas con el cliente, y se le veía la fatiga en los ojos.

Yo le decía «descansa», y él me decía «no te pongas así, que esto pasa», y colgábamos, y yo me quedaba con la pantalla apagada y la habitación de pronto la sentía más grande.

—¿Estás segura de que no quieres venir aquí? —me preguntó mi madre por teléfono, un martes.

—Claro que estoy segura, mamá.

Mentía, sin saber muy bien por qué.

Una noche, con el deseo de tenerlo cerca haciendo mella, se me ocurrió una idea. Llamé yo primero, y cuando apareció en la pantalla, le dije, con el corazón desbocado:

—Martín. ¿Y si hacemos como que no te has ido?

—¿Cómo?

—Que hagamos como que estamos juntos—Me mordí el labio.

Se quedó callado un momento, y luego se rió, un poco avergonzado.

—¿Estás hablando de...?

—De eso. —Me reí, nerviosa.

—Candy... —Se pasó la mano por la cara—. Yo no sé hacer eso, nunca lo he hecho. ¿Y si queda raro? ¿Y si se corta en el peor momento?

—¿Y qué más da? —Le sonreí—. Conmigo no hace falta que te salga bien.

Al final aceptó, con la mitad de la cara fuera del encuadre y la voz temblona de nervios, como un actor que se ha olvidado el guion.

Fue raro y fue bonito a la vez: nos reíamos de los encuadres, de la luz, de que el móvil se resbalaba, pero cuando dejamos de reírnos, pasó lo que tenía que pasar, y fue más intenso de lo que había imaginado, porque tenía sus ojos en la pantalla y su voz en la oreja y la certeza de que, aunque fuera a través de un cristal, seguíamos siendo nosotros.

Cuando colgamos, me quedé con la cara caliente y el corazón partido en dos. La pantalla se apagó, y la habitación se quedó vacía, y me di cuenta de que aquello no había servido para sentirme más cerca, sino para darme cuenta de lo lejos que estaba.

Al día siguiente fue él quien llamó primero, y noté en su voz algo distinto, como si lo de la noche anterior le hubiera despertado algo.

—No sabía que se podía querer así —me dijo—. Ni siquiera estando lejos.

Y lo que vino después fue bueno. Dos noches más de videollamada, dos noches en las que el ridículo dejó de existir, dos noches en las que me sentí más cerca de él que en muchos días. Pensé que igual habíamos encontrado la manera de que la distancia no doliera tanto.

Pero una noche, en mitad de la llamada, se oyó una voz de mujer detrás de él. Era una voz joven, que preguntaba algo, y vi a Martín girar la cabeza, tapar el micrófono y decirme:

—Perdona, es de la empresa. Te llamo luego.

Y colgó.

Me quedé mirando la pantalla apagada con el corazón encogido. De la empresa. En un hotel, a las diez de la noche. Y yo, que había aprendido a leer a la gente por necesidad, no podía leer lo que no veía.

La llamada siguiente no llegó hasta el día siguiente, y fue corta.

Martín hablaba con la voz cansada, miraba de reojo hacia la puerta, y yo notaba un peso en el pecho que no me dejaba respirar.

Le pregunté si estaba bien, si le pasaba algo, si quería contármelo, y él me dijo que no, que era solo cansancio, que su padre no le daba un respiro con el cliente, y yo me lo creí a medias, que es la manera más peligrosa de creerse algo.

Fue entonces cuando volvieron las inseguridades.

No llegaron de golpe, sino de puntillas, como las que siempre han vivido en una casa y solo salen cuando se quedan a solas.

¿Y si se le ha pasado? ¿Y si Madrid es más interesante que yo?

¿Y si todo el mundo tenía razón y solo era cuestión de que él abriera los ojos?

Yo, la jardinera, con las manos llenas de tierra.

Él, el heredero de los Lombardo, cenando con clientes de apellido largo que pagaban con tarjeta negra.

Se lo dije a mi abuela, sin atreverme a decírselo del todo, una tarde que la llamé.

—Abuela, ¿tú crees que una persona como yo puede durarle a un hombre como él?

La abuela se quedó callada un momento. Luego me dijo, con su voz de las sentencias:

—Hija, los hombres como él se enamoran de las mujeres como tú cuando dejan de mirarse el ombligo y tu Martín no se mira el ombligo. —Hizo una pausa—. Pero no le des vueltas, que las vueltas te van a llevar a un dolor de cabeza.

Me reí, y me sentí un poco mejor, y le dije que la llamaría cuando hablara con él. Pero aquella noche la llamada no llegó.

Pasó el lunes entero esperando una llamada que no llegó, el martes, tampoco.

Ese mismo día por la noche, con el teléfono en la mano y las manos heladas, me dije que no, que no iba a llamar yo, que él era quien tenía que llamar.

Pero por dentro, en el sitio donde no se puede mentir, lo que pensaba era otra cosa.

—¿Y si se me ha acabado? —le pregunté al silencio.

El ático se me volvió a hacer grande.

El ático, sin él, era grande. Demasiado grande.

Tenía sus cosas por todas partes, su libro en la mesilla, su colonia en el baño, su taza en la cocina, y cada cosa suya me recordaba que no estaba.

Me pasaba las noches en el sofá, con la tele puesta sin volumen, como hacíamos los domingos, esperando a que el móvil sonara con su nombre y a veces, cuando sonaba, me quedaba un momento sin contestar, solo para alargar ese ratito en el que todavía no sabía que no era la llamada de él y fue entonces cuando empecé a hablar con Rafa.

Rafa era el de seguridad, el que me había declarado su amor aquella vez, el que me había dicho que si me hacían daño se lo contara.

Habíamos quedado en que seríamos compañeros, y lo habíamos sido, durante meses, sin más, pero con Martín en Madrid, me lo encontraba más.

Le pedía que me acompañara a cerrar el invernadero, porque me daba cosa andar sola por la urbanización de noche, y él venía siempre, con su uniforme y su linterna.

No hablábamos de cosas personales. Eso lo tenía claro.

Hablábamos de películas, de series, de esas cosas que no comprometen a nadie.

A él le gustaba el cine de acción, de las que explotan cosas, y a mí las de crímenes, de las que se resuelven al final.

Nos sentábamos en el banco del invernadero, con la noche encima, y nos contábamos tramas enteras, y nos reíamos de los finales malos, y yo me di cuenta de que estaba bien tener a alguien con quien hablar, aunque fuera de series.

Rafa era buen conversador cuando se le quitaba la vergüenza.

Empezaba con un "¿has visto esa de...?", y no había quien lo parara.

Se sabía todos los diálogos de las películas de acción de memoria, y los recitaba mientras hacía su ronda, con la linterna apuntando a los rosales, y yo le seguía la corriente, y nos reíamos de los malos que mueren siempre con una frase.

Con él no hacía falta fingir que estaba bien.

Bastaba con hablar de lo que no importaba, y por eso mismo, me sentaba bien.

—¿Y tú cómo estás? —me preguntó una noche, sin venir a cuento, mientras apagábamos las luces del invernadero.

—Bien. —Me encogí de hombros—. Bien, ¿no?

—Candy. —Me miró, y no me sacó nada más. Se quedó mirándome, con esa calma suya, y luego asintió con la cabeza, como si hubiera entendido todo lo que no le había dicho—. Anda, vamos. Te acompaño hasta el ático.

No me preguntó por Martín. No me preguntó por qué estaba sola.

No me dijo nada de lo que estaba pensando.

Solo me acompañó, como un buen compañero, y me dejó en la puerta, y me dijo "hasta mañana", y yo subí con la sensación rara de que alguien me había visto de verdad, sin que yo tuviera que explicarle nada.

Aquella noche, desde la ventana del ático, lo vi cruzar el jardín con su linterna, despacio, haciendo su ronda.

Pensé que la gente se confundía con Rafa.

Parecía un hombre duro, de los que no preguntan, pero que en realidad era de los que acompañan a la puerta y no piden nada a cambio, y yo, que había aprendido a desconfiar de casi todo el mundo, me estaba acostumbrando a su manera de no hacer preguntas, que era la manera más delicada de cuidar a alguien.

Una noche Martín me llamó. Estuvimos poniéndonos al día, pero esta vez la voz le salió distinta.

—Candy —me dijo—. Pase lo que pase, espérame.

Se me paró el corazón.

—¿Cómo que pase lo que pase? —pregunté, con la voz rara—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha dicho tu padre?

—Nada. —Hizo una pausa, y le oí respirar, como si estuviera decidiendo algo sin decirmelo—. No ha pasado nada, pero quería oír tu voz y quiero que sepas que, pase lo que pase, volveré, ¿me entiendes? Volveré.

—Martín... —Se me llenaron los ojos de lágrimas—. ¿Y si te dice que tienes que quedarte en Madrid?

Se quedó callado un momento y cuando habló, la voz le salió firme, sin dudar, como si se lo hubiera estado repitiendo durante toda la llamada:

—Entonces te vendrás conmigo.

Me quedé con el móvil en la mano, con la ciudad de noche a mis pies desde la terraza del ático, y pensé que aquello era lo que tenía miedo de oír. Que a veces, el amor no era quedarse esperando, era saber que alguien, pase lo que pase, iba a hacer todo lo posible para que estuviéramos juntos.