Capítulo 38
La sombra del padre
Desde que Martín dijo que sí a Madrid, algo se le torció.
No sé explicarlo de otra manera: se le torció por dentro, como si le hubieran dado cuerda en la dirección equivocada.
Estaba contento, o lo fingía, pero yo lo conocía ya lo bastante para notar que la alegría le llegaba desde muy lejos, como si tuviera que cruzar un pasillo largo para alcanzarla.
La primera semana no pasó nada y la segunda tampoco.
Martín iba al despacho, volvía al ático, me esperaba con la cena, y los dos fingíamos que aquello era normal, pero yo sabía que no lo era.
Lo sabía porque por las noches, cuando creía que yo dormía, se levantaba y se iba a la terraza, y se quedaba allí un rato, mirando la ciudad, con el móvil en la mano.
Una noche me levanté detrás de él.
—¿Qué miras? —le pregunté, con la bata puesta y el pelo revuelto de dormir.
—Nada. —Se giró, y me sonrió, y la sonrisa no le llegaba a los ojos—. No podía dormir. Nada más.
—Martín. —Me acerqué y le puse la mano en el brazo—. Llevas dos semanas mirando el móvil como si te fuera a morder. ¿Qué pasa? ¿Es por tu padre?
Se quedó callado un momento y luego me enseñó la pantalla. Era un mensaje de Alberto, corto y seco: «Revisa el contrato de Guzmán antes del lunes y no se lo cuentes a nadie, ni a tu madre.»
—¿Y qué tiene de raro? —pregunté—. Es un contrato.
—Es que Guzmán no existe. —Me miró, y en los ojos se le veía algo que no le había visto nunca—.
He buscado en el archivo, en los correos, en todos los papeles de la empresa.
No hay ningún cliente que se llame Guzmán.
No ha habido nunca. —Hizo una pausa—. Mi padre me está inventando un cliente.
Se está inventando un viaje y no sé para qué.
Se me puso la piel de gallina. Alberto Lombardo no hacía nada sin motivo y un motivo que se escondía así, con un "no se lo cuentes a nadie", no podía ser bueno.
—¿Y qué vas a hacer? —le pregunté, bajito.
—Iré. —Se encogió de hombros—. Iré a Madrid, y veré qué hay allí esperándome, y si no hay nada, sabré que mi padre me ha estado mintiendo. —Me miró—. Pero no voy a irme tranquilo. No me gusta cómo suena esto, Candy, no me gusta nada.
A la mañana siguiente, me dijo con la voz rara:
—Quiero que te quedes en el ático.
—¿Cómo?
—Que te quedes en el ático. —Se pasó la mano por la cara—.
No quiero que te vayas a casa de tu madre mientras yo estoy en Madrid.
Quiero que te quedes aquí, en nuestra casa, con las puertas cerradas.
—Me miró—. No sé lo que trama mi padre, pero no quiero que estés sola en tu barrio, con tu madre y tu abuela, sin que yo pueda hacer nada si pasa algo.
Aquí, al menos, sé que estás. Aquí sé dónde encontrarte.
—Pero es que mi madre... —empecé.
—Tu madre puede venir a verte cuando quiera. —Me cogió las manos—. Y tu abuela también. Pero quiero que duermas aquí, quiero saber que estás en nuestra cama, en nuestra casa, esperándome. No sé si me explico.
Se me hizo un nudo en la garganta. No era miedo lo que le veía en la cara. Era otra cosa, más rara: era la certeza de que iba a pasar algo malo, y la impotencia de no saber qué.
—Vale —le dije, bajito—. Me quedo en el ático.
Capítulo 38
Los días contados
La última semana antes de Martín se fuera a Madrid fue la más rara de mi vida. Sabíamos la fecha: el lunes. Martín se iba el lunes, y entre el lunes y nosotros se colaba todo lo que no nos atrevíamos a decir.
Lo primero que noté fue que empezó a mirarme distinto, como quien mira algo que va a echar de menos, y que ya lo está echando de menos antes de perderlo.
Me miraba desde la cocina mientras hacía el café, desde el sofá mientras yo me vestía, me miraba sin decir nada, y yo le devolvía la mirada, y los dos sabíamos lo que pasaba sin decir una palabra.
—No te pongas así —le decía, para romper el silencio—. Son dos semanas.
—Ya.
Él me sonreía, y me besaba, y seguíamos con lo nuestro, como si dos semanas no fueran nada pero sí que eran algo.
Dos semanas enteras sin él. Yo sabía que iban a pesarme más que todo lo que habíamos pasado, porque lo bueno, cuando es bueno, se nota más cuando se va a acaba y aquello era bueno, tan bueno que daba miedo.
Esa semana apenas trabajé. Mi cabeza no estaba en los rosales, estaba en él, en el ático, en cada minuto que nos quedaba. Me pedí el lunes y el martes libres, y cuando ya no me quedaban días, se los pidió él: se quedaba en casa conmigo, y no le importó.
—¿Sabes que nunca había deseado no ir a un sitio con tantas ganas? —me dijo una mañana, con el café a medio hacer.
—Pues no vayas.
—No puedo. —Movió la cabeza—. Tengo que ir, pero no quiero y eso, para mí es nuevo. Siempre hacía lo que tenía que hacer sin preguntarme si quería.
Se me quedó grabada esa frase y pensé que aquello era lo que estaba cambiando en él, sin que ni siquiera él se diera cuenta: que por primera vez en su vida tenía una razón para no hacer lo que tenía que hacer, y que esa razón era yo.
Casi todo el tiempo lo pasamos haciendo el amor.
No sé explicarlo sin que parezca otra cosa: no era solo deseo, era la manera que teníamos de decirnos todo lo que no nos salía con palabras.
Nos despertábamos y nos abrazábamos sin hablar, y yo le pasaba la mano por el pecho y él se estremecía, y nos quedábamos así, enredados, hasta que el hambre o el día nos sacaban de la cama.
Por la tarde volvíamos, con la luz de la tarde entrando por el ventanal, y nos queríamos despacio, sin prisa, como quien se despide sin querer despedirse.
—No quiero que se acabe —me dijo una de esas tardes, con la cara pegada a la mía después de querernos.
—¿El qué?
—Esto. —Me pasó la mano por el pelo—. Tú, el ático. La vida esta que nos hemos montado. —Se rió, bajito—. Suena a telenovela, lo sé, pero es verdad. No quiero que se acabe.
—Pues no se acaba. —Le di un beso—. Se para dos semanas que no es lo mismo.
—Ya. —Me apretó contra él—. Dos semanas.
Esa semana fuimos a todos los sitios nuestros: a la Alameda, a desayunar churros en el mismo sitio de la primera vez; a Triana, a la azotea del bar donde se veía la Giralda, que era su sitio preferido; al banco de los geranios, que era el nuestro, donde habíamos empezado todo...
Fuimos a todos los sitios donde habíamos sido felices, como si tuviéramos que dejar una señal en cada uno para encontrarlos a la vuelta.
—¿Por qué vamos a todos los sitios? —me preguntó él, en el banco de los geranios, cuando empezaba a refrescar.
—Para que no se nos olviden. —Me encogí de hombros—. Para tenerlos guardados. Cuando estés en Madrid, me acordaré de esto, y del churro, y de la azotea, y me parecerá menos tiempo.
Se quedó mirándome un momento, sin decir nada, con una ternura que no le había visto nunca, y me besó, despacio, y yo le devolví el beso.
El viernes fue mi último día de trabajo antes de que se fuera. Lo pasé entero con la cabeza en otra parte. Pepín me lo notó y me dijo:
—No te comas el tarro, niña, que el que se va, si tiene que volver, vuelve, y ese chico, mire usted, tiene toda la pinta de volver.
—¿Y cómo lo sabes? —le pregunté, con la tijera a medio camino.
—Porque te mira como se mira lo que no se quiere perder. —Se ajustó el sombrero—. Y yo, en esto de las miradas, llevo años sin equivocarme, como ya
Me dejó con la palabra en la boca, como siempre, y yo me quedé pensando en lo que decía. Que había gente que se iba y no volvía, y gente que se iba y volvía, y que la diferencia no estaba en el viaje, sino en lo que dejaban atrás.
El sábado lo pasamos en casa de mi madre.
No sé muy bien por qué, quizá porque quería que lo despidiera también la familia, o quizá porque necesitaba oír a mi abuela para llevárselo de recuerdo las dos semanas.
Lola preparó un puchero enorme, como si el viaje fuera a la guerra, y la abuela se sentó a su lado en el sofá, con su vaso de vino, y le puso la mano en el brazo.
—Hijo —le dijo—. Vete tranquilo que aquí te esperamos, y no te olvides de que, aunque te vayas muy lejos, hay una casa donde siempre vas a tener un plato puesto.
—Gracias, señora. —Martín le cogió la mano—. No sé si me lo merezco.
—Hijo, si nadie se merece nada. —La abuela se ajustó las gafas—. Las cosas buenas no se merecen, se reciben. Anda, come, que mi hija se ha matado haciendo el puchero.
Nos reímos, y cenamos los cuatro, y yo me quedé mirándolos, a mi madre y a mi abuela, y a Martín, y pensé que aquella era mi familia, que se había hecho más grande, y que no sabía cuántas cenas como aquella nos quedaban.
El domingo por la tarde me dio un regalo. Un pañuelo pequeño, de seda azul con un jardín bordado en la esquina.
—Es para que me eches de menos con algo bonito —me dijo, un poco azorado—. Lo vi en una tienda del centro y pensé en ti. No sé por qué, pero pensé en ti.
—Martín. —Me quedé mirando el pañuelo, con los ojos llenos—. ¡Es precioso! No hace falta que me des nada para que te eche de menos.
—Ya lo sé. —Suspiró—. Pero quería dejarte algo que fuera tuyo mientras no estoy.
Me lo até al cuello. Él me miró y me dio un beso, y yo pensé que me lo iba a poner todas las mañanas para que me acompañara y que cuando volviera, me lo iba a quitar para darle las gracias.
La noche antes del viaje no pude dormir. Me quedé mirando el techo, con su brazo alrededor, oyendo su respiración, que ya se había calmado. Me di la vuelta despacio, para no despertarlo, y lo miré dormir, con la cara relajada, sin las arrugas de la semana.
—No duermes —dijo, sin abrir los ojos.
—No. —Me reí, bajito—. No puedo.
Abrió los ojos y me miró, y me pasó la mano por la cara.
—¿Qué te pasa?
—Nada. —Negué con la cabeza—. Es que mañana te vas y no sé cómo se hace esto de quedarse.
—Pues no te quedes. —Me atrajo hacia él y me abrazó, con la cabeza sobre su pecho—. Te quedas aquí, en nuestra casa, esperándome. Y yo volveré antes de que te des cuenta. —Me dio un beso en la cabeza—. Te lo prometo.
—Y si no llamas —le dije, bajito—, te vas a enterar de lo que es bueno.
—¿Y qué me harás? —me preguntó, con una sonrisa en la voz.
—Subiré a Madrid a buscarte. —Le di un beso—. Y te traigo de la oreja.
Se rió, bajito, y me abrazó más fuerte, y los dos nos quedamos en silencio.
Yo me quedé así, abrazada a él, con su corazón latiendo contra mi oreja, pensando que aquella era la última noche que me dormía con él a su lado, y que a partir de mañana iba a tener que aprender a dormir sola otra vez.
Pero que no importaba porque él volvería y porque, por primera vez en mi vida, tenía a alguien que me prometía que lo haría.