Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Nueva vida

Montar Raíces fue como sembrar un jardín: primero parecía que no pasaba nada, y de pronto empezaba a salir todo a la vez.

Martín puso el local, un bajo en una calle de Triana, con un escaparate grande, paredes que pedían pintura y un patio detrás que olía a tierra buena.

Yo me pasé la primera semana con las mangas arremangadas, fregando el suelo, lijando los marcos y plantando geranios en las ventanas.

—Podríamos ponerle otra cosa al nombre —dijo Martín, una tarde, mirando el cartel que acabábamos de colgar.

—¿Por qué? Raíces está bien.

—Raíces está bien, pero suena a... no sé. A raíces de pelo.

—¿A raíces de pelo? —Me quedé mirándolo, con la brocha en la mano—. Martín, que eres ingeniero, no me puedo creer.

—Ya, pero la gente va a leer el cartel y va a pensar en raíces de pelo o de diente.

—Pues yo pensaba en raíces de planta. —Dejé la brocha—. En lo que sujeta el árbol cuando hay viento. En lo que se queda aunque le corten la rama. A mí me gusta.

Martín me miró un momento, y luego se acercó y me dio un beso en la sien, con la pintura todavía en las manos.

—Pues Raíces se queda. —Dijo—. Y cuando lo lea la gente, pensarán en eso. En lo que se queda.

El local no era gran cosa pero tenía luz, tenía sitio para las mesas de trabajo y el patio, y tenía algo que el ático no tenía: era nuestro. De cero, sin el nombre de Lombardo en la puerta, sin el dinero de su padre detrás, sin nada que no hubiéramos elegido nosotros.

La primera vez que Martín me enseñó los números se me fueron los ojos a las cifras, que eran más grandes que mi sueldo de todo un año.

—¿Esto es lo que cuesta montar el local? —pregunté.

—Parte. —Se encogió de hombros—. El resto lo pongo yo.

—Martín, no puedes ponerlo todo tú.

—Claro que puedo. —Se sentó a mi lado—. Es mi dinero, Candy. Del que he ahorrado yo, no del de mi padre y quiero gastarlo en esto, en nosotros.

Me quedé mirando el papel, con las cifras bailándome delante, y no supe qué decir porque yo no tenía ahorros así.

Tenía un grado, unas manos que sabían trabajar la tierra y una furgo vieja que había que arrancar empujando y ahora, de pronto, estaba sentada en un local de Triana, con un cartel que decía Raíces y un hombre que me decía que quería gastarse sus ahorros en montar un negocio conmigo.

—Vale —dije al fin—. Pero entonces yo pongo el trabajo, las ideas y los diseños. Que dinero no tengo, pero eso sí.

—Me parece justo. —Me cogió la mano—. Tú pones lo que no se puede comprar.

***

El trabajo de verdad empezó cuando me puse a dibujar.

Saqué las carpetas que llevaba años guardando, los bocetos que había hecho en Simón Verde y los que se me habían ocurrido por las noches, y los extendí sobre la mesa del local.

Jardines pequeños para casas de pueblo, azoteas con sitio para una mesa y una parra, patios sevillanos con el pozo en el centro y los tiestos colgados en las paredes.

Martín los estuvo mirando un buen rato, en silencio, pasando las hojas una a una. Yo me quedé a su lado, con los brazos cruzados, sin atreverme a respirar.

—¿Y esto? —dijo al fin, señalando uno.

—Eso es un patio. —Me asomé—. Para una casa de dos plantas, con el pozo en el centro y un limonero al fondo. Las paredes pintadas de cal, y los tiestos colgados aquí, para que no quiten luz a las ventanas.

Martín siguió pasando hojas. Paró en otro, en una azotea con una parra y una mesa de madera larga.

—¿Y esto?

—Eso es una azotea para cenar en verano. La parra da sombra, la mesa es para mucha gente, y aquí, en la esquina, he puesto un sitio para el jazmín, para que suba por la barandilla y se huela desde abajo.

—¿Y esto?

Era el último. Un jardín pequeño, casi un corralillo, con un banco bajo el limonero, un trocito de césped y un camino de piedras blancas que llevaba a la puerta.

—Eso es... —Me quedé callada un momento—.

Eso es un jardín para gente que no tiene tiempo.

Para los que llegan cansados y quieren sentarse un rato y que no les pase nada.

—Señalé el banco—. El banco da al limonero, para que huela cuando florece y el camino de piedras es para que se oiga al andar. Como si entrara el campo en la ciudad.

Martín no dijo nada. Se quedó mirando el dibujo un buen rato, con el dedo siguiendo el camino de piedras, y cuando levantó la vista tenía una cara que no le había visto nunca.

—Candy —dijo, con la voz rara—. Eres una artista.

Me reí, sin querer, con la risa de la vergüenza.

—Soy una paisajista. —Corregí, como siempre—. Yo solo hago jardines.

—No. —Negó con la cabeza, sin dejar de mirarme—. Lo que haces no son solo jardines. Es... no sé cómo llamarlo. Es hacer que la gente quiera quedarse en un sitio, que un banco mire a un limonero para que huela cuando florece. —Me miró a los ojos—. Eso no es un trabajo, es arte.

No supe qué contestar. Me quedé con el papel entre las manos, con el corazón apretado, y pensé que nadie me había llamado nunca artista.

Ni el profesor del grado, ni la gente de Simón Verde, ni siquiera yo misma.

Yo era la que plantaba geranios y podaba rosales.

La que llevaba las uñas negras de tierra y de pronto Martín me miraba como si lo que yo dibujaba valiera algo.

—No sé si es arte —dije, bajito.

—Da igual cómo lo llames. —Cerró la carpeta y me la puso en las manos—. Es arte y quiero que el mundo lo vea.

***

Luego vino lo de los precios, que fue la parte que más nos costó. Yo ponía un número, Martín lo tachaba y ponía otro, y nos pasábamos la tarde discutiendo delante de una hoja llena de flechas.

—Un jardín no puede costar esto —dije, señalando una cifra.

—¿Por qué no? —Martín se encogió de hombros—. Es lo que vale.

—Nadie en Sevilla va a pagar esto por un jardín.

—¿Y tú cuánto cobrabas en Simón Verde?

—Lo que me pagaban. —Me encogí de hombros—. No lo elegía yo.

—Pues ahora lo eliges tú. —Me puso el boli en la mano—. Y te digo una cosa: lo que tú haces no es caro, es que ellos pagaban barato que es distinto.

Me quedé mirando la hoja con el boli en la mano y pensé que en once años nadie me había dicho que mi trabajo valía más de lo que cobraba.

—Vale —dije, y escribí la cifra, con la letra un poco temblorosa—. Pero si no viene nadie, te acuerdas de mí.

—Si no viene nadie, bajamos. —Sonrió—. Pero primero vamos a probar.

Y así, entre discusiones, aprendimos a trabajar juntos. El primer día que montamos la mesa de trabajo en el patio, Martín puso las herramientas donde yo no las quería, y me pasé media mañana colocándolas a mi manera, y él, que lo veía todo, no dijo nada, solo me miró y, al final, preguntó:

—¿Siempre colocas las cosas así?

—Siempre. —Enderecé una maceta—. La azada a la izquierda, las tijeras a la derecha, las bolsas de tierra en el rincón. Si las mueves, no encuentro nada.

—Pues ya lo sé para siempre. —Se guardó la manita de los guantes—. Azada a la izquierda, tijeras a la derecha. No se me olvida.

Y no se le olvidó. A los días, sin que yo se lo pidiera, encontré la azada en su sitio, las tijeras en el suyo y las bolsas de tierra en el rincón, y me quedé un momento mirándolo, pensando que aquello, que parecía una tontería, era lo más importante que habíamos aprendido: a saber cómo trabajaba el otro y a no tocarle las cosas.

Una tarde me mareé en el patio, con el calor de la pintura y el estómago que llevaba días dando guerra. Me agarré al marco de la puerta, sin querer que me viera, pero Martín me vio igualmente, dejó la brocha y me sentó en la silla con un vaso de agua en la mano.

—¿Estás bien?

—Sí. —Bebí un trago—. Es el embarazo, que no me da tregua.

—Pues entonces trabajamos menos. —Se arrodilló delante de mí—. El local puede esperar. Tú no.

No le discutí. Porque llevaba toda la vida discutiendo con todo el mundo para que me dejaran trabajar y con Martín no hacía falta: él solo bajaba el ritmo y se sentaba a mi lado, y eso era más que todo lo que había conseguido discutiendo.

Por las noches, cuando cerrábamos el local, nos quedábamos un rato en el patio, con las luces de Triana encendidas y los geranios recién plantados.

Martín sacaba dos cervezas y se sentaba a mi lado, sin decir nada, y yo me quedaba mirando el cartel de Raíces, que se veía desde el patio, y pensaba que aquello era nuestro.

Que lo habíamos hecho nosotros. Que de todas las cosas que me habían pasado, aquella era la primera que no me daba miedo.

Capítulo 49

La inauguración

El día de la inauguración de Raíces amaneció con una lluvia fina, de esas que en Sevilla no duran nada y luego dejan el suelo brillante y el olor a tierra mojada.

Yo me quedé un rato en la puerta del local, con el cartel nuevo reluciendo y los geranios de las ventanas empapados, y pensé que no estaba mal, que hasta el tiempo se había puesto de nuestra parte.

Martín había preparado unas bandejas de jamón y queso, una barra de pan y las cervezas bien frías. Yo había puesto las plantas: los geranios en las ventanas, una parra pequeña en la entrada y, en la esquina del local, un limonero en una maceta grande, de los que huelen cuando florecen.

—¿Estás lista? —me preguntó Martín, ajustándose la camisa.

—No. —Me reí—. Pero igual voy.

Fue llegando gente. Mi madre fue la primera con la abuela del brazo y un tupper de algo, porque mi madre no iba a ningún sitio sin un tupper. Le dio dos besos a Martín, miró el local entero, tocó la madera de la barra y dijo con los ojos brillantes:

—Hija, esto es precioso. Tienes que enseñármelo todo.

La abuela, que se había sentado ya en la silla del rincón con el abanico abierto, dijo:

—Y a mí me tenéis que enseñar el limonero ese, que huele que alimenta.

Llegaron Rocío y Manuel. Rocío entró dando voces, con un ramo de flores en la mano, y me abrazó tan fuerte que casi me levanta.

—Candy, hija de mi vida, has montado un imperio. —Miró el local—. Y con tus manos, sin pedirle nada a nadie.

—Bueno, Martín puso el dinero...

—Sí, pero el dinero lo ponen muchos. —Cortó—. Esto lo has puesto tú. No me lo discutas.