Capítulo 35
El primer día
La noche que me pidió que viviera con él no dormí. Me quedé en mi cama, con la funda de Snoopy pegada a la mejilla, mirando el techo y repitiéndome la frase: «Vivo con él. Voy a vivir con él. He dicho que sí.»
No me lo podía creer. Y a la vez, me lo creía, que era la mezcla más rara del mundo. Porque era real, había pasado, lo había dicho yo con mi boca. Pero mi cabeza seguía sin acabárselo de creer, como quien mira un regalo envuelto y no se atreve a abrirlo por miedo a que dentro no haya nada.
El lunes me levanté con el corazón a mil. Me vestí con más cuidado que nunca, me puse el uniforme que había lavado el domingo, y cuando mi madre me vio salir con el pelo recogido y los labios pintados, levantó una ceja.
—¿Y eso? —dijo, desde la cocina—. ¿Desde cuándo te pintas para ir a podar rosales?
—Desde hoy, mamá. —Le di un beso—. Hoy es un día especial.
—¿Has cogido la maleta? —preguntó—. Anda, no te vayas a la calle sin desayunar.
Desayuné de pie, con un trozo de pan con aceite y el corazón en la garganta, y salí a la calle con una sensación que no sabía explicar.
Iba a mi trabajo de siempre, al mismo jardín de siempre, a los mismos rosales de siempre y sin embargo, todo era distinto.
Porque ahora, cuando terminara, iba a subir al ático. A casa, a mi casa.
Llegué a Simón Verde antes que nadie, como siempre, y me puse a podar los rosales del jardín botánico con la tijera en la mano y una sonrisa que no se me quitaba ni a base de esfuerzo. Pepín me encontró a media mañana, y me miró con esa sonrisa suya de cuando ya lo sabe todo.
—Niña —dijo, apoyándose en la podadora—. Que se te nota hasta en la forma de podar y eso que llevas media mañana podando el mismo rosal.
—¿Qué dices? —Me miré las manos, y era verdad, llevaba un rato en el mismo rosal sin darme cuenta—. No digas tonterías.
—Claro que sí. —Se ajustó el sombrero—. Anda, cuéntame, que a mí no me engañas. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha pasado a ti, que se te a legua?
No pude evitarlo. Se me escapó una sonrisa de las que no se pueden contener.
—Me voy a vivir con él, Pepín. —Le dije, bajito, como si dijera un secreto—. Al ático. Me lo ha pedido y he dicho que sí.
Pepín se quedó mirándome un momento, sin decir nada. Luego se quitó el sombrero, se lo puso en el pecho, como quien se quita el sombrero ante algo grande, y me miró con los ojos brillantes.
—Niña —dijo—. Ese chico te ha pedido que vivas con él y le has dicho que sí.
—Se pasó la mano por la cara—. No sabes la alegría que me das.
Que te he visto llegar aquí con el uniforme y el corazón roto, y ahora te veo podando el mismo rosal media hora sin darte cuenta porque estás pensando en él.
Eso es lo que yo quería para ti, hija. Eso, y no otra cosa.
—Pepín...
—No digas nada, no digas nada. —Se puso el sombrero—. Anda, sigue podando, que yo tengo que ir a por los tiestos. Pero recuerda lo que te digo: a ese chico lo has ganado a pulso, y él te ha ganado a ti y eso en esta vida, no se encuentra todos los días.
Se fue con su paso lento, y yo me quedé con la tijera en la mano y el corazón lleno, pensando que Pepín tenía razón. Que no era casualidad, que no era un capricho, que era de las cosas que se ganan con esfuerzo, con verdad y con tiempo.
A media mañana, cuando estaba a punto de dejar los rosales y pasar al limonero, lo vi.
Martín, bajando por el paseo del jardín botánico, con una camisa azul que no le había visto nunca y un ramo de flores silvestres en la mano, no de las de floristería sino flores silvestres, de las que se encuentran en el campo, de las que no piden permiso para crecer.
Se acercó despacio, con esa sonrisa suya de los días buenos, y se paró delante de mí, con el ramo en la mano.
—Buenos días —dijo, y la voz le salió rara, como si estuviera tan nervioso como yo—. He pensado que un primer día de novios oficiales merecía flores.
—¿Flores? —Me quedé mirando el ramo, sin saber qué decir—. ¿Para mí?
—Para ti. —Me lo tendió—. Son silvestres. No son de las que se compran, son de las que se encuentran.
Se me llenaron los ojos de algo que no quería que se me llenara. Cogí el ramo, lo olí, y me quedé mirándolo con el corazón en la garganta.
—Son preciosas —dije, con la voz quebrada—. Es lo más bonito que me han dado nunca, y no me refiero solo a las flores.
Se quedó mirándome un momento y entonces se oyó una palmada, y otra, y otra, y me giré y vi a Pepín, desde el otro lado del parterre, aplaudiendo con las dos manos, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Eso es, niño! —gritó, desde lejos—. ¡Así se conquista a una mujer, con flores y con vergüenza! ¡Que yo a la mía la conquisté con un tomate y mira por dónde, aquí seguimos!
Se me escapó la risa, y a Martín también, y nos quedamos mirando a Pepín, que seguía aplaudiendo, con el sombrero en la mano y la sonrisa más grande que le había visto nunca.
—Ese hombre —dijo Martín, bajito, con una sonrisa—. Es un personaje.
—Es de los míos —dije—. De los de verdad.
Nos sentamos en el banco de los geranios, que era nuestro sitio, el de las conversaciones, el de los cafés, el de las confesiones. Martín sacó un libro de su bolsillo y se puso a leer, y yo seguí podando, sin irme muy lejos, para poder mirarlo de vez en cuando.
Y así pasamos la mañana. Yo podando, él leyendo, los dos sin hablar, mirándonos de vez en cuando, con esa calma de los que ya no necesitan llenar los silencios.
Cada vez que lo miraba, me lo encontraba mirándome, y nos sonreíamos, y seguíamos con lo nuestro, como si aquello fuera lo más normal del mundo.
A mediodía, cuando me senté a su lado a tomar el agua, me preguntó:
—¿Esto es real?
Me quedé mirándolo, con el botellín en la mano y el sol de Sevilla en la cara.
—¿El qué?
—Esto. —Señaló con un gesto todo: el banco, los geranios, las flores, los dos—. Tú, yo, el ático, la vida que vamos a tener. ¿Esto es real? Porque a veces me da la sensación de que me voy a despertar y me lo he imaginado todo.
—Es real. —Le cogí la mano—. Es más real que todo lo que he vivido hasta ahora.
Se me quedó mirando, con una cara que no le había visto nunca, de las que no tienen nada que esconder y me dijo:
—Sabes que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo, ¿verdad? Nunca he vivido con nadie. Nunca he compartido un ático, ni un armario, ni un baño. Voy a ser un desastre como compañero de piso.
—Y yo. —Me reí—. Yo nunca he vivido con nadie que no fuera mi madre y mi abuela. Voy a dejar la pasta de dientes abierta, y a cantar en la ducha, y a ocupar todo el espejo. Ya me dirás.
—Pues entonces, perfecto. —Me apretó la mano—. Seremos un desastre los dos juntos. Pero un desastre en el mismo sitio.
Y yo me reí, con el corazón lleno, pensando que aquello era lo que no se sabe de las personas hasta que las ves así: que el amor de verdad no era perfecto, que era imperfecto y que no había nada que me diera más miedo, ni nada que quisiera más.
Cuando terminé el turno, recogí las herramientas, la maleta de la furgo y cogí mi ramo de flores silvestres. Subí al ático y el estaba esperando en la puerta.
—Bienvenida a casa —dijo, con una sonrisa pequeña, de las que se le escapan cuando algo le hace de verdad ilusión.
Y yo entré, con las flores en la mano y el corazón en la garganta, pensando que aquella era la primera vez en mi vida que alguien me decía "bienvenida a casa" y que yo sabía, de verdad, que era mi casa.
Cuando entré me quedé clavada en el umbral.
El ático estaba lleno de velas. Velas por todas partes: sobre la mesa del salón, en las estanterías, en la barra de la cocina, en el suelo de la terraza, encendidas, con sus llamitas temblando en la penumbra de la tarde, yen el centro de la mesa, entre las velas, había un mantel blanco, dos platos, dos copas y una botella de vino, y un olor a algo que se estaba haciendo en la cocina que me entró por la nariz y se me bajó al corazón.
—¿Qué... qué es esto? —dije, con la voz rara.
—Es nuestro primer día —dijo él, con esa sonrisa suya de cuando está nervioso por algo bueno—. El primer día del resto de nuestras vidas y me parecía que merecía algo más que un café aguado.
Me quedé mirándolo, con las velas reflejándose en sus ojos y el ramo de flores en la mano, y se me llenaron los ojos de lágrimas de emoción. Nadie me había preparado nunca una sorpresa así. Nadie había encendido velas por mí.
—Martín —dije, y la voz me salió quebrada—. Esto es... no sé ni qué es esto.
—Es lo que te mereces —dijo bajito—, y es lo primero de muchas cosas.
Cenamos entre las velas, con las ventanas abiertas y la noche de Sevilla entrando, y él me había hecho algo que no sabía ni que sabía hacer, y cuando le pregunté, se encogió de hombros y dijo que había estado toda la tarde con su madre al teléfono, aprendiendo.
Me reí, y me tomé el vino, me comí el plato entero, y pensé que aquella era la cena más bonita de mi vida, y que no era por la mesa ni por las velas, sino por quién estaba sentado enfrente.
Cuando acabamos, me cogió de la mano y me llevó al sofá, entre las velas. Me miró con esa cara suya de cuando va a decir algo importante.
—Candy —dijo, bajito—. No sé si sabes lo que es esto para mí.
No sé si sabes lo que es tenerte aquí, en mi casa, con tus flores en mi mesa y tu ropa en mi armario.
—Me cogió la cara con las dos manos—. Tú eres la primera persona que me hace sentir que esta casa es un hogar y esta noche quiero decírtelo como se dice de verdad.
Me besó. Le rodeé el cuello con los brazos y le devolví el beso, con las velas parpadeando a nuestro alrededor y el corazón a mil.
Me fue desabrochando la camisa del uniforme con calma, con calma, besándome el cuello, el hombro, la clavícula, y yo le agarré de la camisa y se la quité, y le pasé las manos por la espalda, notando el calor de su piel contra la mía.
Se me aceleró la respiración, y no me importó, porque era él, porque era nuestro sitio, porque era la primera noche de las que íbamos a tener.
—Candy —jadeó, con la boca pegada a mi oreja—. No sabes cuánto te quiero.
—Dímelo —le dije, con la voz rota—. Dímelo y no pares.
Me lo dijo entre besos, con las manos en mi piel y yo se lo dije también, con la voz que se me rompía en dos, y nos lo dijimos hasta quedarnos sin aliento.
Me tumbó en el sofá con cuidado, sobre los cojines, y me fue quitando la ropa despacio, sin dejar de besarme, y yo le quité la suya, y cuando nos quedamos piel contra piel supe que aquello no era como las otras veces.
Aquello era otra cosa. Aquello era el principio.
Me metió las manos entre las piernas y yo me abrí a él, con un gemido que se me escapó y él me besó mientras me tocaba, despacio, hasta que me agarré a sus hombros.
Luego me levantó las caderas y entró en mí, despacio, mirándome, sin dejar de mirarme, y yo le agarré de la espalda y me moví con él, con un ritmo que nos salía a los dos, como si lo hubiéramos ensayado toda la vida.
—Mírame —me pidió, con la voz ronca—. Candy, mírame.
Lo miré. El sudor brillaba en su frente, y me di cuenta de que nunca, en toda mi vida, me había sentido tan vista.
Me moví con él, cada vez más deprisa, hasta que me rompí, con un grito que se me escapó entre los labios, y él llegó detrás, con la cara enterrada entre mis pechos y las manos clavadas en mí.
Nos quedamos así, enredados en el sofá, entre las velas que seguían encendidas, con la respiración rota y el corazón a mil. Me pasó el brazo por la cintura y me apretó contra él, y yo le puse la cabeza en el pecho y oí su corazón, que latía como si hubiera corrido una carrera.
—Bienvenida a casa —me dijo, con la voz ronca, pegada a mi pelo.
Le di un beso, y pensé que aquello era amor. Que era felicidad.