Capítulo 34
La rendición
El martes por la mañana, mientras regaba los rosales del jardín botánico, me llegó un mensaje de Martín que no entendí del todo.
«Mi madre me ha llamado. Dice que ha hablado con mi padre y que todo ha cambiado. Te cuento de camino a tu casa en la furgoneta»
Me quedé con la manguera en la mano, mirando el mensaje. Su madre Amalia, la que me había dicho que yo era la que le sacaba las cosas a su hijo, la que me había enseñado las fotos, le había llamado y eso significaba que algo se había movido de verdad.
Terminé de trabajar, dejé las herramientas en el almacén y volvimos a casa con el corazón a medio camino. Martín me abrió la puerta con una cara que no sabía leer: no era de buenas noticias, no era de malas. Era de las que se quedan en medio.
—Siéntate —dijo, abriéndome la puerta del piloto—. Tengo que contarte algo y no sé muy bien cómo tomarlo.
—¿Qué ha pasado?
Se pasó la mano por la cara, y me miró mientras arrancaba.
—Mi madre ha llamado. Ha estado hablando con mi padre toda la noche, desde que se enteró de lo del despacho y de lo de mi dimisión —hizo una pausa—, y le ha dicho que si me echa de la empresa, se divorcia.
Que lleva cuarenta años aguantándolo, que no piensa seguir, y que si quiere quedarse solo con su imperio, que se quede.
Se me abrió la boca sin querer. Amalia había hecho lo que una mujer valiente debe hacer por sus hijos: le había puesto un ultimátum a Alberto Lombardo.
—¿Y qué ha dicho tu padre? —pregunté, con la voz rara.
—Nada. —Martín se encogió de hombros—. Eso es lo más raro de todo.
No ha dicho nada. Se ha quedado callado, y mi madre dice que cuando él se calla así, es que está pensando, y que cuando piensa, a veces cambia de opinión.
—Me miró—. Y me ha dicho que puedo volver al ático.
Que la empresa sigue siendo mía si quiero.
Que mi padre no me va a obligar a nada, y que ella tampoco piensa dejar que nadie me obligue a nada nunca más.
Me quedé mirándolo, con las palabras dando vueltas, y sin embargo, en su cara no había la alegría que yo esperaba. Había otra cosa, más rara, que no sabía nombrar.
—¿Y tú qué quieres? —le pregunté, bajito.
Se quedó callado un momento. Luego se giró a mirarme, y me cogió las manos, y me miró con esa cara suya de cuando va a decir algo importante.
—Quiero volver al ático —dijo—. Pero no como estaba. No quiero volver a la empresa como si nada, a obedecer, a ser el hijo que esperan que sea. Quiero volver a mi casa, a mi terraza, a mis plantas. Pero quiero volver contigo.
—¿Conmigo? —dije, y la voz me salió rara—. ¿Cómo que contigo?
—Contigo. —Me apretó las manos—. Quiero que vengas a vivir conmigo al ático.
Candy. Quiero que te mudes conmigo, que vivamos juntos, que me despiertes cada mañana con tus churros y que yo te prepare el café aunque se me dé fatal.
Quiero eso. Y no sé si es demasiado pronto, ni si es demasiado pedir, ni si te parece una locura, pero es lo que quiero.
Se me paró el mundo. No sabía qué decir. La propuesta me había pillado tan de sorpresa que no me salía ninguna palabra, ni buena ni mala, ni sí ni no.
—¿Demasiado pronto? —repetí, al fin, con la voz pequeña.
—No sé. —Se encogió de hombros, con una sonrisa pequeña, de las que se le escapan cuando está nervioso por algo bueno—. Llevamos unos meses. Hemos pasado de todo. Quiero que todos mis días sean como en Granada.
—Pero... —dije, y me quedé a medias—. Pero es que esto no es como yo lo tenía pensado. Yo pensaba que el amor era... no sé. Algo que se construye despacio, con cuidado, sin meterse de cabeza.
Aparqué y subimos a casa y continuamos la conversación.
—Pues yo me he tirado de cabeza. —Me miró—.
Y no me arrepiento. Me da miedo, claro que me da miedo, pero no me arrepiento.
—Me cogió la cara con las dos manos—. Candy, llevo toda la vida haciendo las cosas con cuidado, con prudencia, con la cabeza fría, y la única vez que me he tirado de cabeza, ha sido contigo, y ha sido lo mejor que he hecho en mi vida.
Se me llenaron los ojos de algo que no quería que se me llenara, y me reí para disimular, con la voz quebrada.
—¿Y mi madre? ¿Y mi abuela? ¿Y mi casa, y mi barrio, y todo lo mío?
—Será tu casa también. —Se detuvo a mitad de la escalera y me acarició la mejilla—. Tu madre y tu abuela pueden venir cuando quieran. Y tu barrio, y tu gente, no se van a ir porque duermas en otro sitio. Yo no te estoy pidiendo que dejes de ser tú, Candy. Te estoy pidiendo que seas tú conmigo.
Me quedé mirándolo, con el corazón a mil y las palabras atascadas. Pensé en todo lo que había pasado y en que igual, el amor de verdad era esto: un hombre que te pide que vivas con él, y que te da miedo, y que te da igual, y que dices que sí.
—Sí —dije, y la voz me salió rara—. Sí. Vale. Vivo contigo.
—¿En serio? —Se le iluminó la cara entera—. ¿En serio?
—En serio. —Me reí, y se me cayó una lágrima, que me la secó él con el pulgar—. Pero con una condición: aprendes a hacer el café como dios manda. Que ya está bien de cafés de cafetería.
—Trato hecho. —Se rió, y me besó, y yo le devolví el beso, con las manos en su cuello y el corazón dando saltos.
Antes de entrar por la puerta de mi casa nos besamos, con su mano en mi pelo y la mía en su pecho, oyendo su corazón, que latía como si hubiera corrido una carrera. Y pensé que aquello era lo que no se sabe de las personas hasta que no convives con ellas.
—¿Y tu madre qué ha dicho? —le pregunté, cuando me vino la pregunta a la cabeza—. De lo de irnos a vivir juntos, quiero decir. ¿Se lo has contado?
—Todavía no. —Se rió—. Se lo diré cuando tenga las llaves en la mano y ella me pueda pegar con el paño de la cocina con más fundamento. Pero ya sé lo que va a decir.
—¿Qué va a decir?
—Que ya era hora. —Me miró con una sonrisa pequeña—. Mi madre te quiere más que a mí, te lo aviso. Desde que le plantaste cara a mi padre en la cena, te tiene por la hija que no tuvo. A lo mejor por eso se ha plantado con él. No ha sido por mí. Ha sido por ti.
Se me calentó el pecho, le di un beso, y nos sentamos en el sofá, con su mano en mi pelo y la mía en su pecho, oyendo su corazón.
La abuela apareció en la puerta del salón, con su vaso de leche y el abanico, y nos pilló enredados en el sofá, a medio beso.
—Ejem. Ejem. —Tosió, dos veces, con una tos que no se creía ni ella—. Que hay gente que no tiene vergüenza ninguna. ¿No veis que esto es una casa seria?
—Abuela... —dije, apartándome, con las orejas ardiendo.
—No digo nada, no digo nada. —Se dio la vuelta y se fue hacia la cocinae—. Pero si queréis hacer de las vuestras, hacedlo en el ático, que para eso os vais a ir a vivir allí, ¿no?
Me quedé helada. ¿Cómo sabía lo del ático? Ni siquiera yo lo había sabido hasta hacía diez minutos. Me giré a mirar a Martín, y él se encogió de hombros, con una sonrisa de las suyas.
—Las abuelas lo saben todo —dijo—. Es ley de vida.
Y yo me reí, con el corazón lleno, pensando que aquella casa, la de mi madre, la de mi abuela, la del sofá donde había dormido el hombre que me había pedido que viviera con él, iba a ser siempre mi casa, aunque a partir de mañana durmiera en otra parte.