Capítulo 33
Las promesas del alba
El lunes amaneció despejado, con ese sol de Sevilla que parece que lo perdona todo.
Yo me desperté antes que él otra vez, y me quedé un rato en la puerta del salón mirándolo dormir, que es una cosa que nadie le confiesa a nadie que hace pero que todos hacemos.
Se movió, murmuró algo, y abrió los ojos. Me vio y se quedó un momento en blanco, como quien no reconoce el sitio donde se encuentra.
—¿Sigo aquí? —dijo, con la voz ronca.
—Sigues aquí —le dije—. Y el café, también.
Desayunamos los dos en el sofá, con los tazones en las rodillas y la tele puesta sin volumen, que era lo que hacía yo los domingos de verdad, y que resultó que también le gustaba a él.
Martín estaba callado, distinto, como quien lleva toda la noche dándole vueltas a algo y no sabe por dónde empezar.
—Candy —dijo, al fin, dejando el tazón en la mesilla—. Quiero pedirte perdón por haber hecho el ridículo delante de tu madre y de tu abuela, por…
—Martín. —Le puse la mano en el brazo—. No tienes que pedir perdón por estar mal. ¿Ves? Esto es lo que hace la gente que se quiere. Está mal, y el otro lo recoge, y luego desayunan juntos. No es un favor. Es amor.
Se quedó mirándome, con una cara que no le había visto antes, de las que no saben si creérselo.
—¿Y tú? —dijo, bajito—. ¿Tú estás bien? ¿Tú no estás... cansada de mí? Porque a mí me da la sensación de que llevo dos días dando guerra y tú solo aguantándome.
—No te estoy aguantando. —Le cogí la mano—. Te estoy queriendo, que es distinto.
Se le escapó una sonrisa pequeña, de las que se le escapan sin querer, y me apretó la mano, y estuvimos un rato en silencio, con los dedos enlazados y la tele sin volumen.
—¿Y ahora qué? —preguntó, al rato.
—¿Cómo que y ahora qué?
—Ahora que no tengo empresa, no tengo ático, no tengo nada. —Se encogió de hombros—. ¿Qué hago con mi vida? ¿Qué hago yo sin... sin todo lo que era?
Me quedé pensándolo un momento, porque era una pregunta de las que no se responden con una frase bonita.
—Empezar —le dije—. Empiezas de cero. Que da miedo, sí, pero también es la única manera de hacer las cosas a tu manera. Sin que nadie te diga nada.
—¿Y si no sé hacerlo? —Me miró, y la voz le salió rara—. No sé vivir sin que me digan lo que tengo que hacer.
—Pues se aprende. —Me encogí de hombros—. Yo llevo toda la vida aprendiendo. Nadie me dijo cómo se vivía, y mira, aquí estoy. Se aprende a base de tropezarte, de levantarte y de seguir. Y ahora, además, tienes a alguien que te va a recordar que puedes.
Se quedó mirándome un momento largo. Luego se rió, con una risa rara, de las que se ríen cuando algo te alivia y te da miedo a la vez.
—¿Y sabes lo que más miedo me da? —dijo—. Que esto sea demasiado bueno para ser verdad. Que mañana te des cuenta de que yo no soy lo queesperabas, de que soy un hombre que no sabe ni hacer un café y que ha tirado su vida por una mujer que...
—Que te quiere. —Le corté—. Que te quiere, Martín. Eso es lo que soy. Una mujer que te quiere. Y no necesito que tengas empresa, ni ático, ni que sepas hacer un café. Necesito que seas tú.
Se quedó mirándome, y entonces, sin venir a cuento, me lo dijo:
—No voy a dejar que se salga con la suya.
—¿Quién? —dije, aunque ya sabía quién.
—Mi padre. —Me miró, y la voz le salió firme, distinta, como si se lo hubiera estado repitiendo toda la noche—.
No voy a dejar que se salga con la suya.
No voy a dejar que me convierta en lo que él quiere, ni que te eche de mi vida, ni que se quede con la última palabra.
Llevo toda la vida dejándole ganar, y esto se acabó.
—Martín...
—Tú me haces feliz, Candy. —Me cogió las dos manos, y me miró con una cara que no le había visto nunca, de las que no tienen dobleces—. Me haces feliz de una manera que no sabía que se podía ser feliz. Y no pienso dejar que nadie me lo quite. Ni él, ni la empresa, ni nada. Te lo prometo.
Se me llenaron los ojos de algo que no quería que se me llenara, y me reí para disimular, con la voz quebrada.
—Vale —dije—. Pues yo te prometo que no voy a dejarte solo mientras lo intentas. Y que los domingos también hay churros. Que es otra manera de prometer cosas.
Se rió, y me dio un beso.
—¿Y qué haces hoy? —me preguntó, como si fuera la cosa más importante del mundo.
—Hoy trabajo. —Le di un mordisco a un churro—. Los jardines no se riegan solos, aunque a mi jefe se le haya olvidado que existo.
—¿Y puedo...? —Se quedó a medias—. No. No te voy a retener. Anda, vete, que seguro que tienes un montón de rosales esperando.
—Oye —dijo, cuando ya estaba recogiendo los tazones—. Lo de esta tarde. ¿Puedo... puedo ir a verte? ¿A Simón Verde? No sé si a mi padre le va a sentar bien, pero...
—Martín. —Me giré—. Simón Verde es tu casa. Bueno, era tu casa. Y mi trabajo es mi trabajo, y si él tiene algo que decir, ya sabes lo que le digo. —Me encogí de hombros—. Pasa cuando quieras. Que para eso hemos peleado, ¿no?
Se le iluminó la cara, y me dio otro beso, y yo me fui con una sonrisa que no se me quitaba ni andando.
En el trabajo me encontré con Pepín, que me miró con esa sonrisa suya de cuando se entera de algo antes que nadie.
—Niña —dijo, apoyado en la podadora—. ¿Y ese aire que traes hoy? Que se te nota hasta en la forma de podar, que estás podando como quien baila.
—Estoy bien, Pepín. —No pude evitar la sonrisa—. De verdad. Estoy bien.
—Claro que sí. —Se ajustó el sombrero—. Anda, cuéntame, que a mí no me engañas. ¿Qué ha pasado con el niño del ático, que se te ve en la cara?
Le conté lo justo, que Martín había discutido con su padre, que había dimitido, que se había quedado en mi sofá, que había dicho que no iba a dejar que su padre se saliera con la suya.
Pepín me escuchó sin interrumpir, asintiendo, y cuando terminé se quedó un momento callado, que en él era la máxima expresión de atención.
—Niña —dijo, al fin—. Ese chico ha tirado su imperio por ti y eso, o es de tonto, o es de los que saben lo que quieren. Yo te digo que este es de los que saben.
—¿Y si me equivoco, Pepín? —dije, bajito, con la tijera en la mano—. ¿Y si me lo creo y luego...
—¿Y si no te lo crees y te lo pierdes? —Me miró—. Tú verás.
Me quedé con la tijera en la mano, pensando en sus palabras. Pepín tenía razón. Martín me había mirado así desde el principio, desde el banco de los geranios, desde el café de las ocho, y yo había tardado en verlo porque estaba demasiado ocupada mirándome a mí, a mi barrio, a mis miedos.
Me levanté, me puse el uniforme, y cuando estaba en la puerta con las llaves en la mano, me llamó:
—Candy.
Me giré. Estaba de pie en el pasillo, con el pelo revuelto y la ropa de ayer, mirándome con una cara que no sabía si era de despedida o de otra cosa.
—Gracias —dijo, bajito—. Por todo.
—No me des las gracias. —Le sonreí—. Quédate y cuando vuelva, hablamos.
Se acercó, me cogió la cara con las dos manos y me besó. No un beso rápido, de los de irse. Un beso de los de quedarse, de los que se dan cuando se quiere decir algo y no se sabe con palabras. Cuando nos separamos, se quedó mirándome con una sonrisa pequeña.
—Vete —dijo—. Que si no, no te dejo ir.
Y yo salí a la calle con el corazón lleno, con el sabor de su beso y la promesa de su "no voy a dejar que se salga con la suya" dándome vueltas en la cabeza.
No lo creía del todo. No podía creerlo del todo, después de lo que había pasado, después de las veces que había querido creer y me había equivocado.
Pero lo creía, me lo estaba demostrando.