Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

El despertar

Me desperté antes que él, con el sol entrando por la ventana del salón y un peso caliente en el hombro que no me cuadraba del todo hasta que abrí los ojos y lo vi: Martín, dormido, con la cabeza apoyada en mi hombro y la manta que le había echado la noche anterior subida hasta la barbilla.

No me había movido en toda la noche. Le había puesto el brazo por encima, sin pensarlo, y ahí seguía, con el brazo dormido y el corazón despierto, mirándolo sin que él se enterara.

Era la primera vez que lo veía dormir. En Granada no lo vi, porque nos quedamos dormidos en la cama del hotel cada uno a su lado, o quizá lo vi y no me di cuenta.

Pero ahora sí lo veía, con el pelo revuelto de la noche anterior que había acabado peor de lo que había empezado, con la cara relajada, sin las arrugas de preocupación que llevaba puestas desde que le conocí, con la respiración tranquila, subiendo y bajando la manta.

Parecía más joven. Parecía el niño de las fotos de su madre, y me di cuenta de por primera vez en mucho tiempo estaba durmiendo sin miedo a nada.

No quería despertarlo. Me quedé un rato así, con el brazo dormido, mirando el techo, pensando en todo lo que había pasado la noche anterior: el club de golf, la dimisión, el "me da igual mi padre", el "te quiero" que se le escapó con la lengua torcida.

Y pensé que aquello era lo que no se sabe de una persona hasta que la ves dormir: que hay gente que duerme con los puños cerrados, y gente que duerme con la boca abierta. Martín dormía con la boca abierta.

Me moví con cuidado, le bajé la cabeza del hombro a la almohada que había puesto en el sofá, y me fui a la cocina. Mi madre ya estaba levantada, con la bata puesta y el café hecho, y me miró con esa cara suya.

—¿Y el invitado?

—Sigue durmiendo. —Me sirvió un café—. Gracias, mamá. Por dejarlo quedarse.

—¿Qué iba a hacer, hija? ¿Dejarlo en la calle? —Se encogió de hombros—. Además, tu abuela ha dicho que ese chico tiene buen fondo y tu abuela no se equivoca nunca.

Me reí, y me llevé el café al salón, con otro para él. Estaba todavía dormido con una mano fuera de la manta. Me quedé un momento en la puerta mirándolo, y pensé que igual era la primera vez en su vida que alguien le hacía el café sin esperar nada a cambio.

Entonces se movió. Abrió los ojos despacio, como quien no sabe muy bien dónde está, y me vio, y se quedó un momento mirándome sin decir nada, con la cara de quien va aterrizando.

—Candy... —Se incorporó, y se le cayó la manta, y se miró la ropa arrugada del día anterior, y se pasó la mano por la cara. De pronto se le notó todo avergonzado—. ¿Qué... qué ha pasado? ¿Cómo he llegado aquí?

—Te traje yo. —Me senté en el borde del sofá—. Estabas en el club de golf, regular. Llamó Miguel para que fuera a por ti.

—Ay, no. —Se tapó la cara con las manos, y se le oyó la voz ahogada—. Miguel. ¿Le llamé a él? ¿Qué le dije? ¿Qué dije yo anoche?

—Dijiste muchas cosas. —Me reí, con cariño—. Y todas muy bonitas, por cierto.

—No. —Se quedó con las manos en la cara un momento—. No me digas nada. No quiero saberlo. Anoche no era yo, Candy, era... no sé lo que era. No soy así, yo no digo esas cosas.

—¿Qué cosas? —Le cogí las manos y se las aparté de la cara—. ¿Que me quieres? Porque eso lo dijiste. Y si lo dijiste borracho, más verdad todavía, que la lengua floja no sabe mentir.

Se quedó mirándome, con los ojos todavía rojos y la cara de no saber dónde meterse. Y en ese momento, con el pelo revuelto y la ropa arrugada y la vergüenza pintada en la cara, era el hombre más guapo que había visto en mi vida.

—¿Quieres que me vaya? —dijo, bajito, sin mirarme—. Si te he molestado, si he hecho el ridículo, si prefieres que me vaya, lo entiendo. Me voy ahora mismo y no vuelvo a...

—No. —Le corté, y le cogí la cara—. No quiero que te vayas.

Se quedó mirándome, con los ojos como platos.

—¿No?

—No. —Me reí, y le di un beso, rápido, en los labios—. Quédate todo lo que quieras.

Se le iluminó la cara entera. Se le fue la vergüenza de golpe, o se le quedó pero le daba igual, y me devolvió el beso, despacio, y cuando nos separamos se quedó mirándome con una sonrisa que no le había visto nunca, de las que no se les ocurre a los que van sobrios.

—¿Todo lo que quiera? —dijo, con la voz ronca de dormido.

—Todo. —Le di el café, que ya estaba frío—. Pero primero, el café. Que para eso te lo he servido.

Se rió, y se bebió el café frío sin quejarse, y yo me quedé mirándolo, con el sol entrando por la ventana y la casa oliendo a café y a mañana de sábado, pensando que igual aquello era el principio.

Que igual después de la noche del club, de la dimisión, del "me da igual mi padre", después de todo lo que había pasado, lo que quedaba era esto: él en mi sofá, con el pelo revuelto, bebiéndose el café frío y que no quería que se acabara.

La abuela asomó la cabeza por la puerta del salón, con su vaso de leche y el abanico, y miró a Martín con una sonrisa de las suyas.

—Buenos días, hijo. ¿Has dormido bien?

—Muy bien, señora. —Martín se incorporó, un poco azorado—. Gracias por... por dejarme quedarme.

—Hijo, si yo no he dejado nada. —Se ajustó las gafas—. Lo que ha hecho mi hija es más de lo que hizo mi marido conmigo. Tú, por lo menos, has dormido en un sofá con manta. Eso es empezar mejor que él.

Se giró hacia la cocina y me miró con una ceja levantada, esa mirada suya de cuando ya ha decidido que algo le gusta.

—Este está loco por tí, hija. —Dijo, bajito, como si Martín no la oyera, que la oía—. Como tu abuelo. Que tampoco llegó a la puerta de mi casa pidiendo nada, y se quedó a vivir. Anda, hija, que lo que yo he visto en esta casa de hombres que llegan y se quedan...

—Abuela, por favor.

—No digo nada, no digo nada. —Se llevó el vaso de leche a la boca—. Solo digo que el domingo pasado no había nadie durmiendo en el sofá y que hoy hay uno, y que a mí me parece muy bien.

Me reí, y Martín me miró, y le vi la sonrisa que se le escapaba sin querer cuando algo le hacía de verdad ilusión.

La abuela se fue a la cocina, y nos quedamos los dos en el salón, con el café frío.

Me pareció que aquello era lo más normal del mundo, que aquel hombre estuviera en mi sofá un sábado por la mañana, como si llevara toda la vida.

—Oye —dijo Martín, de pronto, con la voz rara—. Anoche... cuando te dije todo aquello. Lo de que te quiero. Lo decía y lo repito. Te quiero.

Me quedé mirándolo, con el corazón dando un salto.

—Lo sé. —Le cogí la mano—. Lo sé, Martín. Y yo también te quiero. Anoche y hoy y siempre que quieras oírlo.

Se le escapó una sonrisa pequeña, de las que no saben si creérselo, y me apretó la mano, y estuvimos un rato así, sin hablar, con los dedos enlazados y la mañana entrando por la ventana.

Lola apareció en la puerta con dos platos de churros, de los de la esquina, que debía de haber salido a comprar en algún momento sin que yo me enterara.

—¿Habéis desayunado o solo tenéis ojos el uno para el otro? —Dejó los platos en la mesa—. Anda, comed, que aún están calentitos.

Martín se rió, y me miró, y yo le devolví la mirada, y de pronto me di cuenta de que mi madre le había traído churros sin preguntarle si le gustaban.

Que ya sabía que le gustaban, porque se lo comenté de la vez que fuimos a desayunar o porque se lo habría imaginado, o porque era mi madre y las madres lo saben todo.

Ese detalle pequeño, me hizo quererla más que todas las cosas del mundo.

Desayunamos los tres, con la abuela en su sillón mirándonos con una sonrisa de las suyas, y Martín comió churros como si no hubiera comido en su vida, y yo pensé que igual era verdad, que igual llevaba tanto tiempo comiendo solo que se le había olvidado lo que era comer acompañado.

—¿Y qué haces hoy? —me preguntó, cuando terminamos y Lola se llevó los platos a la cocina.

—¿Hoy? —Me encogí de hombros—. No trabajo, hoy no tengo turno. Supongo que... estar aquí. Contigo. Si quieres quedarte, quiero decir.

—Quiero. —Me cogió la mano, y me la apretó—. Quiero quedarme, Candy. No tengo ático, no tengo empresa, no tengo nada. Pero tengo esto y con esto me basta.

Y yo, pensé que aquello era lo que no había sabido decirle la noche anterior. Que no necesitaba que me diera el mundo, que no necesitaba que me demostrara nada, que solo necesitaba que se quedara. Y que a partir de aquel día, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de que se fuera.