Capítulo 31
Borrador de verdades
Me pasé el resto de la tarde como no sabía estar, entre el susto y la esperanza, mirando el móvil cada dos minutos.
Martín no escribió ni llamó. A las ocho de la tarde seguía sin noticias, y yo ya había pasado por todas las fases: la del orgullo, la del cabreo, la del miedo y la de querer llamarlo yo, que era la peor de todas.
Me dijo mi madre que la cena estaba hecha, que no esperara a nadie, y se fue a la cocina con su silencio de siempre.
Yo me senté en el sofá con la cena fría en el plato, sin apetito, pensando en el despacho, en las voces que se oían al cerrarse la puerta, en el gesto de Martín cuando me dijo "nos vemos luego".
Y me quedé esperando a que "luego" llegara.
A las diez sonó el móvil. No era Martín. Era un número que no conocía.
—¿Candy? —dijo una voz de hombre, joven, con un acento que no sabía situar—. Soy Miguel, del club de golf. Que está aquí Martín Lombardo, ¿sabe? Está... regular. Dice que no puede conducir y que no quiere llamar a su padre. Me ha pedido que le llame a usted.
Se me paró el corazón.
—¿Regular, cómo?
—Regular, regular. —Se oyó de fondo una risa y una voz que decía algo, y el hombre se rió, un poco azorado—. Lleva aquí desde las siete, y ha bebido más de la cuenta, no sé si me entiende. No le he visto así nunca. Ni siquiera sé cómo recuerda su número.
Me puse los zapatos sin abrochármelos, cogí la chaqueta y bajé las escaleras de dos en dos. Mi madre me vio salir y no me preguntó nada, que era su manera de decirme que me esperaba despierta.
El club de golf estaba a diez minutos en coche, pero me dio tiempo a pasarme la vida entera por la cabeza.
Cuando llegué, lo vi. Estaba sentado en una mesa del bar, solo, con una copa delante que ya no parecía de agua y la corbata floja, mirándose las manos como si no supiera muy bien qué hacían ahí.
—Martín.
Levantó la cabeza. Cuando me vio, se le iluminó la cara de una manera que no le había visto nunca, como si hubiera estado esperando a que alguien lo fuera a buscar, y no creyera que alguien lo hiciera.
—Candy. —Se levantó, y se tambaleó un poco, y se agarró a la mesa—. Has venido. No pensaba que fueras a venir.
—¿Cómo no voy a venir, hombre? —Le cogí del brazo—. ¿Qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué estás así?
—He dimitido. —Me miró, y se le escapó una risa sin gracia—.
Me he ido de la empresa. De todo. Se lo he dicho a mi padre delante de todo el despacho, que se quede con su imperio, que yo no quiero nada.
—Se pasó la mano por la cara, y de pronto parecía cansado, cansado de verdad—.
Y entonces me he venido aquí, y me he tomado no sé cuántas, y he pensado que igual ya no tengo nada que ofrecerte.
Que igual ahora sí que soy yo el que no es de tu mundo, o el que no es de ningún mundo.
Se me hizo un nudo en la garganta. Lo cogí del brazo y lo saqué del club, con el chico de la barra mirándonos con una cara que era mitad alivio y mitad curiosidad.
—No digas tonterías —le dije, mientras lo ayudaba a subir al coche—. No digas tonterías, Martín. Vamos a casa.
—¿A casa? —Se giró a mirarme, con los ojos brillantes de una manera que no era de risa—. No tengo casa. Me he ido del ático. No quiero volver ahí, no quiero ver nada que sea de mi padre. No tengo nada, Candy. Solo te tengo a ti.
Me puse al volante con las manos temblando. Aquel no era el Martín que yo conocía, el que lo medía todo, el que escondía las cosas hasta que le salían.
—Tienes una casa —le dije, y la voz me salió más firme de lo que me sentía—. Y ahora, respira. Que vamos a arreglar esto.
El coche olía a él, a colonia y a algo más, a lo que sea que se había tomado, y él iba callado a mi lado, mirando por la ventanilla. A mitad de camino, sin venir a cuento, dijo:
—Mi padre me dijo que no era nada sin él.
Que la empresa era yo, que yo era la empresa, que sin ella no era nadie.
—Se giró a mirarme—. Y me lo he creído siempre.
¿Te lo puedes creer? Me lo he creído, y he vivido como si fuera verdad, y he dejado que me quitara la vida.
Pero esta vez no, Candy. Esta vez he dicho que no, y no sé si he hecho bien o he hecho mal, pero es la primera vez que he dicho que no.
Le cogí la mano, sin quitar los ojos de la carretera. La tenía caliente y temblaba un poco, o era yo la que temblaba, o era el coche.
—Has hecho bien —le dije—. Has hecho muy bien.
—¿Y si me equivoco? —preguntó, con una voz que se me rompió por dentro—. ¿Y si de verdad no soy nada sin la empresa? ¿Y si no tengo nada que ofrecerte?
Frené en un semáforo y me giré a mirarlo. Tenía la cara de un niño, de los que se acaban de caer y no saben si llorar o levantarse.
—Martín —le dije—. Tú no eres tu empresa. Tú no eres tu padre. Tú eres el que me llevó a Granada, el que dibujaba superhéroes, el que se come la mitad de mis churros sin pedir permiso. Eso es lo que me ofreces y con eso me basta.
Se quedó mirándome un momento, sin decir nada. Luego se le llenaron los ojos, y se giró hacia la ventanilla, y no dijo nada más, y yo seguí conduciendo con el corazón en la garganta.
Cuando llegamos a mi calle, vi a Lola, mi madre, asomada al balcón, con la bata y el paño en la mano, esperando. No me preguntó nada. Me miró, miró a Martín, que iba dormido de medio lado en el asiento del copiloto, y levantó una ceja.
—¿Y ese?
—Es Martín, mamá. —Me quedé con la llave en la mano—. Ha dimitido de la empresa. Ha discutido con su padre. Está... regular. No puede conducir, y no tiene dónde ir.
Mi madre me miró un momento largo, con esa cara suya de cuando lo sabe todo antes de que se lo cuentes. Luego asintió con la cabeza, bajó al portal y abrió la puerta.
—Pues sube —dijo—. No lo vas a dejar en la calle, hija.
Lo ayudamos a subir las escaleras, con mi madre delante abriendo la puerta y yo detrás sosteniéndolo. Cuando lo senté en el sofá, se despertó un poco, miró a su alrededor, y me miró a mí con una cara de no saber dónde estaba.
—¿Dónde...?
—En mi casa. —Me senté a su lado—. Estás en mi casa, Martín. Respira. Estás bien.
—Candy. —Me cogió las manos, y las tenía frías y temblorosas—. Quiero decirte una cosa. Una cosa que nunca te he dicho y que no sé si me atrevo a decirte sobrio, así que te la digo ahora, que igual así me sale.
—Martín...
—Me da igual mi padre. —Me apretó las manos, y la voz le salió rara, ronca, de las que no se pueden controlar—.
Me da igual mi padre, me da igual la empresa, me da igual el imperio, me da igual todo.
Tú. Solo tú. Te quiero. —Se quedó mirándome, con los ojos llenos de lágrimas—.
Te quiero, Candy. Te quiero de una manera que no sabía que se podía querer, y no sé qué hacer con ello, y me da miedo, y no me importa.
Y no sé si eso te asusta, pero es la verdad, y no sé decírtela de otra manera.
Se me rompió algo por dentro. Le cogí la cara, le miré, y le dije:
—Pues yo también te quiero, tonto. —Me reí, con la voz quebrada—. Yo también te quiero. Y no me asusta, o me asusta, pero me da igual.
Se me quedó mirando, y entonces se le escapó una sonrisa pequeña, de las de los días buenos, y se le cayó una lágrima que se secó solo con el aire, y me dio un beso, torpe, de los que se dan sin coordinación, y se quedó dormido contra mi hombro.
Mi madre apareció en la puerta del salón con una manta y una almohada, y me miró con esa cara suya de cuando no hace falta decir nada.
—Que se quede en el sofá —dijo—. En ese estado no puede conducir, y no lo vas a mandar a ninguna parte. —Dejó la manta en el respaldo y me miró—. Anda, tápalo. Y mañana ya se verá lo que se tenga que ver.
Se fue a su cuarto, y yo me quedé un rato sentada en el sofá, con Martín dormido contra mi hombro, su respiración tranquila y el olor a colonia y a todo lo que había pasado aquel día.
Le quité los zapatos con cuidado, le subí las piernas al sofá y le eché la manta por encima.
Se movió un poco, murmuró algo que no entendí, y se quedó dormido del todo.
Me quedé mirándolo, con la lámpara encendida y el corazón lleno, pensando que aquel hombre acababa de decirme la verdad entera con la lengua torcida y los ojos llenos de lágrimas y que igual no era la manera más elegante de decirlo, pero que era la más de verdad.