Capítulo 30
Despedida
Al día siguiente, Martín no bajó al jardín a media mañana.
No me escribió. Me pasé la mañana podando los rosales con el corazón en un puño, mirando el móvil cada dos minutos, esperando que la pantalla se encendiera con su nombre.
A mediodía, cuando ya empezaba a pensar que se había echado atrás, sonó.
«Ha venido. Nos vemos en el despacho en diez minutos. Pase lo que pase, no te muevas de ahí.»
Me quedé mirando el mensaje sin entenderlo del todo. ¿El despacho? ¿Para qué? ¿Por qué me avisaba a mí de algo que iba a pasar en el despacho de su padre? Y entonces lo entendí, y se me heló la sangre.
No iba a ser él solo. Iba a ser él y yo. Iban a llamarme.
Diez minutos después estaba delante de la puerta del despacho de Alberto Lombardo, con la camisa del uniforme sudada de la mañana y la tierra bajo las uñas.
No me había dado tiempo a arreglarme, y ahora lo agradecía.
Porque aquello no era una visita. Aquello era una batalla, y a las batallas no se va con la ropa de los domingos.
Llamé. La voz de Alberto dijo "adelante" y entré.
Estaba sentado detrás de su mesa, con el periódico doblado a un lado, como si nada de aquello fuera a pasar.
A su derecha, de pie, con la chaqueta puesta y la cara de los días de lluvia, estaba Martín.
Me miró, y en ese cruce de ojos se dijo todo: que había hablado, que no había salido bien, que aún no había acabado.
—Candelaria. —Alberto no se levantó, no me ofreció asiento. Me miró de arriba abajo, con esa mirada suya que pesaba, y señaló el sofá de la esquina con un gesto de la mano—. Siéntese. Tengo que decirle una cosa.
No me senté. Me quedé de pie, con las manos a los lados, y eso ya era mi primera respuesta.
—Estoy escuchando, señor Lombardo.
—Bien. —Juntó las manos sobre la mesa, en esa postura suya de cuando iba a dar por cerrado un asunto—.
Quiero agradecerle los servicios prestados a esta urbanización.
Ha hecho usted un buen trabajo con los jardines, eso no se lo niego.
Pero las circunstancias han cambiado, y he tomado la decisión de prescindir de sus servicios a partir de mañana.
Me quedé en silencio. Lo sabía. Lo había sabido desde que vi el mensaje de Martín, desde que entendí que me llamaban al despacho. Aun así, las palabras hicieron su efecto, como un puñetazo que esperas y que aun así te duele.
—Entiendo —dije, y la voz me salió más firme de lo que me sentía—. ¿Me podría decir el motivo?
—¿Motivo? —Alberto se ajustó las gafas, como si la pregunta le hiciera gracia—. El motivo es que esto no es un colegio, Candelaria. Esto es una empresa, y en las empresas las personas se contratan por su trabajo y se prescinde de ellas cuando conviene. No necesito dar más explicaciones.
—Con permiso, señor Lombardo —dije, y noté que me temblaban las manos, pero las escondí detrás de la espalda—.
Llevo aquí más de un año. He cuidado sus jardines, he diseñado su terraza, he trabajado los domingos y los festivos, y nunca he faltado a mi trabajo.
Creo que merezco saber si he hecho algo mal, o si esto es otra cosa.
Alberto me miró, y en sus ojos había algo que no sabía si era respeto o desprecio. Probablemente las dos cosas.
—Ha hecho usted su trabajo —dijo—. No le reprocho nada. Esto no va de usted.
—¿Entonces de qué va?
—Candy. —La voz de Martín sonó a mi lado, y me giré a mirarlo.
Tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados, y los ojos brillantes de una manera que no le había visto nunca—.
No hace falta que le preguntes nada. Yo te lo digo: esto es por mí.
Esto es porque ayer le dije que te quiero y que no voy a esconderme más.
—Martín. —Alberto dio una palmada en la mesa, y el sonido resonó en el despacho—. No empieces.
—No he empezado, padre. Usted ha empezado.
—Martín dio un paso hacia la mesa, y por primera vez le vi plantarse delante de su padre sin bajar la cabeza—.
Usted lleva toda la vida empezando. Empezó con mi infancia, empezó con mis dibujos, empezó con mis novias, y ahora empieza con la única persona que me ha hecho sentir que valgo por lo que soy. Y esto se acabó.
Alberto se levantó de la silla. Era alto, y se le notaba la rabia contenida en la forma de cuadrarse.
—No me hables en ese tono, hijo.
—Le hablo en el tono que usted se ha ganado.
—Martín no se movió—. Y le voy a decir una cosa más.
Si usted despide a Candy, yo me voy de esta empresa.
Me voy de este despacho, me voy de esta urbanización, y me voy de su vida.
No va a quedar nadie para heredar su imperio, porque su imperio se va a quedar vacío.
¿Lo entiende? ¿O necesita que se lo escriba en un contrato para creérselo?
Se hizo un silencio tan grande que se oía el reloj de la pared. Alberto lo miró, y por un momento vi algo que no le había visto nunca: desconcierto. El hombre que controlaba todo, el que movía los hilos de toda una familia, se quedó sin saber qué decir ante su propio hijo.
—No me amenaces —dijo al fin, con la voz más baja—. No sabes con quién estás hablando.
—Sé perfectamente con quién estoy hablando.
—Martín dio otro paso, y ahora estaba a un palmo de la mesa, mirándolo de frente—.
Estoy hablando con un hombre que ha pasado la vida comprando a la gente para que no le lleve la contraria.
Que compró a mi madre con una casa, que compró a mis hermanos con dinero, que intentó comprar a Candy con veinte mil euros.
Pero hay una cosa que no se compra, padre.
Hay una cosa que se gana o no se gana, y usted no se la ha ganado.
Alberto se quedó quieto, con la cara roja y las manos temblando sobre la mesa. Durante un momento pensé que iba a golpear algo, o a golpearlo a él, y me preparé, porque si algo de aquello pasaba, yo no iba a quedarme mirando.
—Ya está bien —dijo al fin, con la voz ronca, y se señaló la sien—. Ya está bien de que me saques las cosas de quicio. Yo he hecho lo que he tenido que hacer, para que tú tuvieras lo que yo no tuve.
—¿Y qué es lo que yo tengo, padre? —Martín se rió, una risa sin gracia—.
Tengo un ático enorme y vacío. Tengo una empresa que no he elegido.
Tengo un padre que me quiere a su manera, que es la manera de querer a las cosas, no a las personas.
Y tengo a la única mujer que me ha mirado como se mira a un hombre, y usted me la quiere quitar también.
¿Sabe lo que le digo? Que se quede con su imperio. Yo me quedo con ella.
Y entonces ocurrió lo que no esperaba. Alberto dio la vuelta a la mesa, despacio, y se plantó delante de su hijo. Lo miró de arriba abajo, con una cara que no sabía si era de rabia o de otra cosa, y por un momento pensé que iba a abrazarlo o a pegarle.
—¿De verdad es eso lo que quieres? —preguntó, y la voz le salió rara, ronca—. ¿Ella? ¿Por encima de todo lo que te he dado?
—Es lo único que quiero. —Martín no dudó ni un segundo—. Y no me ha dado nada usted que valga más que esto.
Alberto se quedó mirándolo un momento largo. Luego se giró hacia mí, y me miró como si acabara de verme, como si hasta entonces yo hubiera sido un mueble.
—Salga de mi despacho —dijo—. Usted está despedida desde este momento.
—No. —Martín se puso delante de mí, tapándome, y la voz le salió firme—. No, no la despedirá.
—¿Qué has dicho?
—Que no la despedirá. —Martín no se movió, ni tan siquiera parpadeó—.
Porque si la despide, me despido a mí mismo.
Y ya le he dicho lo que pasa con eso. Así que piense lo que va a hacer, padre.
Piense si quiere quedarse sin la única persona que le iba a heredar la empresa o si quiere quedarse con su imperio y sin nadie.
Se quedaron mirándose, padre e hijo, los dos plantados, los dos sin ceder. Era la primera vez que veía a Martín plantar cara así, de verdad, sin esconderse, sin la máscara del hijo obediente. Y me di cuenta de que aquello no era por mí. Aquello era por él.
Alberto fue el primero en apartar la mirada. Miró el suelo, miró la ventana, y al fin, con un gesto cansado, se sentó de nuevo en su silla.
—Salga —dijo, y la voz le salió agotada, sin fuerza—. Salga usted, Candelaria. Quédese con su trabajo. Yo no pienso pelear más por esto hoy.
Me quedé sin saber qué hacer, mirando a Martín. Él me miró, y me dio un pequeño gesto con la cabeza: vete.
—Nos vemos luego —dijo, bajito.
Salí del despacho con las piernas temblando, y cuando la puerta se cerró a mis espaldas oí la voz de Alberto, más alta de lo que la había oído nunca, y la de Martín respondiéndole sin bajar la cabeza.
No me quedé a escuchar. No hacía falta. Había ganado, o habíamos ganado, o todavía no sabía lo que había pasado, pero algo se había movido, algo había cambiado para siempre.
Bajé las escaleras con el corazón a mil y una sensación que no sabía si era miedo o esperanza. Mi trabajo seguía en pie. Eso era lo que importaba pero algo me decía que aquella batalla no había hecho más que empezar.