Capítulo 29
Los días que no vuelven
El jueves, después del trabajo, me llegó un mensaje de Martín: «Ven al ático. Tengo que enseñarte unas cosas.»
Me quedé con el móvil en la mano un buen rato, dudando.
Después de lo del jardín, de la tijera y del "Enséñame a confiar", no sabía muy bien qué esperar.
Podía ser otra confesión, podía ser otra trampa, podía ser él pidiéndome perdón otra vez.
Pero subí porque eso era lo que había prometido, y porque ya estaba cansada de trabajar.
Me abrió la puerta con la camisa remangada y un gesto que no sabía si era por nervios.
El ático estaba igual que siempre, con las plantas de la terraza asomando por el ventanal y la luz de la tarde entrando a raudales, pero había algo distinto en el aire, o quizá era que yo lo miraba con otros ojos, con los ojos de la que ya no iba a tragarse cualquier cosa.
—He pensado —dijo, sin rodeos— que si no sé contártelo, mejor que lo veas tú.
Me llevó a la mesa del salón. Estaba llena de papeles, carpetas y carpetillas, ordenadas como quien ha pasado la tarde entera preparándolas, con cada montón en su sitio y cada esquina cuadrada.
En un lado, la documentación de la empresa, con el logo en cada página y el sello de la notaría.
En el otro, una carpeta con un nombre escrito a mano: Marta.
—Esto es todo —dijo—. Los contratos, los correos, los informes de la empresa.
Y esto —señaló la carpeta— es todo lo que hay sobre Marta.
Las facturas de las cenas, las invitaciones a los eventos, los correos de mi padre.
No hay nada más, Candy. Te lo enseño todo, para que no tengas que preguntármelo nunca más.
Se me cayó la vergüenza encima como una manta demasiado grande.
Yo no quería ser la novia que audita a su novio, la que le pide papeles para creerse su palabra.
Eso no era el amor que yo conocía, el de las cosas que se dicen y se creen.
Pero también sabía que aquello era lo que necesitaba, y que él lo había entendido antes que yo.
—Martín —dije, y la voz me salió rara—. Yo no quería espiarte. Yo solo quería que me contaras las cosas.
—Lo sé. —Se pasó la mano por la cara—. Y no te las conté, y esa es mi culpa. Me daba vergüenza, y cuanto más pasaba el tiempo, más vergüenza me daba, y más te iba dejando fuera de mi vida sin darme cuenta. —Me miró—. Pero ya no. A partir de ahora, todo lo que sepa, lo sabrás tú. Te lo prometo.
Me acerqué y me senté, y fui pasando las carpetas una a una.
Los papeles de la empresa, que no entendí del todo pero que hablaban de proyectos, de números, de un imperio que no me decía nada y al que él pertenecía sin haberlo elegido.
Y la carpeta de Marta. La abrí despacio, con el corazón latiendo más fuerte de lo que quería admitir, y dentro había fotos de eventos, invitaciones, correos de su padre hablando de "lo bien que quedaría la unión de las dos familias" y de "los chicos que se conocen de pequeños se quieren de mayores".
Nada de Martín y Marta. Nada de los dos juntos, salvo una foto de una cena de empresa donde salían en lados distintos de la mesa, sin mirarse.
—¿Ves? —dijo Martín, en voz baja—. No hay nada. Nunca hubo nada.
Cerré la carpeta y me quedé callada. Aquello era más de lo que le había pedido, y me di cuenta de que lo que me había dado miedo no era Marta.
Era todo lo que Marta representaba: un mundo donde yo no cabía, un mundo de familias, de uniones concertadas, de cenas donde los hijos de los socios se casaban con las hijas de los socios y todos lo daban por hecho.
Y allí estaba él, el heredero, enseñándome que no quería ese mundo, que me había elegido a mí, una jardinera del Cerro, por encima de todo eso.
—Martín —dije, y me costó, pero lo dije—. Yo también tengo algo que contarte. Lo del sobre. Los veinte mil euros que me ofreció tu padre.
—Candy. —Me cogió la cara con las dos manos—. No necesito saberlo.
—Pero es que necesito que lo entiendas —insistí, con la voz quebrada—.
Que no los cogí. Que te elegí a ti, aunque me ofreciera dinero, aunque me dijera que no era para ti, aunque me dejara claro que no era de vuestro mundo.
Que te elijo a ti, Martín, y que no lo digo porque me hayas traído papeles, sino porque lo he decidido yo.
—Lo sé. —Me besó, y me calló con el beso—. Lo sé, Candy. No necesito que me lo demuestres ni que me lo expliques. El sobre ya lo sabía, y sigues aquí. Eso me dice más de ti que todas las explicaciones del mundo. Solo necesito que estés aquí.
Me quedé mirándolo, con las palabras atascadas en la garganta y el corazón a punto de salírseme. Y entonces él dijo lo que no me esperaba.
—Candy —dijo, y la voz le salió distinta, más seria—. Mañana voy a hablar con mi padre. Voy a decirle que se acabó. Que no me escondo más, que no voy a cenar con las hijas de los socios ni a obedecer como un niño, que te quiero a ti y que si no le gusta, que se fastidie.
Se me heló la sangre, no de miedo, sino de lo que estaba oyendo.
Era el niño de los cuadernos hablando. El que había dejado de dibujar porque su padre se lo escondía.
El que llevaba treinta y dos años obedeciendo, callándose, sonriendo cuando tocaba sonreír.
Y de pronto, sin avisar, se había plantado.
—¿Estás seguro? —pregunté, con la voz pequeña.
—Nunca he estado más seguro de nada. —Me cogió la mano—. Estoy loco por ti, Candy. Loco. Y no sé cómo demostrártelo. No sé qué más puedo hacer para que lo entiendas. —Me miró, con una cara que no le había visto nunca, sin defensas, sin nada—. Pero solo sé una manera de decírtelo.
Y me besó. No un beso de los de consolar, ni de los de perdonar, ni de los de "nos vemos mañana".
Un beso de los de demostrar, de los que no piden permiso porque ya lo tienen todo.
Me levantó del sofá y me llevó hacia la habitación sin soltarme, y yo me dejé llevar, porque llevaba semanas queriendo dejarme llevar y no había sabido decirlo.
La cama estaba sin hacer, que era otra manera de decir que él tampoco había pensado en nada más que en aquello.
Me tumbó sobre las sábanas y me fue desabrochando la camisa con calma, con esa calma suya de las cosas importantes, besándome cada trozo de piel que iba dejando al descubierto.
Yo le agarré de la camisa y se la quité, y le pasé las manos por la espalda, notando el calor, el temblor, la prisa que escondía debajo de la calma.
—Candy —jadeó, con la boca pegada a mi cuello—. No sabes cuánto te he echado de menos.
—Estuve delante tuya toda la semana.
—No es lo mismo. —Me miró, y se le escapó una sonrisa pequeña—. No es lo mismo tenerte aquí que tenerte enfrente.
Y ya no hubo más palabras, o las hubo pero a medias, entre besos y jadeos y manos que no sabían dónde ir porque querían estar en todas partes a la vez.
Me quité el resto de la ropa y él se quitó la suya, y cuando lo tuve encima, cuando sentí su peso y su calor y su respiración contra la mía, me di cuenta de que aquello no era como en el jacuzzi.
El jacuzzi había sido miedo y atrevimiento, una puerta que abrí sin saber qué había detrás.
Aquello era otra cosa. Aquello era decirse la verdad sin palabras.
—Mírame —me pidió, con la voz ronca—. No quiero hacer esto sin que me mires.
Lo miré. Y me moví con él, con un ritmo que me salía solo, y él me cogió de las caderas y me siguió, y yo le agarré de la espalda y sentí cómo se tensaba, cómo se rompía, cómo me apretaba contra él como si quisiera fundirse conmigo.
Me llevó al borde y me empujó, y yo me dejé caer con un gemido que se me escapó entre los labios, y él llegó detrás, con las manos clavadas en mí.
Nos quedamos así, enredados, sin hablar, con la respiración rota y el sudor pegándonos la piel. Me pasó el brazo por la cintura y me apretó contra él, y yo le puse la cabeza en el pecho y oí su corazón, que todavía no se había calmado.
—¿Y si mañana sale mal? —pregunté, bajito, mirando el techo.
—Saldrá bien. —Me besó en la cabeza—. Y si sale mal, te tengo a ti. Con eso me basta.
Y yo, con su brazo alrededor y el corazón lleno, pensé que aquello era lo que no sabía explicar.
Que me daba miedo quererlo así, con todo, sin red.
Que me daba miedo que mañana su padre le dijera algo y él se callara como siempre, y que yo me quedara otra vez con la duda y con la tijera en la mano.
Pero que me daba igual, porque no quería perderlo.
No quiero perderlo, no puedo resistirme a él.