Capítulo 28
La verdad sobre Marta
El jueves por la mañana estaba podando los rosales, con los ojos hinchados y el corazón en el suelo, cuando oí sus pasos detrás de mí.
—Candy.
No me di la vuelta. Seguí con la tijera, porque si me daba la vuelta me rompía.
—Candy, por favor. —Se acercó, y noté su mano a un palmo de mi brazo—. ¿Qué es esto del mensaje? ¿Qué significa "no somos del mismo mundo"?
—Pues lo que dice. —Corté una rama seca con más fuerza de la necesaria—. Que no somos del mismo mundo, Martín. Que ya lo sabíamos.
—Pero yo pensaba que eso se había arreglado. En Granada me dijiste que habías elegido.
Me quedé con la tijera en el aire. Aquello era verdad. En Granada lo había dicho, lo había hecho, me había metido desnuda en su jacuzzi y ahora me encontraba con la foto de su rubia y la mano en su brazo en un restaurante del centro, y con dos días de silencio por culpa de su padre.
—¿Y esa mujer? —Me giré al fin, con la tijera en la mano—. ¿Quién es esa mujer con la que comiste el miércoles? ¿La de la foto, la del Instagram? ¿La que se llama Marta?
Se le borró la cara. Se le borró entera, de golpe, como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Tú me viste? —dijo, y la voz le salió pequeña.
—Sí, Martín. Te vi. —Se me quebró la voz—.
Te vi con ella, con su mano en tu brazo, riéndote con una risa que yo conozco de memoria.
Y no contesté a tus llamadas porque no sabía qué decirte.
Porque estaba demasiado ocupada enterándome de que tu hermana no es la única mujer de tu vida que se llama de otra manera.
—Candy. —Me cogió las manos, y se las dejé coger porque no me quedaban fuerzas—. Escúchame, por favor. Marta no es nada.
—Ya. Como "no es nada" la noche que pasamos juntos. —Me solté—. No me mientas, Martín. Es lo único que te he pedido.
—No te estoy mintiendo. —Respiró hondo, y se pasó la mano por la cara, y de pronto tenía la cara de cuando me enseñó sus cuadernos, la del niño que se callaba para no dar guerra—.
Marta es la hija del socio de mi padre. La conozco de toda la vida, de las cenas de empresa.
Mi padre lleva meses empeñado en que "haga las cosas bien" con ella.
En que deje de "perder el tiempo" con una jardinera.
Me quedé mirándolo, con las palabras dando vueltas dentro.
—¿Y el miércoles? —pregunté, con la voz rara—. ¿Qué hacías el miércoles con ella, si es la hija del socio de tu padre?
—Una cena de trabajo. —Me miró, y esta vez no apartó los ojos—. Mi padre me obligó. Dijo que era un asunto del despacho y que si no iba, me iba a mandar a Madrid un mes entero. Fui, Candy. Fui por no darte un disgusto mayor. Y no te lo dije porque sabía que lo ibas a entender mal.
—Pues lo he entendido mal. —Se me escapó una risa sin gracia—. Qué cosas.
—Lo sé. —Se acercó un paso—. Lo sé, y es mi culpa.
Debí decírtelo. Debí haberte dicho que mi padre me está empujando a una vida que yo no quiero, y que ella es la prueba de todo lo que no quiero ser.
—Me cogió las manos otra vez, despacio—.
Marta no significa nada para mí, Candy. Nunca ha significado nada.
Es mi padre el que quiere que signifique algo.
Se quedó callado un momento, y cuando volvió a hablar, la voz le salió distinta, más cansada.
—¿Y sabes qué es lo peor? Que esto no ha sido casualidad.
Mi padre no me obligó a cenar con ella en un restaurante cualquiera.
Me obligó a cenar en ese restaurante, el del centro, el de los manteles, a la hora de la comida.
—Me miró, y se le torció la boca—. El mismo restaurante por donde tú pasas los miércoles cuando bajas a por los encargos de tu madre.
Él sabía que ibas a pasar. Quería que lo vieras.
Quería que pensaras lo que has pensado, para que te fueras tú sola y no tuviera que hacer él el trabajo de apartarte.
Se me heló la sangre. No por mí, sino por la manera en que lo decía, con la rabia contenida de quien lleva años viendo los hilos sin poder cortarlos.
—¿Y tú lo sabías? —pregunté—. ¿Sabías que ibas a cenar ahí para que yo os viera?
—Lo supe cuando lo vi todo. —Se pasó la mano por la cara—. Cuando me enteré de que estabas cerca, entendí lo que estaba haciendo. Y no lo paré, Candy. No lo paré porque ya estaba dentro, porque llevaba años dentro, obedeciendo sin pensar. —Me miró—. Esa es la parte que me da más vergüenza de todas.
—¿Y su mano en tu brazo? —dije, y la voz se me rompió en dos—. ¿Y su risa, y la manera en que te miraba? ¿Eso tampoco significa nada?
—Ella es así. —Se encogió de hombros—. No puedo controlar lo que hace ella. Solo puedo controlar lo que hago yo, y lo que hago yo es esto. —Se quedó mirándome, con una cara que no le había visto nunca, de las que no tienen defensas—. Estar aquí. Pedirte que confíes en mí.
Me quedé callada un momento, con la tijera en la mano y el corazón dando tumbos.
Quería creerle. Dios mío, cómo quería creerle.
Pero estaban la foto, la mano, la risa, y los dos días de silencio, y el "confía en mí" que me había sonado a despedida.
Y estaba la otra cosa, la que no le había dicho a nadie: que yo no estaba acostumbrada a que me eligieran.
Que en mi vida, cuando algo se ponía difícil, la gente se iba.
Que hasta mi padre se había ido. Que una parte de mí, la más pequeña y la más vieja, me decía al oído que aquello era lo que pasaba siempre: que lo bueno se acababa, y que la culpa nunca era de los que se iban, sino mía por haberlo creído.
—¿Y por qué no me lo contaste? —pregunté, bajito—. ¿Por qué tardaste dos días en escribirme, si era tan fácil?
—Porque me da vergüenza. —Bajó la cabeza—.
Me da vergüenza decirte que tengo treinta y dos años y que mi padre todavía me obliga a cenar con la hija del socio.
Que tengo que esconderme para quererte como quiero quererte.
—Me miró—. No es que no confíe en ti, Candy.
Es que no me gusta lo que veo cuando me veo a través de tus ojos.
Un hombre que no sabe plantarle cara a su padre.
Se me hizo un nudo en la garganta. Aquello no era un pijo guapo defendiéndose. Aquello era el niño de los cuadernos, el niño de las gafas, el que había dejado de dibujar porque su padre se lo escondía. y yo lo sabía, porque me lo había enseñado su madre, lo que le costaba decir esas cosas.
—Martín. —Lo llamé, y me acerqué un paso—. No te estoy pidiendo que le plantes cara a tu padre por mí. Te estoy pidiendo que no me mientas. Que me cuentes las cosas, aunque duelan. Aunque den vergüenza.
—¿Y tú? —Me miró—. ¿Me vas a contar a mí todas las tuyas? ¿Lo del sobre? ¿Los veinte mil euros de mi padre?
Me quedé helada. Yo no se lo había contado. Él lo sabía, y lo había dejado estar, y me había querido igual.
—¿Y si te las cuento? —dije, con la voz pequeña—. ¿Y si te cuento todo, empezando por ahí, y tú me cuentas lo de tu padre y lo de Marta, y nos contamos la verdad entera? ¿Es que podemos, Martín? ¿Podemos intentar esto sin escondernos?
Se quedó mirándome un momento, como quien sopesa una puerta que lleva años sin abrir. Luego se agachó, cogió la tijera que se me había caído al suelo, me la puso en la mano y me miró con una sonrisa pequeña, de las que se le escapaban sin permiso cuando algo le hacía de verdad ilusión.
—Candy —dijo, y la voz le salió más baja, como si dijera lo más importante que había dicho nunca—. No voy a mentirte, pero necesito que tú también confíes en mí.
Y yo, con la tijera en la mano y el corazón en la garganta, pensé en todas las veces que había querido creer y me había equivocado, y en todas las veces que había desconfiado y también me había equivocado.
Y pensé que igual el amor no era quedarse, ni irse, ni ser del mismo mundo.
Igual era esto: dos personas decidiendo contarse la verdad, y aprendiendo a creérsela.
—Enséñame a confiar, Martín —dije.