Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

La gota que colma

El lunes, Alberto volvió de Madrid.

Lo supe por la forma de andar de Martín.

El lunes no bajó al jardín a media mañana, no se sentó en el banco a verme trabajar y no me esperó con los cafés.

Lo supe porque me encontró en el almacén a mediodía y me dio un beso rápido en la frente, de los que se dan sin avisar, y me dijo que teníamos que tener cuidado.

—Mi padre ha vuelto —dijo, con la voz baja—. Y no quiero que te vea conmigo.

—¿Que no quieres que te vea? —Me quedé con la podadora en la mano—. Martín, que a tu padre ya me lo he comido yo con patatas.

—Lo sé. —Me cogió la mano un momento y me la soltó—. Pero no quiero darle motivos para que te haga daño. Dame unos días. En cuanto se le pase, volvemos a vernos como siempre.

Me quedé helada, no por lo que dijo, sino por cómo lo dijo. Con cuidado, como si yo fuera de cristal.

—¿Unos días? —pregunté.

—Unos días. —Me miró y me dio otro beso en la frente, rápido—. Confía en mí.

Y se fue. Yo me quedé con la podadora en la mano y una sensación rara, de las que no sabes si es miedo o mal cuerpo.

Dos días. Dos días sin bajar al jardín, sin mensajes de buenos días, sin la canción de las once. Yo regaba los rosales y miraba el móvil, y el móvil no decía nada. Pepín lo notó, pepín lo notaba todo.

—Niña, que eso que tienes en la cara no es agua de regar.

—Estoy bien, Pepín.

—Claro que sí. —Se ajustó el sombrero.

Me reí, con una risa que me sonó a despedida, y seguí podando, porque no sabía hacer otra cosa.

El martes a media mañana lo vi cruzar el jardín de largo.

Lo llamé, y se giró un momento, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, y me dijo que tenía prisa, que su padre le estaba esperando.

No me besó. No me tocó la mano. Se fue andando rápido, con la cabeza baja, y yo me quedé mirándolo alejarse, con la tierra en las manos, pensando que aquel hombre no era el que me había cantado en el coche.

Por la noche me escribió: «Perdona estos días. Es por mi padre. Te veo el jueves.» Le contesté: «Vale.» Y me quedé un rato con el móvil en la mano, porque me supo a poco, a un vale que no decía nada.

El miércoles bajé al centro a por unos encargos de mi madre, unos botones y una crema para el reúma. Pasaba por delante de un restaurante de los de mantel y velas, de los que se ven desde fuera, cuando la vi.

La muchacha era rubia, guapísima, de las que no necesitan presentación.

Estaba sentada al lado de Martín, con una mano en su antebrazo, riéndose con una risa que se oía desde la calle.

Martín le sonreía con una sonrisa que yo conocía de memoria, y ella le acariciaba el brazo como se acaricia a alguien que es tuyo.

Se me paró el corazón. O se me paró el mundo, que viene a ser lo mismo.

Me quedé clavada en la acera, mirando la escena como quien mira una película que no le toca, y pensé que tenía que ser un error, que aquel hombre no podía ser Martín, que el Martín que me había cantado Manuel Carrasco en el coche y me había mirado en el jacuzzi con esos ojos no era el mismo que estaba ahí, con la mano de una rubia en el brazo.

Pero era el mismo. El mismo pelo, la misma camisa, la misma manera de reír bajando la cabeza. Solo que no se reía conmigo.

Me di la vuelta y eché a andar, y no sé cómo llegué a la parada, ni cómo subí al autobús, ni cómo hice el camino de vuelta. Solo recuerdo que el móvil me sonó en el bolsillo, que vi su nombre en la pantalla y que no contesté.

Sonó otra vez y otra. Lo apagué. Me quedé mirando por la ventanilla con las casas de Sevilla pasando de largo, pensando en el mollete con aceite, en el mirador, en el jacuzzi, en "no le he contado esto a nadie", y me entraron unas ganas de llorar que me tuve que morder el labio para que no se me notara delante de la gente.

No fui a casa. Fui a la tienda de Rocío, porque era el único sitio donde podía desmoronarme sin que mi madre me viera. Rocío estaba colocando unos vestidos, y en cuanto me vio la cara, los dejó donde estaban.

—Candy. —Cerró la puerta y me sentó en la silla del probador—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué te pasa?

Se lo conté todo. Lo del lunes, lo de "confía en mí", los dos días de silencio y la rubia del restaurante, la mano en su brazo, la risa que se oía desde la calle.

Rocío me escuchó sin interrumpirme, con la cara cada vez más seria, que era la cosa que más miedo me daba de ella, porque Rocío siempre tenía una broma para todo menos para las cosas malas de verdad.

—Candy —dijo, cuando terminé—. Siéntate bien, que te voy a contar una cosa y no sé cómo la vas a tomar.

Se fue a la trastienda y volvió con el móvil. Se quedó un momento mirándolo, como quien decide si abrir una puerta que no sabe si quiere abrir, y me lo enseñó.

—Esto lo vi hace tiempo —dijo, con una voz que no le había oído nunca—. Me metí en su Instagram una noche, no sé ni por qué, y me lo encontré. —Se pasó la mano por la cara—. No te lo dije porque no sabía si era cierto. Igual era una ex, igual no era nada, y no quería amargarte la vida por una foto.

La foto era de Martín abrazado a una rubia. La misma rubia, la del restaurante. Sonreían los dos, con la cara pegada, como quien lleva un rato largo de novios.

Me quedé mirándola, y el mundo se me vino abajo en silencio, que es la manera más callada y más gorda de venirse abajo.

Devolví el móvil a Rocío, que lo cogió como quien coge un vaso roto, y me quedé un momento sin palabras, porque las palabras se me habían quedado en la calle, delante del restaurante.

—¿Y esto de cuándo es? —pregunté, y la voz me salió rara.

—No sé. —Rocío se mordió el labio—. La subió hace unos meses, creo. Pero ella está etiquetada. Se llama Marta.

Marta. Ahora la rubia tenía nombre.

—Candy —dijo Rocío, y me apretó la mano—. Igual no es nada. Igual es la prima, igual es la hermana, igual es una amiga de toda la vida. No sabemos la verdad.

—Yo sé lo que he visto, Roci. —Me sequé los ojos con el dorso de la mano—. Con mis propios ojos.

Rocío no dijo nada. Me sirvió un vaso de agua y se sentó a mi lado, y estuvimos un rato calladas, que en ella era el gesto más grande que podía tener.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó, al rato.

—No lo sé. —Bebí un trago—. Supongo que esperar a que me lo explique.

—¿Y si no te lo explica?

—Entonces ya me he explicado yo sola.

Me miró, asintió y no hizo falta decir nada más.

Llegué a casa con la cara lavada y la sonrisa puesta, porque mi madre se conocía mis caras mejor que yo. Me miró un momento desde la cocina, con el paño en la mano, y no me preguntó nada.

—El arroz está hecho —dijo, nada más—. Cuando quieras, lo calientas.

Eso era mi madre: sabía cuándo no había que preguntar.

Me dio un beso en la mejilla al pasar y me dejó con mi secreto, que me pesaba como una piedra.

Cené poco, por no dar guerra, y ella no dijo nada, que era su manera de cuidarme.

A veces pienso que mi madre sabe más de lo que yo le cuento, y que me deja el espacio para contárselo cuando yo pueda.

Esa noche no pude dormir. Me di la vuelta mil veces en la cama, con la funda de Snoopy pegada a la mejilla, y con el móvil en la mano repasé los mensajes de aquella semana.

Los de buenos días, los de "¿has comido?

", los de la canción, los del viernes antes de irnos, nuestras fotos de Granada  y la dichosa foto que descubrió Rocío.

Escribí un mensaje: «¿Quién es Marta?» Lo borré.

Escribí otro: «Te he visto esta tarde. Con ella.» Lo borré.

Escribí el último: «Pensaba que eras diferente, pero no. No somos del mismo mundo.»

Era lo que su padre pensaba de nosotros  y lo que Rafa me advirtió el día que me dijo que tuviera cuidado con ese tío. Lo que llevaba meses diciéndome a mí misma por las noches, y que él, con sus besos y su jacuzzi y su "confía en mí", me había hecho olvidar.

No lo borré. Le di a enviar.