Capítulo 36
Felices los cuatro
Las primeras semanas en el ático fueron de las que se recuerdan.
No pasó nada especial, sino por los pequeños detalles: por aprender a dejar sitio a sus cosas en el armario, por pelearnos por la pasta de dientes, por descubrir que él cantaba en la ducha y que aunque cantaba fatal, y que a mí me encantaba oírlo.
Era raro y era bueno. Raro porque llevaba toda la vida durmiendo en mi cama de soltera, con la funda de Snoopy, y de pronto me despertaba en una cama enorme, con las sábanas blancas y un hombre al lado.
Y bueno porque ese hombre, cuando se dormía, lo hacía con la boca abierta, como el día del sofá, y porque cuando se despertaba lo primero que hacía era buscar mi mano.
Martín se fue integrando en mi vida sin que yo me diera cuenta. Lo primero fue la freiduría. Le hablé de la freiduría de mi barrio, la del Cerro, la de toda la vida, donde mi madre y yo íbamos los sábados desde que yo era pequeña, y él me dijo que quería conocerla. Así que un sábado lo llevé.
La freiduría se llamaba La Paca, y estaba en la esquina de mi calle, con las paredes de azulejos y el olor a fritura que se pegaba a la ropa. La Paca, la dueña, que me conocía desde que era una niña, lo vio entrar conmigo y puso los ojos como platos.
—¿Y este? —dijo, con la voz de las que no se andan con rodeos—. ¿Este es el famoso Martín?
—La famosa, usted —dijo Martín, con una sonrisa—. Porque de esta freiduría me ha hablado tanto Candy que ya me la sabía de memoria antes de entrar.
La Paca se echó a reír, con una risa que le sacudía las pulseras, y nos sentamos en la barra, y le pedimos pescaíto frito y unas cervezas, y Martín se manchó los dedos y no le importó, y la Paca le contó anécdotas de cuando yo era pequeña que me pusieron las orejas como tomates.
—Esta niña —decía la Paca, señalándome con la cuchara—. Con cinco años se sentaba ahí, en esa banqueta, y se comía las papas con los dedos y le decía a su madre que era la mejor freiduría del mundo y mire usted, aquí sigue.
Martín me miró, con una sonrisa. Pensé que aquello era lo que estaba haciendo él: conocer a la gente que me había hecho a mí, entender de dónde venía, saber por qué yo era como era y que nadie, nunca, se había tomado esa molestia.
Después de la freiduría, lo llevé a la plaza, donde estaban los del barrio, los de toda la vida: Manolo el de los periódicos, la Paqui la de la mercería, el tío del puesto de fruta.
Mis amigos de siempre, los que me habían visto crecer, los que sabían mi historia de memoria y que no se fiaban de nadie que viniera de fuera.
Martín se sentó con ellos como quien se sienta con gente conocida que conoce de hace tiempo.
Les preguntó por sus cosas, por las rebajas, por el tiempo, por el barrio, se rió de sus chistes y no soltó ni una sola vez nada que estuviera relacionado con su mundo.
Cuando Manolo le contó lo de las bodas de plata de la plaza, se rió con él; cuando la Paqui le enseñó las fotos de los nietos, las miró una por una y dijo que el pequeño se parecía a su madre; y cuando el tío del puesto de fruta le dijo que el melón de aquella semana estaba para llorar, le pidió uno y se lo llevó, como uno más del barrio.
Ellos, que eran de los que no se fían de cualquiera, acabaron diciéndome, al irme, que el novio ese era de los buenos.
—Ese chico —me dijo la Paqui, bajito, mientras Martín se despedía de Manolo—, no es como el resto de los pijos que pasan por aquí.
Ese mira a la gente a los ojos y eso no se aprende, hija.
Eso se trae. —Me apretó el brazo—. Este es de los que se quedan, Candy y tú eres de las que se quedan también. Hacéis buena pareja.
Me fui a casa con el corazón lleno, y cuando se lo conté a Martín, se rió y me dijo:
—¿Sabes qué? Me gusta tu barrio. Me gusta tu gente, cómo te miran cuando entras, como si fueras de su familia y me gusta que me hayas dejado entrar.
—¿Y por qué no iba a dejarte entrar? —le pregunté, con el brazo enlazado al suyo.
—Porque yo no soy de aquí. —Se encogió de hombros—. Nunca he sido de ningún sitio. Pero contigo, por primera vez, me parece que puedo ser uno más.
Se me hizo un nudo en la garganta, y no dije nada, porque no me salía nada a la altura. Solo le apreté el brazo, y seguimos andando, los dos en silencio.
La que se lo ganó del todo fue la abuela. Una tarde, Martín se quedó a cenar en casa de mi madre, y la abuela, que llevaba toda la semana diciendo que el novio ese era de buen fondo, se sentó a su lado en el sofá y le puso la mano en el brazo.
—Hijo —le dijo—. Mi nieta es de las que aguantan, de las que se quedan donde las plantan. Quiero que sepas que si algún día se te ocurre hacerle daño, te busco, te encuentro y te pongo a planchar. Que yo, a mi edad, ya no tengo nada que perder.
Martín se la quedó mirando, y luego se echó a reír, con una risa de las de verdad, y le cogió la mano.
—Señora —le dijo—. Si algún día le hago daño a su nieta, no hace falta que me busque. Yo mismo me presento en su casa con la plancha.
La abuela le dio una palmada en el brazo, satisfecha, y se levantó a por su vaso de leche.
Yo me quedé mirándolos, a los dos, al hombre que había elegido y a la mujer que me había criado, y pensé que aquello era lo que no se sabe de las personas hasta que las ves juntas: que hay gente que se entiende sin conocerse de nada, y que cuando eso pasa, suele ser porque son de la misma clase, aunque cada uno la demuestre a su manera.
Estábamos bien. Estábamos, por primera vez en mucho tiempo, los dos bien a la vez.
Yo podaba los rosales y subía al ático, y él me esperaba con el café y me contaba su día, y los fines de semana íbamos a la freiduría, o a la plaza, o a casa de mi madre, donde la abuela ya lo trataba como si fuera de la familia y mi madre le ponía el plato sin preguntarle.
Hasta que en la tarde de un martes, llegué al ático y me lo encontré distinto. Estaba sentado en el sofá, con el móvil en la mano, mirando la pantalla sin verla, con esa cara suya de cuando algo no va bien.
—¿Qué pasa? —le pregunté, dejando las llaves—. ¿Qué ha pasado?
—Nada. —Me miró, y la voz le salió rara—. Ha llamado mi padre.
Se me cayó el mundo a los pies, pero procuré que no se me notara. Otra vez Alberto. Otra vez Madrid. Otra vez el plan de siempre.
—¿Y qué quería? —pregunté, con la voz seca.
—Cosas de la empresa. —Se pasó la mano por la cara—.
Hay un cliente importante en Madrid, uno de los grandes, y ha dicho que quiere que me encargue yo personalmente.
Que no hay nadie más en el despacho que pueda hacerlo, que es una obligación con los clientes, que si no voy, el contrato se cae.
—Hizo una pausa—. Me ha dicho que no me lo pide como a un hijo, me lo pide como socio.
Que la empresa es mía y que los clientes son míos también.
—¿Y tú qué has dicho?
—No he dicho nada todavía. —Me miró, y esta vez no había miedo en sus ojos.
Había otra cosa: responsabilidad—. Pero escucha, Candy.
Esta vez no es un castigo. Lo sé porque se lo he notado a mi padre.
Cuando me quiere castigar, lo hace con una sonrisa.
Esta vez no la tenía. Estaba... serio, como si de verdad necesitara que yo fuera.
Me quedé mirándolo. Era la primera vez que lo oía hablar así de su padre, sin rabia, sin miedo. como si por fin lo viera con otros ojos, los de un hombre que habla con otro hombre, no los de un hijo que obedece.
—¿Y tú qué quieres hacer? —le pregunté, bajito.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Una parte de mí no quiere ir a ningún sitio.
Quiere quedarse aquí, contigo, en nuestro ático, y que no pase nada nunca más.
—Se tocó el pecho—. Pero hay otra parte, aquí, que me dice que llevo toda la vida quejándome de que mi padre no me dejaba ser nada, y que ahora que tengo la oportunidad de encargarme de verdad de la empresa, no puedo hacer como que no es mi responsabilidad, porque lo es, Candy.
La empresa es mía y los clientes son míos también. Él tiene razón.
Se me hizo un nudo en la garganta. Aquel no era el Martín que había tirado la empresa por mí, ni el que había dimitido en un arrebato. Era otro, uno más nuevo, que estaba aprendiendo a ser responsable sin dejar de ser él.
—Pues ve —le dije.
—¿Cómo?
—Que vayas. —Le cogí la mano—. Si tienes que ir, ve. Dos semanas en Madrid, o lo que haga falta. Yo te espero.
—Pero Candy... —Me miró, y la voz le salió rara—. ¿Y si esto es una trampa? ¿Y si mi padre quiere separarnos? ¿Y si me voy y no...
—No lo sé. —Le apreté la mano—. Pero si te quedas por miedo, no serás tú y yo no me enamoré de un hombre con miedo. Me enamoré de uno que se tiró de cabeza. —Le sonreí—. Anda, ve. Cumple con tus clientes y cuando vuelvas, aquí estaré, con el café.
Se quedó mirándome un momento, con los ojos brillantes. Luego me besó, despacio, y me abrazó, y nos quedamos así, abrazados en el sofá, con el móvil todavía en la mesa, encendido, con la llamada de Alberto todavía ahí, esperando.
Al día siguiente, Alberto llamó otra vez y Martín contestó. Lo oí desde la cocina, con el café a medio hacer, diciendo:
—Sí, padre. Sí, iré. Dos semanas en Madrid por los clientes. —Hizo una pausa—. Y sí, lo sé. Tengo responsabilidades que atender.
Yo, con el café en la mano y el corazón en la garganta, pensé que aquello era lo que no se sabe de las personas hasta que las ves crecer: que a veces, crecer no es quedarse ni irse. Es aprender a irse sabiendo que vuelves. Él estaba aprendiendo y yo iba a estar ahí para esperarlo.