Capítulo 23
La suegra
A la mañana siguiente, mientras regaba los rosales del jardín botánico, oí a mis espaldas una voz que conocía demasiado bien.
—Niña, que esto es como un parque pero sin niños.
Me giré. Rocío estaba apoyada en la puerta del invernadero, con unas gafas de sol enormes y una sonrisa de las que anuncian problemas.
No venía nunca a Simón Verde. Simón Verde era “tu sitio de trabajo, Candy, donde te vuelves seria y aburrida”, y sin embargo ahí estaba, con el día libre y la firme intención de tomar el fresco y seguro que venía a cotillear.
—¿Qué haces tú aquí? —pregunté.
—A tomar el fresco. —Miró a su alrededor con las gafas puestas—. Oye, que no está mal el sitio, es como un parque pero sin niños.
—Es una urbanización, Roci.
—Eso. Una urbanización, como mi casa pero con césped.
Nos reímos y me senté a su lado en el borde del parterre, con las manos llenas de tierra y la manguera goteando entre las piernas.
Estuvimos un rato al sol, hablando de nada y de todo, hasta que Rocío me miró con esa mirada suya de cuando iba a sacar un tema importante.
—Y bueno —dijo—. Cuéntame. ¿Qué pasa con el pijo del ático?
—Que se llama Martín…
Le conté lo del banco de los geranios, lo de la canción de las once, lo de la mano cogida y lo de Amalia invitándonos a su casa a las seis.
Rocío me escuchó con la boca abierta, que en ella era la máxima expresión de atención, y cuando terminé se quedó un momento callada, que era la segunda máxima expresión.
—¿Y tú vas a ir?
—Creo que sí.
—Candy. —Se me quedó mirando con una seriedad que no le había visto ni en su boda—. Cuando le gustas a la madre, tienes media batalla ganada. Al hijo ya lo tienes ganado del todo, que te he visto yo la cara, así que enhorabuena, hija. —Se ajustó las gafas—. Ahora solo falta que no la cagues.
Le di un codazo, pero no le dio tiempo a reírse, porque al fondo del paseo apareció Amalia andando despacio, como quien pasea por un sitio que conoce de toda la vida.
Me puse en pie de un salto, como una colegiala pillada copiando, y me quité la tierra de las manos en el pantalón, que era como intentar sacarle el agua al mar.
Rocío me miró, miró a la señora que se acercaba, y me miró a mí otra vez.
—Candy —susurró—. Esa es la madre, ¿no?
—Sí.
—Y está guapísima. Eso no lo habías dicho.
—Roci, por favor...
—Qué va, que me alegro. Si te va a tocar de suegra, mejor que sea guapa, que los nietos salen de ahí.
Amalia llegó hasta nosotros y me sonrió con aquella sonrisa templada.
—Candy, hija, qué alegría verte. —Miró a Rocío, que seguía con las gafas puestas y la boca a medio abrir.
Rocío se quitó las gafas a una velocidad que parecía magia, se alisó el vestido y tendió la mano con una solemnidad que nunca le había visto.
—Encantada, señora. Rocío Jiménez Pérez. Amiga de Candy desde los doce años, que es más tiempo que muchos matrimonios.
Amalia se rió, con una risa pequeña y sincera, y le estrechó la mano.
—Amalia. Encantada, Rocío. Por lo que veo eres divertida.
Se me encendieron las orejas. Rocío, en cambio, se creció como una planta regada.
—Señora, usted acaba de ganarse una amiga para siempre.
—Y entonces, sin venir a cuento, añadió—: Y mire, ya que estamos, ¿a que no sabe usted que esta se sabe todas las canciones de Manuel Carrasco de memoria?
Que me llama por las mañanas para ponerme la del volver, oiga.
Yo es que ya no sé si es que le gusta el cantante o es que le gusta su hijo.
—Pues yo creo que es que le gusta mi hijo —dijo Amalia, con una calma que me mató—. Y que la canción es lo de menos.
Me hubiera gustado que la tierra me tragara allí mismo, pero la tierra era de la urbanización y no se fiaba de mí todavía. Amalia se rió bajito, como quien se ríe de algo que sabe que va a pasar, y me miró.
—Candy, ¿por qué no venís las dos a tomar un café conmigo? Podríamos quedar en mi cafetería del centro, que es de la familia. Os invito yo.
Rocío me miró con los ojos como platos. Yo miré a Amalia y antes de que pudiera pensar una excusa, Rocío ya había contestado por las dos.
—Señora, nos encantaría. ¿Verdad, Candy?
—Sí —dije, con la voz pequeña—. Gracias, señora.
—Anda, llámame Amalia, que lo de señora me hace sentir más vieja de lo que soy.
Y así, sin saber muy bien cómo, estábamos horas después en la puerta de la cafetería.
***
La cafetería estaba en el centro de Sevilla, en una calle elegante de las que yo solo conocía de pasear los domingos, y Amalia pidió café para las tres y unas pastas que parecían de otro planeta. Rocío, que no se cortaba ni delante de la mismísima reina, se comió tres y pidió que nos trajeran más.
—Este sitio es precioso, Amalia —dijo, con la boca a medias—. ¿Es suyo?
—De la familia, sí. De mi marido. —Amalia removió su café con calma—. Pero me lo he quedado yo, que para algo llevo cuarenta años casada. Las decisiones importantes las toma él, pero las del día a día las tomo yo.
Rocío me miró con una ceja levantada, y yo le devolví la mirada, y en ese cruce de ojos se dijo todo: esta mujer es más lista de lo que parece.
Pasamos la tarde hablando de todo. Rocío contó lo de su tienda en la calle Sierpes, lo del vestido que le había vendido a una clienta que resultó ser la mujer de un concejal, lo de su novio Manuel, con el que llevaba ocho años esperando la pedida como quien espera el autobús que nunca llega.
—Ocho años, Rocío —dijo Amalia—. Y el hombre no se decide.
—No se decide, no. Pero yo ya le he dicho que o me pide la mano o me pido yo la suya, que en esta casa las cosas claras.
Amalia se rió, de verdad, con una risa que le arrugaba los ojos, y a mí se me calentó el corazón por dentro. Mi madre se habría llevado bien con ella, pensé, o se habrían tirado los trastos, que también podía ser. No lo tenía claro.
A las cinco menos cuarto, Rocío miró el móvil y dio un salto.
—¡Ay, madre! Que tengo que abrir la tienda. —Se levantó, se arregló el vestido y le dio dos besos a Amalia—. Ha sido un placer, de verdad. Amalia, usted es un encanto. Y Candy, no la cagues, que te lo digo en serio.
—Roci...
—Es broma. —Me guiñó un ojo—. Más o menos.
Y se fue, con su taconeo decidido, dejándome a solas con Amalia y con un silencio que de pronto se me hizo grande.
Amalia pidió otra taza, me la acercó y se quedó mirándome con calma.
—Ahora sí —dijo—. Ahora que estamos solas, te quiero enseñar una cosa, pero que no se entere Martín, que le da mucha vergüenza.
Sacó el móvil y empezó a pasar fotos.
Martín de niño. Un callo con gafas: flaco como un junco, con unas gafas enormes que le tapaban media cara y el pelo revuelto, sonriendo con una sonrisa que no le llegaba del todo a los ojos.
Martín con el uniforme del colegio, con las gafas torcidas y un rasguño en la rodilla.
Martín con un trofeo pequeño, sosteniéndolo como si no supiera muy bien qué hacer con él.
—Este es mi hijo —dijo Amalia, con una voz suave—. Siempre fue un niño bueno en un mundo de hombres duros.
Se me aceleró el corazón. Miré la foto y luego a ella, y a la foto otra vez.
—¿Y el padre? —pregunté, sin pensar—. Perdón, no quería...
—No pasa nada. —Amalia siguió pasando fotos—.
Alberto siempre quiso que fuera duro. Que no llorara, que no se quejara, que ganara.
Martín aprendió a callarse, a sonreír cuando tocaba sonreír y a guardarse lo demás.
—Me miró—. Por eso me gustas tú, Candy. Tú le sacas las cosas y eso no lo ha conseguido nadie, ni yo.
Se me hizo un nudo en la garganta. Aquel niño con gafas, aquel niño que se callaba para no dar guerra, era el mismo hombre que me había dicho que su madre le había dejado sin querer, el mismo que no sabía decir las cosas bonitas en voz alta, el mismo que me había mandado una canción de Manuel Carrasco para decirme lo que no sabía decir de otra manera.
Me di cuenta de que me estaba enamorando de él, sí, pero también de aquel niño.
De que quería conocerlo entero, con sus gafas y sus silencios y su manera de querer con cuidado.
—¿Qué te pasa, Candy? —preguntó Amalia, con una sonrisa pequeña—. ¿Se te ha metido algo en el ojo?
—No, señora... digo, Amalia. —Me reí, y me sequé los ojos con el dorso de la mano—. Es que su hijo, de pequeño, era muy mono.
Amalia se rió, con una risa suya que sabía cuándo usarse, y guardó el móvil.
—Ha sido un placer hablar contigo, Candy —dijo, y me cogió la mano un momento—. De verdad. Ya te dije que yo no pude elegir y me alegro de que elijas a mi hijo. —Me soltó la mano—. Y ahora anda, que seguro que tienes que volver a casa.
Me despedí de ella en la puerta, con dos besos y una sensación rara, de esas que no sabes si es calor en el pecho o miedo.
Mientras andaba hacia la parada, con el sol de Sevilla en la cara, pensé que aquella tarde había descubierto lo que no se sabe de las personas hasta que alguien te lo enseña.
Que el hombre que me gustaba había sido un niño con gafas que se callaba para no molestar.
Y que yo, que siempre había pensado que el amor se demostraba quedándose, tenía que aprender a quedarme de verdad.
Con él y con todo lo que había sido y todo lo que era.