Capítulo 24
La cena de los Lombardo
A las siete y media estaba delante del armario con la boca seca y dos vestidos en la mano. Uno era negro, el de los bautizos, y el otro era el mismo negro con una flor bordada, que era mi manera de tener variedad.
Mi madre asomó la cabeza por la puerta.
—El negro —dijo—. La flor te la pones tú cuando llegues, que de eso te sobra, y no te pongas nerviosa, que si a él le gustas es por cómo eres, no por cómo vistes.
—No estoy nerviosa.
—Claro que no. Por eso llevas media hora delante del armario y no te has puesto nada.
La abuela, que estaba en el pasillo con su copita de la sobremesa, se asomó también.
—Y si te preguntan qué haces tú ahí, diles que eres la jardinera y que tu abuela dice que tienes muy buen fondo. —Se ajustó las gafas—. Que ya me dirás tú a mí qué fondo tienen ellos, que de dinero se nace, pero de clase se hace.
—Abuela, que me van a sentar en una mesa con mantel blanco, no en un interrogatorio.
—Hija, en esas casas todo es un interrogatorio. Hasta la sopa.
Mi madre y yo nos miramos. Eso era la abuela: media frase para darme valor y otra media para quitarle el valor al dinero.
—Me voy mamá —dije, y la voz me salió más tranquila de lo que me sentía—. Y si la lio, que se fastidien.
—Así me gusta. —Mi madre me dio un beso en la mejilla—. Y si la lías, la lías a lo grande, que para eso eres mi hija.
***
Martín me esperaba en la puerta de Simón Verde, con una chaqueta azul marino que no le había visto nunca y el pelo un poco revuelto, que era su manera de decir que también estaba nervioso. Me miró de arriba abajo y se le escapó una sonrisa.
—Estás preciosa.
—Estoy normal —dije, sin pensarlo.
—Para mí es lo mismo. —Me tomó la mano—. Y eres preciosa.
Me subió el calor a las orejas, y él se dio cuenta, y se le escapó otra sonrisa. En la escalera, de camino al ático, me paré.
—Martín.
—¿Mmm?
—Si tu padre me dice algo raro, no voy a callarme. Te lo aviso.
—Ya lo sé. —Me miró, y se le escapó una sonrisa—. Es de las cosas que más me gustan de ti.
—¿Que no me calle?
—Que no te calles. —Me dio un beso rápido en la frente—. Aunque luego me toque a mí callarme yo.
Cuando abrió la puerta del ático me encontré con una mesa que parecía de película: mantel blanco, copas que reflejaban la luz, velas encendidas y unos cubiertos que brillaban como si los hubieran pulido a mano.
Amalia estaba en la puerta de la cocina, con un delantal elegante que parecía más de adorno que de trabajo.
—Candy, hija, qué alegría verte. —Me dio dos besos con una naturalidad que me desarmó—. Pasa, pasa, que hoy es de las ocasiones especiales.
Alberto estaba sentado a la cabecera de la mesa, con el periódico en la mano y una copa de vino al lado. No se levantó cuando entré. Me miró por encima del periódico, con esos ojos suyos que pesaban, y asintió con la cabeza, nada más.
—Candelaria —dijo, y era la primera vez que decía mi nombre sin que me sonara a desprecio, aunque tampoco sonara a cariño.
—Buenas noches, señor Lombardo.
Amalia me hizo sentar a su lado, lejos de Alberto, como quien pone un guardia entre dos que no se fían, y empezó a servir.
La cena era de las que no se comen en el Cerro: un plato pequeño con una cosa bonita en el centro que no sabía ni qué era, otro plato más pequeño debajo y unos cubiertos que parecían una colección de herramientas de las que no sabía para qué servían.
—No le hagas caso a los cubiertos, Candy —dijo Amalia, sirviéndome—. Se empieza por fuera y se va hacia dentro y si te equivocas, los del otro lado no se van a enterar, que están más pendientes de lo que dices que de lo que coges.
Alberto la miró por encima del periódico, y Amalia le devolvió la mirada con una calma que era una advertencia en sí misma. A mí me entró la risa por dentro, y se me pasó un poco el miedo.
La cena iba bien. Amalia preguntó por el jardín botánico, por los rosales, por si había pensado en lo del limonero, y hablamos de plantas como si fuéramos dos vecinas de toda la vida. Martín me miraba, y yo sonreía, y hasta pensé que igual la noche no estaba saliendo tan mal.
Hasta que la conversación, no sé cómo, acabó en política. Alberto, que llevaba toda la noche mirando el periódico, dejó caer:
—El país está cada día peor. No hay quien lo arregle.
Y yo, con el vino en la sangre y la lengua suelta, dije lo primero que me salió:
—Pues yo es que no voto, señor Lombardo. Ni mi madre ni mi abuela. Todas decimos lo mismo: que da igual a quién pongan, que luego el barrio sigue igual y ellos en sus casas. Que los políticos son todos iguales, mire usted.
Se hizo un silencio que se podía cortar con los cubiertos.
Se oyó el tintineo de la copa de Amalia, que la dejó con cuidado en la mesa, y nada más.
Alberto se quedó con la copa en la mano, quieto, mirándome con una cara que no sabía si era de enfado o de otra cosa.
Amalia miró el mantel. Martín se aclaró la garganta.
Y entonces, por las caras, entendí que había metido la pata. Que en esa casa no se hablaba de política, o se hablaba de otra manera, o que Alberto, precisamente él, tenía algo que ver con los que mandaban. Martín se inclinó hacia mí y me susurró:
—Mi padre cena el jueves con el alcalde.
Ah. Claro.
Amalia fue la primera en moverse. Se rió, con una risa pequeña que sonaba a la vez a orgullo y a susto, y me sirvió más vino.
—Y tiene toda la razón, hija —dijo—. Yo también estoy harta de promesas. —Miró a Alberto—. Y a ti te digo que no me mires así, que la niña ha dicho en voz alta lo que piensa media España en los postres. Eso tiene mérito, que no todo el mundo se atreve.
Alberto no dijo nada. Volvió a coger el periódico, no sé si para esconderse o para dar por terminada la conversación, y la cena siguió con una calma tensa que se notaba en el aire.
Martín me apretó la mano por debajo de la mesa, y yo se la apreté, y pensé que a lo mejor no lo había hecho tan mal o que lo había hecho realmente mal, y que lo mejor que podía hacer era no volver a abrir la boca en lo que quedaba de noche.
***
Después del café, Amalia me pidió que le enseñara la terraza, la que yo había diseñado porque la quería ver de noche y en realidad, yo sabía que no era por la terraza, sino por dejarlos solos.
Los dos hombres se quedaron en el salón, y yo salí con Amalia al balcón, con la boca seca otra vez, porque sabía que lo que iba a pasar ahí dentro no iba a ser bueno.
Desde la terraza se oía todo. Ellos no lo sabían, o lo sabían y les daba igual.
—Martín —dijo Alberto, y la voz le salió seca, de las que no admiten respuesta—. Está muy bien la niña, y tu madre está encantada, pero esto no va a ningún lado. Y tú lo sabes.
Me quedé helada, con la taza a medio camino de la boca. Amalia me miró, y en sus ojos no había sorpresa. Había pena, de la que no se dice en voz alta.
—Padre —dijo Martín, y la voz le salió firme, más firme de lo que yo le había oído nunca—. Es lo único que he decidido yo en mi vida, y no va a ninguna parte salvo a donde yo quiera llevarlo.
Hubo un silencio largo. Luego se oyó el ruido de la silla contra el suelo, y los pasos de Alberto hacia la puerta.
—Pues entonces, hijo —dijo, y la voz le sonó más cansada que enfadada—, esto no va a ningún lado.
Y la puerta se cerró.
Me quedé en la terraza, con Amalia al lado, las dos calladas, oyendo cómo el coche arrancaba abajo. Amalia no dijo nada. Solo me puso la mano en el hombro, un momento, y me miró con una ternura que no supe qué hacer.
—No te preocupes por él, Candy —dijo, bajito—. Yo me ocupo de él. Tú ocúpate de mi hijo, que es lo importante.
Y yo pensé, con el corazón desbocado y las palabras atragantadas, que había oído a Martín defender lo nuestro con una voz que no le había oído nunca, y que eso valía más que toda la cena pero también pensé, mientras bajaba las escaleras, que Alberto Lombardo no era de los que se dan por vencidos, y que lo de la puerta no era el final, era el principio.