Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Lo que no se sabe

A la mañana siguiente llegué al banco de los geranios a las ocho menos cinco, con dos cafés de la máquina y el corazón a mil por hora. Martín llegó puntual, con la camisa de rayas remangada y una sonrisa que se le subió a los ojos antes que a la boca.

—Has venido —dijo, devolviéndome la frase que yo le había dicho a él la otra vez, y se sentó a mi lado.

—Tú me citaste.

—Y cuando me citas, yo vengo.

Nos reímos, y me di cuenta de que llevaba toda la mañana con la sonrisa puesta sin saber cuándo se me había puesto.

Estuvimos un rato en el banco, con el café y los geranios de testigos, y esta vez no nos hizo falta hablar de nada importante para estar a gusto.

Me contó que su madre le había llamado a las ocho de la mañana para preguntarle por la jardinera, y que su hermana le había mandado un mensaje con tres signos de exclamación y la palabra “por fin”.

—Por fin, ¿qué? —pregunté.

—Por fin no sé. —Se encogió de hombros—. Alicia vive en Nueva York y se entera de todo antes que yo. Dice que mamá le ha contado que hay una chica que me ha cambiado la cara.

Se me encendieron las orejas. Por suerte, en ese momento pasó Pepín con la carretilla, nos vio y se llevó la mano al sombrero con esa guasa suya.

—Niña —dijo sin parar de andar—, que el banco de los geranios se os está quedando pequeño. Cuando os canséis de él, tengo una escalera en el almacén por si queréis subir al cielo.

Y se fue silbando la misma canción, la de las once, y a Martín se le escapó una risa que le salió de dentro.

—Me cae bien tu Pepín.

—No es mi Pepín.

—Ya, pero me cae bien.

Se quedó un momento en silencio, con el café en la mano, mirando los geranios y sin venir a cuento, dijo:

—Candy, ¿cómo es tu casa? ¿Cómo es tu familia?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Porque llevo semanas queriendo saberlo. —Me miró con aquellos ojos serios que ponía cuando algo de verdad le importaba— y porque tú sabes cosas de mí que no le he contado a nadie, y yo de ti no sé nada.

Y ahí, en el banco, con el café en la mano y los geranios de testigos, se me salió. Sin pensarlo, sin ensayarlo, como se salen las cosas que llevan mucho tiempo calladas.

—Mi padre se fue cuando yo tenía cinco años —dije.

Se quedó quieto. No dijo nada, no hizo nada, solo me miró, y eso fue lo que me dio valor para seguir.

—No me acuerdo de él. Bueno, me acuerdo de una cosa: de que me llevaba en hombros y yo le agarraba la cabeza, y de que olía a tabaco y a colonia barata.

No sé si es un recuerdo de verdad o una historia que me han contado tantas veces que ya me la creo.

—Hice una pausa—. Se fue una mañana. Mi madre dice que no dio explicaciones, que simplemente no volvió y yo he pasado la vida pensando que si me quería lo suficiente, no se habría ido.

Así que he aprendido a querer con cuidado, para no asustar a nadie y que no se me vaya nadie.

Me quedé callada. Se me habían secado las palabras en la garganta.

Martín me cogió la mano. No me la apretó, no me la acercó a él, solo la tuvo un rato, con la suya encima, como quien dice “estoy aquí y no me iré”.

—Mi madre me dejó a mí también —dijo, bajito—.

No se fue, pero me dejó. Se quedó en casa, aguantando, y eso es peor, porque yo la veía apagarse un poco cada día sin saber cómo encenderla.

—Se pasó la mano libre por el pelo, el gesto ese de cuando estaba nervioso—.

Y yo aprendí a callarme lo que sentía para no dar guerra, que es lo mismo que hizo ella.

—Martín...

—Déjame terminar, que si me callo ahora no me sale. —Me miró—. Nunca se lo he contado a nadie, esto, ni a Alicia, pero contigo es distinto, contigo me salen las cosas, y no sé por qué.

—Yo tampoco sé por qué —dije—. Pero me pasa igual.

Nos quedamos un momento en silencio, cogidos de la mano, con los geranios delante y el café enfriándose.

—¿Y lo de tus fracasos amorosos? —pregunté, para aligerar, y me salió con un tono de broma que no era del todo broma.

Martín se rió, pero fue una risa rara, de las que tapan algo.

—Mi última novia —dijo— era una mujer estupenda, de esas que lo tienen todo decidido: qué comer, qué vestir, a qué hora irse a dormir, qué debía hacer yo con mi vida.

Y a mí me parecía bien, porque llevaba toda la vida acostumbrado a que decidieran por mí.

Mi padre me dice lo que tengo que hacer desde que tengo uso de razón, así que con ella era cómodo.

Hasta que un día me di cuenta de que no me preguntaba nada, nicómo estaba, ni qué quería.

Me di cuenta de que no quería volver a vivir así.

Prefería estar solo a estar con alguien que me hablara como mi padre.

Se quedó mirando los geranios.

—Y entonces apareciste tú —dijo—. Con tu manguera y tu genio, y me plantaste cara y pensé: por fin, por fin alguien que no me dice lo que tengo que hacer ni se achanta por que sea el hijo de quien soy, que me dice lo que piensa y no lo que le conviene que yo oiga.

Se me encendieron las orejas hasta las raíces del pelo.

—No fue con la manguera —murmuré.

—Fue con la manguera, con la lengua y con todo.

—Se le escapó media sonrisa—. Me gustó tu carácter, Candy.

Tu forma de trabajar, que es como tú: sin pedir permiso, dejándolo todo mejor de lo que estaba.

Y que eres libre. Que no dependes de nadie, que te has pagado tu grado, que te has hecho sola.

Cuando te vi, pensé: esta mujer no necesita que nadie la salve.

Y eso, para un hombre que ha vivido toda la vida haciendo lo que se espera de él, es lo más atractivo que existe. Por eso pagaste la cerveza.

Me quedé mirándole, sorprendida.

—¿Cómo sabes que pagué la cerveza?

—Porque la pagaste —se rió—. En el bar, el día que te invité a una cerveza al día siguiente de conocernos. Ese día ya me habías ganado —dijo él— y no me había dado cuenta.

Nos quedamos mirándonos. Se me puso la piel de gallina, y no hacía frío.

—Te acuerdas de todo —dije, con la voz pequeña.

—De todo lo tuyo, sí.

Entonces sus dedos buscaron los míos, esta vez con decisión, y se enlazaron con una naturalidad que me sorprendió. Estuvimos así un rato, sin decir nada y pensé que esto, estar cogidos de la mano sin nada que esconder, era lo más bonito que me había pasado en la vida.

Luego se me pasó por la cabeza lo del sobre,  los veinte mil euros, Alberto Lombardo sentado detrás de su mesa, ofreciéndome dinero para desaparecer.

Lo tenía ahí, guardado, sin contar, y él acababa de contarme lo de su madre, lo de su exnovia y lo de la cerveza, y yo le estaba ocultando lo más grande.

—Candy —dijo Martín—. ¿Dónde te has ido?

—A ninguna parte. —Sonreí, y creo que no me salió del todo—. Aquí estoy.

Me cogió la cara, despacio, con ese mimo que tenía con las cosas frágiles, y me miró.

—Cuando te quedas así —dijo—, se te nota en los ojos, pero no te voy a preguntar.

Se me hizo un nudo en la garganta.

—¿Y si no quiero contártelo nunca?

—Entonces no me lo cuentes. —Me soltó la cara y su mano volvió a buscar la mía—. Pero lo que me cuentes, sea lo que sea, no va a cambiar lo que siento por ti. Te lo digo para que lo sepas y no te lo tengas que preguntar.

Y yo, que no soy de las que se quedan calladas, me quedé callada, porque no sabía qué decir que no sonara a mentira.

Porque lo del sobre no era mío para contarlo así, en un banco.

Contarlo era abrir un melón que no sabía como acabaría, así que dejé de pensar y le apreté la mano, y pensé que a lo mejor, con tiempo, se lo contaría como anécdota.

Nos levantamos del banco porque tenía que volver al trabajo, y nos fuimos andando por la acera de la urbanización, con las manos cogidas y el vaso de café vacío que nos sobraba.

Me contó que tenía pensado poner un limonero en la terraza, y yo le dije que el limonero quería sol y que a lo mejor en su sitio no le llegaba, y él se rió y dijo que por eso le gustaba.

—No digas eso —dije, con el corazón a mil.

—¿El qué? ¿Lo de que me gustas?

No supe qué decir. Se me había quedado la voz atascada en algún sitio entre el pecho y la garganta.

—Candy —dijo Martín, parándose—. Llevo toda la vida haciendo lo que se espera de mí. Y esto, lo nuestro, es lo primero que hago porque sí y no sé hacerlo bien, pero quiero aprender contigo.

—Pues aprende conmigo —dije, y la voz me salió sin pensarla—. Que yo tampoco sé, pero llevo toda la mañana queriendo intentarlo.

Se inclinó para besarme, y entonces, al fondo de la calle, apareció una figura con vestido estampado, andando despacio, con esa elegancia de las que no tienen prisa. Nos quedamos los dos quietos, como pillados, con las manos a medio soltar.

Amalia no dijo nada. Se paró a unos pasos de nosotros, nos miró, primero a él, luego a mí, y se le escapó una sonrisa templada, de las que saben cuándo usarse.

—Mamá —dijo Martín, y la voz le salió rara—. No te esperaba por aquí.

—Ya. —Amalia siguió andando y, al pasar junto a nosotros, me miró a mí, con aquellos ojos dulces—. Candy, hija, qué alegría verte y qué buena cara traes.

—Señora —dije, y me salió la voz de pito—. Yo... bueno...

—Anda, no te pongas colorada, que es un color que te sienta pero que te delata. —Siguió andando, y a los pocos pasos se giró—. ¿Por qué no venís a casa luego cuando Candy termine de trabajar y os tomáis algo allí? A las seis creo que es buena hora. Allí nos veremos.

Y siguió su paseo sin mirar atrás, con su paso sereno, dejándonos a los dos en mitad de la acera, rojos, mudos, con las manos enlazadas y una risa que no sabíamos si soltar o aguantar.

—¿Tu madre acaba de invitarme a tu casa a las seis? —dije.

—Parece que sí.

—¿Y eso es bueno?

—Mi madre no invita a nadie a las seis. Ni a mí. —Me apretó la mano—. Es bueno.

Y yo pensé, con la mano en la suya y la risa por dentro, que esto era lo que no se sabía.

Que una mujer como yo, del Cerro, con las uñas negras de tierra y un padre que se fue cuando tenía cinco años, podía estar en mitad de una calle de Simón Verde con la mano cogida a un Lombardo y su madre invitándome a su casa como si me conociera de toda la vida.

Que lo que no se sabía era lo más bonito: que estaba completamente enamorada y que no me daba miedo.

Bueno, casi.