Capítulo 21
La música de las once
El mensaje del banco de los geranios dio resultado: a la mañana siguiente, a las ocho en punto, Martín bajó al jardín con dos cafés de la máquina y una cara de no haber dormido demasiado, aunque tampoco de haber dormido mal.
—Has venido —dije, tontamente, porque estaba claro que había venido.
—Tú me citaste, Candelaria. —Se sentó a mi lado y me tendió el café, con esa manera suya de hacer las cosas despacio—, y cuando me citas, yo vengo.
—Eso espero —dije, y me puse colorada hasta las orejas.
Estuvimos un rato en el banco, con el café y los geranios de testigos, hablando de nada y de todo.
Me contó que había estado pensando en lo del parque, en lo de las tres de la mañana y en lo de intentarlo sin prisas.
Y yo, que no soy de las que se quedan calladas, me quedé callada, porque no sabía qué decir que no sonara a tonta.
—¿Sabes una cosa? —dijo de pronto, con el café en la mano—.
Mi madre no hace más que llamarme desde que volví de Madrid.
No para de preguntarme por el jardín botánico.
—Me miró, con esa sonrisa pequeña que se le escapaba cuando algo le hacía gracia—.
Y hoy me ha dicho que ha conocido a la jardinera. Que tiene nombre de flor.
Se me atragantó el café.
—¿Y qué le has dicho?
—Que tenía razón. —Se encogió de hombros—. Que tiene nombre de flor, sí, pero que pincha un poco.
—¿Pincho?
—Un poco. —Se rió, y se le marcaron las patas de gallo—. Pero merece la pena.
Se me encendieron las orejas otra vez, y él se dio cuenta, y se rió todavía más.
—Candy —dijo entonces, sacando el móvil—. Te voy a mandar una cosa. Cuando la escuches, me dices.
—¿Qué es?
—Una canción. —Me miró con esa seriedad suya de cuando hablaba de cosas importantes—. De Manuel Carrasco. Habla de Sevilla y del amor y de volver. —Se rió, un poco avergonzado—. Y no sé por qué, pero me ha sonado a ti.
Se me encendieron las orejas, y cuando se me encendían no podía decir nada que sonara mínimamente normal.
—Ya me dirás —dijo, levantándose—, pero no me la cuentes con prisa. Escúchala con calma, como se escuchan las cosas que importan.
Y se fue, dejándome con el café en la mano y un aviso de mensaje en el móvil.
***
Llegué a casa a las diez y media de la noche, con la abuela ya dormida y mi madre en la cocina, y me tumbé en la cama con la funda de Snoopy abrazada y los auriculares puestos. A las once en punto, el mensaje seguía ahí, esperando, y le di al play.
La canción hablaba de Sevilla. Hablaba de volver a casa, de un corazón que no se rinde, de un amor que llega cuando uno menos lo espera.
Y hablaba de una manera que me hizo pensar en Martín, en la noche del ático, en la terraza, en el banco de los geranios.
La escuché una vez, y otra y otra más, hasta que me la supe entera, la empecé a cantar en voz baja con la luz apagada, con la letra metida en la garganta.
Cuando llegó a la parte de volver, me quedé con los ojos cerrados y el móvil apretado contra el pecho, y pensé que aquella canción era como un mensaje que me habían mandado sin decírmelo.
Me la sabía de memoria en cuatro horas, cosa que nunca me había pasado con ninguna, ni con las de los sábados por la noche en la freiduría.
Mi madre asomó la cabeza por la puerta.
—Candelaria, ¿estás llorando?
—No estoy llorando, mamá.
—Pues tienes la cara mojada. —Se sentó en el borde de la cama—. ¿Qué escuchas?
—Una canción —dije—. De un cantante que habla de Sevilla y no sé por qué, pero me hace llorar.
Mi madre me miró, con esos ojos suyos que lo averiguan todo, y sonrió.
—Hija —dijo—, cuando una canción te hace llorar es que ya no tienes remedio. —Me pasó la mano por el pelo—, pero tampoco es tan malo, ¿no? Que llores por algo bonito es mejor que llorar por algo feo.
—Mamá...
—Nada, hija. Nada. —Se levantó—. Mañana, cuando lo veas, dile que la canción te ha gustado, que a los hombres como ese no se les ocurren estas cosas a lo tonto.
Y se fue, dejándome con la canción y con una verdad que no quería admitir: tenía una canción que me sabía de memoria y que me sonaba a él y no me importaba.
***
Al día siguiente, trabajé en el almacén ordenando los enseres de jardinería, con la canción en la cabeza y el corazón a mil por hora. No había visto a Martín en toda la mañana y entonces oí la música.
La misma canción. Sonando de su móvil, bajito, en la puerta del almacén.
Me giré. Martín estaba apoyado en el marco de la puerta, con el móvil en la mano y mirándome con la canción puesta para mí.
—Candy —dijo, y la voz se le rompió un poco—. No he podido esperar a que me dijeras nada. —Dio un paso hacia mí—. La escuché y pensé que si a mí me sonaba a ti, a ti tenía que sonarte también. No sé si me explico.
—Te explicas —dije, con la voz pequeña—. Me ha sonado a ti.
Se acercó. La canción seguía sonando, bajito, y yo sentía el corazón en la garganta, y la memoria de la noche del ático se me vino encima, con su calor y su manera de tocarme. Me cogió la cara con las dos manos, despacio, y me besó sin pedir permiso.
No fue un beso de "a ver qué pasa". Fue un beso apasionado, con la canción de fondo y las herramientas en el suelo y yo agarrándole la camisa con las dos manos.
Me besó como si llevara toda la vida esperando para besarme así, y yo le devolví el beso con la misma hambre, porque llevaba días queriendo hacerlo.
La mano de Martín se me deslizó por la cintura, tirando de mí hacia él, y yo me dejé llevar, con el corazón a cien, con la canción diciendo aquello de volver a casa.
Sentía su calor por encima de la ropa, y el olor a madera y cítricos de su colonia, y la manera que tenía de agarrarme, con fuerza y con cuidado a la vez.
El almacén, con su olor a tierra y a herramientas, se convirtió en el sitio más pequeño del mundo, solo para los dos, y pensé que no me importaba nada de lo que hubiera fuera.
Y entonces se oyó un silbido largo, burlón, de esos que se oyen en la feria.
Nos separamos de golpe, los dos rojos como tomates. Pepín estaba en la puerta del almacén, con el sombrero en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.
—Niña —dijo, con la voz llena de guasa—. Que el almacén es para guardar las herramientas, no para calentarlas. —Se ajustó el sombrero—. Pero me alegro, hija, me alegro, que llevabas tiempo necesitando un buen riego.
Se rió y se fue, silbando la misma canción, y Martín y yo nos quedamos en el almacén, los dos rojos, temblando, y la canción todavía sonando en su móvil.
Me besó otra vez, más despacio, como si quisiera que me la aprendiera de memoria. Cuando nos separamos, la canción ya se estaba acabando, y él se quedó mirándome un momento, con la mano todavía en mi nuca.
—Candy —dijo, y la voz le salió grave, seria—. Llevo toda la vida haciendo lo que se espera de mí. Y esto, lo de esta canción, todo lo que hemos vivido, es lo primero que hago porque sí, porque me sale. —Se rió, un poco avergonzado—, y no sé hacerlo bien, pero quiero aprender.
—Pues aprende conmigo —dije, y la voz me salió sin pensarla—. Que yo tampoco sé, pero llevo toda la mañana queriendo intentarlo.
Se le iluminó la cara, con esa sonrisa, y me dio un beso rápido en la frente, de los que no esperan nada a cambio.
—Entonces, ¿mañana en el banco? —dijo.
—Mañana en el banco.
Y se fue con su paso tranquilo, tarareando la canción, y yo me quedé en el almacén con el corazón a mil, oyendo cómo se alejaba la música, y pensé que por fin estaba aprendiendo a no tenerle miedo al amor, o al menos, a bailar con él.