Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

El jardín secreto

A la mañana siguiente, Martín me mandó un mensaje a las siete y media: «¿Has dormido?

». Le respondí que sí, que como un tronco, que era mentira, pero la mentira sonaba a verdad.

Y él me respondió: «Pues yo no. No he dejado de pensar en ti».

Me quedé mirando la pantalla un momento largo, con el corazón en la garganta y una sonrisa de boba que no se me iba ni queriendo.

Trabajé toda la mañana con las orejas calientes y la boca llena de una canción que no sabía de dónde me salía. Me tocaba el jardín botánico, mi sitio preferido de toda la urbanización, y hasta los pájaros parecían haberse puesto de acuerdo para que el día fuera bonito.

Pepín me encontró a media mañana podando los rosales, con la tijera en la mano y aquella sonrisa tonta.

—Niña —dijo, con las manos en los bolsillos y su paso lento—, que no es por meterme, pero llevas toda la mañana silbando. Yo no te he visto silbar nunca.

—No silbo, Pepín.

—Silbas, que te oigo yo desde fuera del invernadero. —Se sentó en el borde del banco y se quitó el sombrero—. Y conste que me alegro. Que llevabas una semana con cara de funeral y hoy pareces haberte bebido el sol.

—He dormido bien —dije.

—Anda ya. —Se rió—. Tú no duermes bien desde que conociste al del ático. Tú duermes mal, y encima feliz, que es lo peor que le puede pasar a una.

Se rió, y yo me reí con él, porque era verdad.

—Por cierto —dijo, poniéndose el sombrero—. Esta mañana ha venido una señora muy elegante preguntando por el jardín botánico. De esas que huelen a perfume caro y no a colonia barata. Yo le he dicho que esto lo cuidas tú. Me ha dado las gracias con una sonrisa de anuncio y se ha ido a pasear.

—¿Una señora? ¿Quién?

—No sé, hija. No la había visto nunca. —Se encogió de hombros—. Pero por cómo miraba los rosales, me ha parecido que sabía de jardines.

Se fue con su paso lento, y yo me quedé con la tijera en la mano pensando en la señora elegante. No le di más vueltas. Estaba demasiado ocupada sonriendo.

***

La vi un rato después, al fondo del jardín, de pie delante del rosal blanco, con las manos cruzadas a la espalda y con un vestido estampado impecable.

Era una mujer elegante, de esas que envejecen con dignidad, con el pelo castaño recogido en un moño bajo y un pañuelo al cuello.

No hacía nada,  solo miraba la flor, como quien mira algo que conoce.

Me acerqué, porque era mi jardín y porque la curiosidad pudo conmigo.

—¿Le gusta el rosal blanco, señora?

Se giró despacio y me sonrió con una sonrisa templada, de las que saben cuándo usarse.

—Mucho —dijo—. Es el que más me gusta de todos. Mi hijo me contó que hay una jardinera que lo riega como si fuera suyo.

Se me paró el corazón.

—¿Su hijo?

—Me llamo Amalia —dijo, y me tendió la mano—. Soy la madre de Martín.

Me quedé helada, con la tijera apretada contra el pecho y la boca abierta sin saber qué decir. La madre de Martín. Doña Amalia. La que, según él, era la única persona que le paraba los pies a su padre sin levantar la voz.

—Señora —dije, y la voz se me salió rara—, yo no sabía que... no me esperaba...

—Tranquila, hija —me cortó, con aquella sonrisa—, que no vengo a darte un cheque ni a ponerte verde.

—Se sentó en el banco, con la espalda recta, y me miró—.

Vengo porque mi hijo lleva semanas hablando de ti sin darse cuenta y como es de los que no dicen las cosas importantes en voz alta, he venido yo a ver quién es la jardinera que le tiene revuelto.

—No le tengo revuelto, señora.

—Hija. —Se rió bajito—. A mi hijo no lo he visto revuelto en treinta y dos años.

Y ahora se va a Madrid a ver a un cliente y vuelve con una cara de bobo que no se le quita ni en la oficina.

Eso es que está ... —Hizo una pausa y se le escapó otra risa pequeña—.

Y además, casi no me cuenta nada. Eso me lo dice todo.

Me senté a su lado, porque me temblaban las piernas. Tenía las manos llenas de tierra y me dio vergüenza, y entonces ella se fijó en ellas y dijo:

—¿Sabes? Yo siempre quise trabajar la tierra.

De niña, en el patio de mi casa, plantaba albahaca en unas latas de tomate.

—Se miró sus manos finas, de uñas perfectas, con la alianza de oro puesta—.

Luego me dijeron que una señora no se mancha las manos y mira, aquí sigo, con las manos limpias y sin haber plantado nada mío.

No entendí del todo, pero algo se me removió por dentro.

—¿Por qué me cuenta esto, señora?

—Porque tengo que contarte una cosa y no sé decírtela sin contarte antes la mía.

Se quitó el pañuelo del cuello, despacio, y se lo puso en el regazo, como quien se prepara.

—Yo también fui “la pobre” —dijo.

—¿Señora?

—Cuando me casé con Alberto no tenía nada.

Ni un duro. Él era el chico de la constructora, el que me prometió el mundo.

Me casé enamorada, como se casan las pobres con los ricos: pensando que el amor podía con todo.

—Me miró—, y el amor puede mucho, hija, pero no lo puede todo si no te dejan elegir nada.

—¿Qué quiere decir?

—Que él eligió la casa, los muebles, los amigos. Yo elegí lo único que me dejaron elegir: a mis hijos y aun así no me arrepiento. —Se tocó la alianza, despacio—. Pero he sido la mujer que no dijo "yo no quiero esto" ni una sola vez en cuarenta años. Y no quiero que a ti te pase lo mismo.

No sabía qué decir. Tenía la garganta hecha un nudo.

—Señora —dije—, yo no soy nadie para...

—Tú eres Candelaria —me cortó, con una dulzura que me desarmó—. La que no se calló cuando mi marido la humilló. La que dijo que no a un cheque que se lo calló para no poner a mi hijo contra su padre.

Se me heló la sangre.

—¿Cómo sabe usted...?

—Sé lo del sobre, hija. Mi marido no sabe que lo sé, pero lo sé.

—Se quedó un momento mirando el rosal—. Los que trabajan para Alberto hablan, y yo he aprendido a escuchar.

Te ofreció dinero para que desaparecieras, y tú no lo cogiste, y encima se lo callaste.

Eso, Candelaria, no lo hace todo el mundo.

Se me llenaron los ojos de lágrimas sin pedir permiso. Me las sequé con el dorso de la mano, la de la tierra, y no me dio vergüenza.

—No quería hacerle daño a Martín —dije.

—Por eso mismo te digo lo que te voy a decir. —Me cogió la mano, la de la tierra, sin asustarse de la suciedad, y me la apretó—. Antes, dime una cosa, Candelaria. ¿Quieres a mi hijo?

—Sí. —La voz se me salió pequeña, pero no tembló—. Sí, señora.

—Pues entonces, hija, lo demás es ruido. —Me soltó la mano y me miró—. Si tú lo quieres, lucha, que yo no pude elegir, pero tú sí.

Me quedé mirándola, con el corazón a mil y las palabras atragantadas.

—¿Y si no soy suficiente? —pregunté, con la voz pequeña—. ¿Y si al final su marido tiene razón y no soy de su mundo?

Amalia se puso el pañuelo, se alisó el vestido y se levantó.

—Hija, yo he visto a mi hijo mirar esa puerta todos los días esperando a que tú entres. Y yo he sido "la pobre" de este mundo cuarenta años. —Me miró desde arriba, con aquella sonrisa templada—. Si eso no es suficiente para un Lombardo, entonces el problema no es tuyo. Es del mundo.

Se dio la vuelta y se fue con su paso sereno, sin mirar atrás. Yo me quedé sentada en el banco, con las manos en el regazo y las palabras de Amalia dándome vueltas. La pobre. La que no dijo "yo no quiero esto". La que no eligió, y me di cuenta de que yo sí podía.

***

Me quedé un rato más en el jardín, hasta que el sol empezó a bajar y las sombras se alargaron sobre los rosales y me quedé pensando en lo que había pasado.

Guardé la tijera, apagué la luz del almacén y me puse en camino hacia la puerta de Simón Verde, y mientras andaba, saqué el móvil y escribí un mensaje sin borrarlo ni una vez:

«Mañana me toca a mí buscarte. ¿A las ocho, en el banco de los geranios?»

Los tres puntitos aparecieron al momento.

«¿Y esta noche?»

«Esta noche no, que estoy muy cansada, pero mañana si puedes, nos vemos en el banco de los geranios»

«Allí estaré.»

Me guardé el móvil con una sonrisa que no se me quitaba  y  pensé que sí, había elegido disfrutar del momento y darle la oportunidad de confiar en él.