Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

La respuesta

A las nueve y media de la noche estaba delante del armario con el corazón en la garganta y tres camisetas en la mano.

Cuatro días sin hablar con él y ahora iba a plantarme delante de Martín Lombardo en el parque de mi barrio, a las diez de la noche, sin saber ni qué ponerme ni qué decirle ni qué iba a pasar cuando me viera.

—¿A dónde vas con esa cara de susto, Candelaria? —dijo mi madre, apareciendo en la puerta de mi cuarto con el cubo de la fregona.

—A dar un paseo.

—¿Tú? ¿A las diez de la noche? —dejó el cubo, se cruzó de brazos y me miró con esos ojos suyos—. Tú no paseas ni a las tres de la tarde. Tú te sientas en el sofá con las series de crímenes y no te levantas ni a por agua. ¿Con quién has quedado?

—Con nadie.

—¿Es el del ático?

Se me encendieron las orejas de tal manera que se oyó el chispazo hasta en la cocina.

—Mamá...

—Hija, que no nací ayer. —Se acercó, me quitó la camiseta rosa de la mano y me puso delante la negra, la que mejor me sentaba—. Anda, ponte esa que el rosa, con esa cara de susto, te hace parecer un flamenco asustado.

La abuela asomó la cabeza por el pasillo, con la copita de la sobremesa en la mano.

—¿Es el pijo del ático? —preguntó—. Pues dile que tienes buen fondo, que lo digo yo, que he visto más amores que tú canicas.

—Es un amigo, abuela.

—¿Amigos? ¿a las diez de la noche? —y volvió a su tele con una risa pequeña que se le oyó por todo el pasillo.

Me puse la camiseta negra. Me miré en el espejo, respiré hondo y le di un beso a mi madre en la mejilla.

—No volveré tarde.

—Candelaria.

Me giré en la puerta.

—Pase lo que pase —dijo mi madre, con el cubo en la mano—, tú no le debes nada a nadie. Ni una explicación, ni una disculpa por ser quien eres. ¿Me oyes?

—Te oigo, mamá.

Y salí a la calle sintiéndome más valiente de lo que estaba.

***

El parque del Cerro a las diez de la noche es un sitio raro: ni de día ni de noche, con las farolas encendidas y los columpios vacíos. Me senté en el banco de siempre, el del cerezo, con las manos en el regazo, y esperé.

No esperé mucho.

Lo vi llegar desde el paseo, con las manos en los bolsillos y la camisa blanca sin planchar, como si tampoco él hubiera sabido qué ponerse. Se detuvo a unos pasos de mí, me miró, y ninguno de los dos dijo nada durante un momento que se me hizo eterno.

—Hola —dije yo, porque alguien tenía que empezar.

—Hola —dijo él, y la voz se le rompió a mitad de camino—. No sabes el miedo que me daba que no vinieras.

—Yo tampoco sabía si iba a venir —dije—. Hasta hace dos horas no lo sabía y hasta hace dos minutos no sabía si iba a ser capaz de decirte lo que tengo que decirte.

—¿Y qué tienes que decirme?

—No lo sé. —Me reí, pero fue una risa rara—. Llevo cuatro días ensayando el discurso y se me ha olvidado entero en el camino.

Martín se sentó en el banco, dejando entre los dos un espacio que ninguno sabía cómo salvar. Se quedó mirando el cerezo un momento y entonces dijo:

—Te fuiste sin despedirte, con la manguera goteando y cara de funeral, y luego me escribiste "Estoy bien.

Hablamos luego", que es lo más parecido a un portazo que he recibido en mi vida.

No sabía si estabas enfadada conmigo, o triste, o si te había pasado algo, y me comí la cabeza hasta que no pude más.

—Lo siento —dije—. Lo de la manguera, lo del mensaje, lo de la enfermedad venérea, todo. No debí decir lo que dije.

—¿Y qué pasó de verdad? —me preguntó, mirándome por fin—. Porque no me lo creí entonces y no me lo creo ahora. No cuela, Candy.

El sobre me subió a la garganta, los veinte mil euros, y todo lo que me dijo. Vi la cara de su padre delante de mis ojos, abrí la boca y estuve a punto, de verdad a punto, de contárselo.

—Tuve un día de esos —dije—. De los que te dan ganas de no levantarte.

Y mentí otra vez. La tercera, con la segunda sin perdonar.

Le había prometido que si algo me pasaba se lo contaría, y ahí estaba, mintiéndole delante del cerezo, tragándome las palabras de Alberto Lombardo una vez más.

Decirle que su padre me había querido comprar era abrir una puerta que no sabía cómo se cerraba. Así que la dejé cerrada.

Martín respiró hondo.

—Vale —dijo—. No me lo cuentes hoy. Pero no me vuelvas a mandar otro "Estoy bien" con esa cara, porque se me parte el alma.

—No te lo voy a mandar más —dije.

Y esta vez lo decía en serio.

Nos levantamos del banco y empezamos a andar sin rumbo, rodeando el parque en círculos, como dos que no saben despedirse.

Pasaron las horas. No sé cuántas. Hablamos de la serie que le había recomendado, de los geranios que había dejado sin regar (se supo los nombres de todos y me los dijo con una solemnidad que me desarmó), de cómo su padre le había puesto el gimnasio en el ático para que los nervios se le notaran menos.

Nos reímos. Por primera vez en cuatro días, de verdad.

A las tantas, un señor mayor con un perro se nos quedó mirando desde el paseo con las manos cruzadas a la espalda, hasta que el perro tiró de la correa y el señor, sin dejar de mirarnos, le dijo:

—Anda, Rambo. Que estos dos van a necesitar el banco entero.

Y siguió andando con su paso lento. Martín y yo nos miramos y nos entró la risa, una risa tonta, de las que salen cuando el cuerpo ya no sabe si está cansado o contento.

En la esquina del parque, un coche oscuro estaba parado con las luces apagadas. Cuando pasamos, arrancó y se fue calle abajo. Me quedé mirándolo un momento, con el aviso de Rafa en la cabeza. Martín no lo había visto o había hecho como que no lo veía.

—Candy.

—¿Mmm?

—Nada. —Se le escapó una sonrisa pequeña—. Solo quería decir tu nombre para asegurarme de que sigues aquí.

Nos quedamos parados delante del cerezo, con las farolas de la mitad del parque apagadas y el cielo negro por encima de los bloques cuando se me rompió algo por dentro.

—Martín —dije, y la voz se me salió sin permiso—. Tengo miedo de enamorarme de ti.

Se quedó quieto.

—¿Miedo?

—Sí. Miedo de enamorarme y de que te canses. Miedo de quererte como no he querido a nadie y de que un día te des cuenta de que tu padre tiene razón, de que no somos del mismo mundo, y te vayas. Miedo de quedarme aquí, a las tres de la mañana, queriéndote un montón y sin saber qué hacer con eso.

Se me cayeron las lágrimas sin pedir permiso. Martín se acercó, me cogió la cara con las dos manos, con ese cuidado que tenía con las cosas que de verdad importaban, y me dijo:

—Pues no lo hagas, Candy.

—¿Qué?

—No lo hagas. No tengas miedo. —Me miró, con esa seriedad suya de cuando hablaba de cosas importantes—.

Porque yo también lo tengo, y llevo cuatro días sin dormir por eso, no por otra cosa.

Tú me importas, Candy, más de lo que me he atrevido a decirme a mí mismo y no sé cómo se arregla esto de tener miedo y querer que estés a mi lado a la vez, pero quiero intentarlo y sí, aún no nos hemos acostado porque te respeto y quiero que sea especial.

Se me escapó un sollozo.

—¿Y qué hacemos? —pregunté, con la voz rota.

Sólo con pensar en la noche que pasamos en el ático mi respiración se aceleraba.

—Intentarlo sin prisas —dijo Martín, sin soltarme la cara—. A nuestro ritmo, sin tu miedo ni el mío metiéndose de por medio.

Y entonces se inclinó y me besó.

No fue un beso de película. Fue un beso lento, de los que se toman su tiempo, con la mano de Martín en mi nuca y la mía agarrándole la camisa sin planchar, y cuando nos separamos los dos estábamos temblando.

Me pasó el pulgar por la mejilla, secándome las lágrimas, y me miró como si yo fuera la única mujer en el mundo.

—Tengo frío —dije, sin pensar.

—Pues anda —dijo él, abriéndose la chaqueta—. Ven aquí.

Y me metí dentro de su chaqueta, con la cabeza apoyada en su pecho, oyéndole el corazón a toda máquina, y pensé que a lo mejor el miedo se podía regar con cariño hasta que se secara.

***

Martín me acompañó a casa, ya pasaban de las tres y el barrio estaba en silencio, oliendo a jazmín de los patios. Nos paramos en la puerta y él me cogió la mano, con esa manera suya de hacerlo, despacio, como si no quisiera asustarla.

—¿Mañana te veo? —preguntó.

—Mañana te veo.

Me quedé en la puerta mirándolo irse hasta que desapareció por la esquina.

Al entrar, me vibró el móvil. Era Rocío: «¿Y QUÉ? NO ME DEJES COLGADA». Le contesté con un corazón y un «Mañana te cuento», y me acordé de la cara que se le puso la otra noche cuando miró el Instagram de Martín. Se me quedó una piedrecita en el zapato.

Pero había olido a jazmín y Martín me había dicho que me importaba. Lo de la piedrecita, eso ya lo pensaría más tarde.