Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Las redes del amor

Me desperté a las dos y media de la madrugada con el corazón a cien por hora y la cabeza en el hombro de Rocío, que roncaba bajito con la pintura del labio corrida. El móvil seguía entre las dos, boca abajo, como un testigo que se negaba a declarar.

La desperté porque me dolía la cervical y porque, de todas maneras, no iba a pegar ojo con lo que tenía pendiente dando vueltas en la cabeza.

—Roci.

—¿Qué? ¿Qué? —Se incorporó de golpe y me miró con los ojos como platos—. ¿Lo has mandado?

—No.

—Pues entonces espabílate, que no me he quedado a dormir en este sofá para ver el telediario. —Estiró la mano—. Me das el móvil. Se lo escribo yo, Candelaria, que llevamos tres horas de película y si sigues borrando mensajes nos vamos a quedar sin pulgares.

Se lo di. Me dio vergüenza, pero se lo di, porque el miedo me tenía las manos ocupadas en no comerme las uñas y porque Rocío, cuando se ponía así, era capaz de cualquier cosa.

Abrió el chat con Martín. Se quedó un momento mirando mi último mensaje, el "Estoy bien. Hablamos luego", y puso los ojos en blanco.

—Qué mensaje más seco, hija. Ni que hubieras roto con la compañía del agua.

Se puso a teclear con la lengua fuera, como siempre que escribía algo que ella creía importante, y de pronto se detuvo.

—Espera. Antes de mandarlo quiero ver si ese tío está en línea. No vaya a ser que le llegue el mensaje y se esté dando la gran vida con los amiguetes del gimnasio.

Y sin pedir permiso se salió del chat y abrió Instagram.

Yo no la dejé. Que quede claro. La dejé, porque en mi defensa diré que llevaba tres días sin dormir del todo y que había perdido la capacidad de protestar con algo más que un «Roci...» pequeñito que no le llegó ni a la suela de las zapatillas.

—A ver, a ver —dijo, tecleando su nombre—. Martín Lombardo Castillo. ¿Tú lo sigues? ¿Lo tienes en tu perfil?

—No sé ni si tiene Instagram, Roci. Lo conozco de la vida real, no de las redes. Aquí la única que publica fotos de comidas soy yo.

—Pues entonces vamos a verlo. Un momento, que esto es por tu bien.

Y yo pensé: Dios mío, que lo encuentre, que no tenga nada, que no tenga nada, que no tenga nada.

Pero sí tenía.

Vi cómo se le apagaba la cara. Fue así, de golpe, sin avisar, como cuando se va la luz en todo un barrio. Dejó de moverse, se quedó mirando la pantalla con el dedo quieto, y se le fue todo el color de la cara.

—Roci —dije—. ¿Qué pasa?

—Nada. —Cerró Instagram de un golpe y volvió al chat—. Nada. Que este tío no publica nada, es un tostón, ni una foto de un perro ni ná. Estaba mirando... no sé... las historias del gimnasio. —Respiró hondo y me enseñó la pantalla—. Mira. Ya te he escrito el mensaje.

En el chat, sin enviar, había una línea escrita:

«Oye, tenemos que hablar.»

—Ahí lo tienes. Corto, limpio y con las pelotas puestas. ¿Lo mando?

—¿Y si no contesta?

—Si no contesta, él se lo pierde.

—Y entonces hizo algo raro: dejó el móvil en la mesita, se levantó y se estiró la camiseta—. Anda, que me voy, que es tardísimo y mañana me toca abrir la tienda.

Me quedé mirándola.

—¿Te vas? ¿Ahora? ¿Con el mensaje sin mandar?

—Mañana lo mandas tú. —Se puso las zapatillas sin mirarme—.

Es tu historia, Candy, y tu orgullo. Si lo mando yo, parecerá que no lo tienes tú, y sí lo tienes, y bien grande, que para eso te he tenido tres horas escribiendo y borrando.

—Se rió, pero no fue su risa de verdad—.

Anda, duérmete y mañana, de vuelta a casa, se lo mandas. ¿Vale?

No dijo "se lo mandas o se lo mando yo". No dijo nada de eso. Me dio dos besos, se fue, y me dejó en el sofá con el móvil en la mesita, el mensaje sin enviar y un gusanillo que me decía que algo no encajaba.

Rocío era mi mejor amiga desde los doce años. La conocía más que a mis propias uñas y cuando no pasa nada, no se va a las tres de la madrugada con la frase a medias.

***

Al día siguiente trabajé como si me fuera la vida en ello. Regué, podé y barrí las hojas del camino de los rosales con más furia de la que exigían las hojas, y cada diez minutos sacaba el móvil del bolsillo del peto y miraba la pantalla.

Nada.

Ni un mensaje de Martín. El chat seguía con mi "Estoy bien. Hablamos luego" y el borrador de Rocío, parado, esperando.

Pepín me encontró a mediodía en el banco de los geranios, con el móvil en la mano, mirando la pantalla como si pudiera sacarle la respuesta con los ojos.

—Niña —dijo, sentándose a mi lado con su paso lento—. ¿Tú sabes lo que les pasa a los que se pasan el día mirando la pantalla? Que se les cae la vista y luego no ven ni los geraniosada, que es lo que de verdad importa.

—No estoy mirando la pantalla, Pepín. Estoy pensando.

—Pensando. —Se quitó el sombrero, se lo puso en la rodilla y se quedó mirando el ático—.

El pensamiento, cuando se queda dentro demasiado tiempo, se pudre.

Como el agua de los tiestos. —Hizo una pausa—, y ya que estamos, una cosa te voy a decir, que soy un hombre que no se mete en nada y ya me estoy metiendo de más.

Esta mañana tempranito he visto al joven del ático salir con una maleta.

Me lo ha contado Matías también, que lo ha visto desde recepción.Se ha ido sin mirar el jardín ni una sola vez, como si ya no le quedara nada que mirar.

Se me cayó el mundo a los pies.

Martín se había ido con una maleta y yo me había pasado cuatro días sin escribirle, borrando mensajes, haciendo como que no pasaba nada, y él se había cansado.

—¿Y cuándo vuelve? —pregunté, con la voz pequeña.

—Eso no lo sé, hija. Eso no me lo ha contado Matías.

Pepín se levantó y se fue con su paso lento, dejándome con el móvil en la mano y la certeza de que se me había acabado el tiempo de descuento.

Trabajé el resto del día ¡ y por la tarde, cuando terminé de guardar las herramientas, apagué la luz del almacén y me puse en camino hacia la puerta de Simón Verde. Saqué el móvil y abrí el chat.

El borrador de Rocío seguía ahí:

«Oye, tenemos que hablar.»

Lo miré un momento largo. Luego lo borré y lo escribí yo, con mis dedos, temblando:

«Oye, tenemos que hablar.»

Respiré hondo. Cerré los ojos y antes de poder cambiar de opinión, le di a enviar.

Sentí el corazón en la garganta. Me quedé parada en medio de la calle, con el móvil apretado entre las dos manos. El mensaje voló, se quedó en "enviado", y en la pantalla aparecieron los tres puntitos.

Los tres puntitos.

Estaba escribiendo. Martín estaba escribiendo.

—Anda, anda, anda... —murmuré, sin respiración.

Apareció la respuesta, rápida, seca, como si llevara cuatro días esperando a que se me ocurriera mandarla:

«Dime dónde y cuándo.»

Me quedé mirando esas cinco palabras hasta que me temblaron los ojos y, sin pensar, escribí:

«¿Pero no te habías ido? Pepín me ha dicho que has salido con una maleta.»

Esperé. Los tres puntitos volvieron a aparecer, tardaron, bailaron, y al final llegó:

«Tenía que ver a un cliente en en Madrid»

Se me escapó un sollozo. Y luego una risa, y me quedé a mitad de las dos, en medio de la calle, con la gente pasando y yo sin ver a nadie.

«El parque del Cerro, el que está junto a mi casa. Esta noche. ¿A las diez?»

«Allí estaré.»

Me quedé mirando la pantalla. "Allí estaré." Dos palabras que me pesaban en las manos como si me hubieran dado un ramo entero, pero, antes de guardar el móvil, le escribí una última cosa, con el corazón en la boca:

«Te he echado de menos»

Los tres puntitos tardaron en salir. Bailaron, pararon, y luego apareció su respuesta, la última de la noche:

«Yo también.»

Me reí y lloré, las dos cosas a la vez, en mitad de la calle, con la gente del barrio mirándome como si me hubiera vuelto loca, y me dio igual, porque por primera vez en cuatro días me acordé de cómo se respiraba. No parecía que estuviera todo perdido.

Al llegar a casa, mi madre me preguntó por qué tenía esa cara de boba, y yo le dije que era el calor.

Me tumbé en la cama con la funda de Snoopy abrazada y el móvil pegado al pecho, releyendo "Allí estaré" una y otra vez, hasta que me quedé dormida. Lo de la cara rara de Rocío, eso ya lo pensaría más tarde.