Capítulo 17
El miedo en la noche
Tres días sin hablar con Martín. Tres días y una culpa que me pesaba más que todos los tiestos de Simón Verde juntos.
Porque yo no me había ido de esa terraza con la cabeza alta, no.
Me había ido con la boca llena de palabras que no pensaba, de esas que se dicen en caliente y luego te las comes frías, una a una, durante días.
Lo de la enfermedad venérea no me lo perdonaba.
Lo había soltado para hacerle daño, para que se quedara tan descolocado que no pudiera responderme, y lo había conseguido.
Se me había quedado mirando como si le hubiera pegado, y luego se había ido, con la espalda recta, y yo me había quedado con la manguera goteando y con la certeza de que había cruzado una línea de la que no sabía volver.
Y ahora, tres días después, trabajaba como una autómata, regando los mismos rosales, podando lo ya podado, sin mirar hacia el ático ni una sola vez, porque si miraba hacia el ático, me acordaba de cómo se había ido, y me venía un nudo que no se me pasaba.
Pepín llevaba toda la mañana rondándome. No decía nada, el muy zorro, pero rondaba. Me pasaba por delante con la carretilla, se agachaba a mirar una hoja que no tenía nada que mirar, silbaba sin música, hasta que ya no pudo más y se plantó delante de mí, con las manos en las caderas.
—Niña, ¿tú sabes las veces que he visto llorar a un geranio? —me preguntó.
—Los geranios no lloran, Pepín.
—Pues el tuyo, el que tienes ahí entre las manos, lleva tres días goteando. Y no es agua.
Me miré las manos. Estaba apretando la manguera sin darme cuenta, y el agua caía al suelo, formando un charco a mis pies. Y entonces me di cuenta de que tenía la cara mojada, y no era del agua de la manguera.
—Anoche lo vi —dijo Pepín, en voz baja, sin mirarme, como quien cuenta un secreto—. A las tantas, cuando ya no había nadie, estaba sentado en el banco de los geranios. A oscuras. Con un cigarro en la mano que no se fumaba. Mirando al suelo, como quien ha perdido algo y no sabe ni dónde buscarlo.
El corazón me dio un vuelco. Martín. En el banco de los geranios a oscuras.
—¿Y qué hacía? —pregunté, con la voz rara.
—Nada, hija. Eso es lo peor. No hacía nada.
Estaba allí, sentado, con el cigarro apagándosele entre los dedos, como si no tuviera otro sitio donde estar.
—Pepín se ajustó el sombrero—. Y yo, que soy un hombre que no se mete en nada, me he metido.
Porque lo que tenga que ser, será. Pero lo que no tenga que ser, por mucho que los dos lo reguéis, no va a salir ni con abono.
Se me escapó un sollozo. Y luego otro, y me puse a llorar entre los tiestos, con las manos llenas de tierra y el corazón hecho un campo de batalla, y Pepín no dijo “no llores”, porque Pepín no era de esos.
Se quedó a mi lado, con las manos en los bolsillos, mirando al frente, y me dejó llorar hasta que se me acabó el agua.
—¿Y qué hago? —pregunté, al final, con la voz rota.
—Qué vas a hacer. —Se encogió de hombros—. El agua, aquí, se llama palabra. Y la palabra, cuando se calla demasiado, se pudre. Así que ya sabes: o la riegas, o la dejas pudrir. Tú eliges, niña.
Se alejó hacia el almacén con su paso lento, y yo me quedé entre los tiestos, sabiendo que tenía razón. Pero saber que alguien tiene razón no te da valor para hacer lo que dice.
***
A mediodía, cuando estaba guardando las herramientas, oí unos pasos que no eran de Pepín. Pasos de bota que me eran conocidos.
Rafa apareció en la puerta del almacén, con la gorra en la mano y esa cara suya de militar que no sabe decir las cosas bonitas pero las dice igualmente.
—Me han dicho que llevas tres días hecha polvo —dijo, sin preámbulos—. Y como el que manda en seguridad soy yo, he venido a verlo con mis propios ojos.
—Estoy bien, Rafa.
—Mientes. —Se quedó en la puerta, sin entrar—. No me mires así, que te conozco. Tú no eres de las que se esconden. Eso no es de ti.
No dije nada. Porque llevaba tres días haciendo justo eso: escondiéndome.
—Escúchame, Candy —dijo, y la voz se le puso seria—.
Yo no soy de los que se meten en la vida de los demás.
Pero hay una cosa que tienes que saber, porque es mi trabajo y porque tú me importas.
—Hizo una pausa—. Ayer por la tarde, el señor Lombardo me llamó a su despacho.
Me preguntó por ti. Por tus horarios, por con quién hablas y si subes al ático de su hijo.
Me pidió que le avisara si te veía con su hijo otra vez.
Se me heló la sangre.
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que yo no soy un espía. —Rafa me miró, con esos ojos azules que se suavizaban—. Y que si quería saber algo de ti, que te lo preguntara a ti. No me volvió a llamar.
—Rafa...
—No me des las gracias. —Levantó la mano—. Solo quería que lo supieras. Ese hombre te está vigilando, Candy. Y tú, con la que está cayendo, no te lo puedes permitir.
Me quedé mirándolo. Aquello era nuevo. Alberto Lombardo no me había comprado, así que ahora me vigilaba y eso, de alguna manera, daba más miedo que el sobre.
—¿Y Martín? —pregunté, sin querer.
Rafa respiró hondo. Se quedó un momento callado, como sopesando algo, y luego dijo:
—Martín lleva dos noches sin dormir en el ático. —Me miró—. Lo sé porque esta semana hago la ronda de noche y llevo dos noches viendo la luz de su terraza encendida a las tres de la madrugada, con él sentado en la barandilla, mirando al jardín. Como si esperara a alguien que no llega.
El corazón me dio otro vuelco, más fuerte que el primero.
—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunté, con la voz pequeña—. Después de lo que pasó me dijiste...
—Porque soy un tonto. —Se encogió de hombros—, y porque los tontos, a veces, sabemos ver lo que los listos se empeñan en no ver.
Tú quieres a ese tío, Candy, y ese tío, que yo sepa, no ha hecho nada para que lo estés castigando.
—Hizo una pausa—. Y si algún día te hace daño de verdad, me lo dices, y entonces sí, me pongo el uniforme de malo, pero hasta entonces... no seas más tonta que yo.
Se giró y se fue, con sus pasos firmes, y yo me quedé en el almacén, con la podadora en la mano y una verdad nueva dándome vueltas: Martín no dormía. Martín miraba al jardín desde su terraza y, a lo mejor, tenía tanto miedo como yo.
***
Esa noche, Rocío llegó a mi puerta con una bolsa de croquetas de la freiduría y dos cervezas, con esa cara suya de investigadora que no se rinde hasta que le sacas la verdad.
—Tu madre me ha dicho que llevas tres días de funeral —dijo, entrando sin que la invitara—, y que hoy has llorado entre los tiestos. Lo de los tiestos me ha dado una pena, oye, de las gordas. Anda, cuéntame. Y no te ahorres detalles, que he venido con las defensas altas.
Se lo conté. No todo. No lo del sobre. Eso me lo tragué, como siempre, con un nudo en la garganta, pero le conté lo de la pelea en la terraza, lo de las palabras que había dicho, lo de la enfermedad venérea (Rocío se atragantó con una croqueta), lo de los tres días sin hablarle, lo de la revelación de Pepín y de lo que me había contado Rafa.
Cuando terminé, Rocío se quedó un momento callada, masticando despacio, con esa paciencia suya que solo sacaba cuando la cosa iba en serio.
—Candy, hija de mi vida, te voy a hacer una pregunta, y quiero que me la respondas sin pensar. ¿Qué te da más miedo, de que ese tío te rompa el corazón o de que te lo llene?
Me quedé helada.
—Porque mira, yo veo una cosa —continuó, señalándome con una croqueta—.
Tú no estás harta de ese tío. Estás harta de ti.
Temes de que te quiera de verdad y no saber qué hacer con eso, y en vez de arriesgarte y disfrutar del momento, prefieres montar la pelea tú sola, soltar barbaridades de enfermedades venéreas, y quedarte en tu rinconcito llorando entre los tiestos.
Que conste que lo de los tiestos me lo ha contado tu madre con pelos y señales.
Se rió, y yo me reí también, una risa pequeña, de las que salen cuando no te queda otra.
—¿Y qué hago? —pregunté.
—¿Qué vas a hacer? Escribirle, mujer. —Se acabó las croquetas de un puñado—. Tres días sin hablarle, y ni uno de los dos se ha movido. Pues uno tiene que moverse, y como ese tío es de los que esperan sentado, te toca a ti.
—¿Y si me responde que no quiere verme?
—¿Y si te responde que lleva dos noches sin dormir mirando tu jardín desde la barandilla? —me cortó—. Anda. Cógelo. Escríbele.
Y me puse a escribir.
Cogí el móvil. Abrí el chat con Martín. El último mensaje era mío: “Estoy bien. Hablamos luego” y me quedé mirando la pantalla, con el corazón en la garganta, y empecé a escribir.
El primer intento: «Hola, ¿qué tal estás?» Sonaba a mensaje de la compañía del agua. Lo borré.
El segundo: «Siento lo del otro día.» No sabía ni de qué me disculpaba. Lo borré.
El tercero: «No sé ni por dónde empezar.» Sonaba a discurso de fin de curso. Lo borré.
El cuarto: «Necesito verte.» Demasiado directo. Lo borré.
El quinto: «Perdona lo de la enfermedad venérea, no lo decía en serio.» Me dio tanta vergüenza que borré el mensaje y la vergüenza entera.
El sexto: «Me da miedo perderte y por eso hice lo que hice.» Me quedé mirándolo. Ese era el de verdad, pero me dio tanto miedo mandarlo que lo borré también, con el dedo temblando.
Rocío, que había estado mirando el móvil por encima de mi hombro con disimulo, me lo quitó de las manos.
—Seis —dijo—. Has borrado seis. Yo, con mi Manuel, no he borrado ninguno en ocho años, y mira que nos hemos peleado hasta por la plancha.
—Me devolvió el móvil—. A la séptima va la vencida, Candelaria y si no te sale, lo escribo yo, que para algo soy tu mejor amiga y no le tengo miedo a tu orgullo ni al de ese tío.
Respiré hondo. Miré la pantalla. Y escribí el séptimo:
«Martín, no sé qué me pasa. Solo sé que llevo tres días sin dormir y que no quiero pasar ni un día más sin ti. Cuando puedas, llámame.»
Me quedé mirándolo. El corazón se me iba a salir del pecho y con el dedo sobre el botón de enviar, temblando, me quedé a medio camino y no pude. Lo borré también. Dejé el móvil boca abajo sobre la mesa, con el corazón hecho un puño.
—Siete —dijo Rocío, en voz baja—. Siete veces.
Asentí.
Rocío se quedó un momento callada, mirando el móvil boca abajo y entonces dijo:
—Vale. Se acabó, o mañana se lo escribes tú o se lo escribo yo aunque tenga que cogerte el móvil y mandárselo yo misma. Elige, Candy, porque yo no voy a dejar que pierdas a ese tío por miedo. No después de lo que me has contado.
Me quedé mirando el móvil boca abajo, con el olor a croquetas y a cerveza llenando el salón. No había mandado nada. Siete veces lo había intentado, y siete veces me había vencido el miedo, pero Rocío me conocía y no iba a dejar que el miedo me ganara.
Me quedé en el sofá, con la mano sobre el móvil, sin soltarlo, mientras Rocío ponía la tele y se servía otra cerveza y pensé que no me venía mal que alguien me empujara.
Aunque no quisiera, pensaba en Martín y en lo que debía de estar pasando por su cabeza en ese mismo momento.