Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Lo que no se dice

Martín me esperaba al día siguiente en el banco de los geranios con dos cafés de la máquina y una cara que no era de quien viene a tomar el sol.

Me acerqué con el rastrillo en la mano, como si fuera un escudo, y él se levantó en cuanto me vio. Llevaba la camisa blanca arrugada, como si hubiera dormido mal, y las llaves del Mercedes dándole vueltas en la mano.

—Candy —dijo, sin saludar siquiera—. Ayer te fuiste corriendo. Me dejaste con la palabra en la boca y luego me mandaste un mensaje raro. No me ha gustado nada.

—Estoy bien —dije, con el rastrillo apretado contra el pecho—. Ya te lo dije.

—No me mientas. —Dio un paso hacia mí, y el café le tembló en la mano—.

Te conozco, Candy. Te conozco desde hace semanas, sé cómo te ríes, sé cómo te muerdes el labio cuando estás nerviosa y sé cómo es tu cara cuando estás bien, y ayer, en la puerta, estabas pálida como la cera. No estás bien. ¿Qué pasó?

—Fue un mal día —dije—. Me sentó mal la comida, no dormí bien, tuve una discusión con mi madre por teléfono. Cosas de la vida, Martín. No todo tiene que ver contigo.

—No te creo.

Me miró fijamente, con esos ojos suyos que lo veían todo, y yo sentí que se me caía la mentira a los pies hecha pedazos. Pero no dije nada. Me quedé callada, con el rastrillo entre los dos.

—Candy —dijo, bajando la voz—. Si te ha pasado algo con mi padre, quiero saberlo.

Se me heló la sangre.

—¿Con tu padre? —Me reí, pero fue una risa falsa, de las que se me atragantan—. ¿Qué iba a pasarme con tu padre? Apenas me dirige la palabra, y cuando lo hace es para llamarme barrendera. No tengo nada que ver con tu padre.

—No me mientas —repitió, y esta vez la voz se le quebró—. Por favor, dime qué te pasa. Sea lo que sea, lo arreglaremos juntos.

Lo miré. Estaba ahí, delante de mí, con el café en la mano, pidiéndome que le contara la verdad, y yo en realidad, quería contársela.

Quería decirle: tu padre me ha ofrecido veinte mil euros para que desaparezca, y no los he cogido porque te quiero, pero ya ves, ni siquiera te quiero libre, te quiero a ti, que eres su hijo, y eso es un lío que no sé cómo se arregla.

Pero no dije nada porque si se lo decía, él iría a por su padre, y se armaría un escándalo, y yo sería la jardinera que habría puesto a su hijo contra su padre, la que se lo había contado para que se pusiera de su lado, la que había metido las narices donde no la llamaban, y no quería eso.

No quería ser la que podría romper la familia, aunque esa familia fuera de traje gris y miradas de arriba abajo.

—No es nada de tu padre —dije—. Te lo juro. Solo he tenido un mal día. Todos tenemos malos días, ¿no?

—Candy...

—Martín. —Lo miré, y puse en la voz toda la firmeza que pude—. Te prometo que no me ha pasado nada malo. Te prometo que estoy bien. ¿Me crees?

Se quedó mirándome un momento largo. Luego respiró hondo y dejó caer los hombros, como si le hubieran quitado un peso de encima, aunque yo sabía que no se lo había quitado. Solo lo había disimulado.

—Vale —dijo—. Te creo. Pero si algún día no estás bien, y no me lo cuentas, me lo tomaré como una traición.

Me quedé helada. No por lo que había dicho, sino por cómo lo había dicho. Con esa seriedad suya de cuando habla de cosas importantes, con los ojos clavados en los míos, como si acabara de firmar un contrato.

—Prométemelo —dijo—. Prométeme que si algo te pasa, me lo vas a contar.

—Te lo prometo —dije.

Y mentí otra vez. La segunda mentira de nuestra historia, aunque él no lo sabía.

***

Pasó la semana y Martín no me lo volvió a preguntar.

Yo fui a trabajar, él bajaba a verme a media mañana, nos tomábamos el café en el banco de los geranios y hablábamos de todo menos de lo importante.

Hablábamos de las plantas, de las flores, de sus negocios, de una serie que yo le había recomendado.

Risa, complicidad y miradas. Todo era tan bonito que dolía, porque debajo de todo estaba lo que no se decía, agazapado, esperando.

Pero las palabras no se quedan calladas para siempre, y la mía salió el sábado, sin avisar, en el peor sitio posible.

Estábamos en la terraza de su ático. Había puesto unas macetas nuevas que yo había elegido, y él me las estaba enseñando desde la barandilla, con esa sonrisa suya de niño que se me desarmaba. Yo estaba regando los geranios, con la manguera en la mano, cuando dijo, sin darle importancia:

—Mi padre se va a Madrid la semana que viene. Podríamos aprovechar para hacer algo los dos. ¿Qué te apetece?

Y yo, que llevaba toda la semana tragándome el eco de las palabras de Alberto Lombardo, dije:

—Tu padre.

Se hizo el silencio. El agua siguió cayendo sobre los geranios, pero dejé de verla.

—¿Qué pasa con mi padre? —preguntó Martín, con la voz cambiada.

—Nada. —Cerré la llave de la manguera—. Solo que es tu padre y tú eres su hijo. Yo soy la jardinera de su urbanización y eso, tarde o temprano, se acaba.

—¿Qué se acaba? —Se acercó un paso—. ¿De qué estás hablando?

—De nosotros —dije, y la voz se me rompió sin querer—.

De esto. ¿acaso tu notas que tengamos una relación normal?

¿Qué somos? A veces vengo, riego, arreglo la terraza y nos liamos, pero…

¿Por qué no hemos hecho el amor aún? ¿Crees que tengo alguna enfermedad venérea?

Tú y yo no somos del mismo mundo, Martín.

Tu padre tiene razón. No somos del mismo mundo.

Se quedó mirándome como si le hubiera pegado.

—¿Qué ha dicho mi padre? —dijo, y la voz le salió baja, ronca, peligrosa—. Candy. ¿Qué te ha dicho mi padre?

—Nada. Nadie me ha dicho nada. —Me quité el sombrero y me lo apreté contra el pecho, como si fuera un escudo—. Solo que yo veo lo que veo. Veo la terraza, veo el ático, veo las macetas que cuestan más que mi sueldo de un mes y a ti y a mi... que esto no puede acabar bien.

—¿No puede acabar bien? —repitió, como si no entendiera las palabras—. Candy, nosotros estamos bien. Estábamos bien. Ayer mismo te reías conmigo en el banco. ¿Y ahora me dices que no podemos acabar bien?

—Porque ayer no había pensado en ello —dije—,y hoy sí.

—¿Y quién te ha hecho pensar en ello? —Me agarró del brazo, con cuidado, pero me agarró—. ¿Mi padre? Dímelo. Dime si mi padre te ha dicho algo y yo...

—¡Tu padre no me ha dicho nada! —le corté, y la voz se me escapó más alta de lo que quería—. ¿Entiendes? Nada. Esto es cosa mía. Mía. Yo soy la que no puede. Yo soy la que no se atreve. Tu padre no tiene nada que ver. ¿Me oyes? Nada.

Se quedó callado. Me soltó el brazo y dio un paso atrás, y en sus ojos vi algo que no le había visto nunca: decepción, que era peor.

—Vale —dijo, y la voz se le apagó—. Si es cosa tuya, no puedo hacer nada. Yo no puedo luchar contra una decisión que no entiendo.

Se giró y se fue hacia la puerta del ático. Yo me quedé con la manguera en la mano, el corazón roto y las palabras de Alberto Lombardo atragantadas en la garganta, y no dije nada. No pude decir nada. Porque lo que quería decirle era la verdad, y la verdad lo habría roto.

—Candy —dijo, desde la puerta, sin volverse—. Cuando quieras contármelo, me lo cuentas. Yo seguiré aquí. Pero no me vuelvas a decir que no somos del mismo mundo porque el mundo donde tú estás, es el único donde yo quiero estar.

Y se fue.

Me quedé en la terraza con la manguera goteando a mis pies. Me di cuenta de que no había ganado nada. No había protegido a nadie. Solo había conseguido hacerle daño al hombre que más quería por miedo a hacerle daño al hombre que menos me importaba.

***

Esa noche, en mi cuarto, lloré.

No lloré como lloran las que quieren llamar la atención.

Lloré en silencio, con la almohada apretada contra la boca para que no se me oyera, con las lágrimas calientes cayendo sobre la funda de Snoopy que había comprado mi madre en el mercadillo.

Lloré por Martín, por la terraza, por las macetas, por la mentira que había contado y por las que me quedaban por contar.

Lloré por el eco de las palabras de Alberto Lombardo, que me había metido en la cabeza que yo no valía, que no era de su mundo, que era una jardinera que se había enamorado de un pijo y que eso, tarde o temprano, se acaba.

No oí la puerta abrirse. Pero la sentí.

—Candelaria —dijo mi madre, desde el umbral, con esa voz suya que no admite excusas—. Hija mía. ¿Qué te pasa?

Quise decirle que nada, que estaba bien, que era un catarro, que había llorado por una tontería. Pero me salió otra cosa.

—Mamá, creo que he hecho daño a alguien que me importa —dije, con la voz rota—. Y no sé cómo arreglarlo.

Mi madre entró, se sentó en el borde de la cama y me pasó la mano por el pelo, como cuando era pequeña y me daba miedo la oscuridad. No me preguntó quién, no me preguntó por qué. Se quedó callada, acompañándome, hasta que se me acabaron las lágrimas y entonces dijo:

—Hija, escúchame. Todo en esta vida tiene arreglo menos la muerte.

Sea lo que sea que haya pasado, seguro que tiene solución.

Si alguien ha querido comprarte y no lo has aceptado, lo único que dice que ti es lo que realmente eres: una trabajadora, una luchadora de la vida que se está labrando su propio camino sin ayuda.

Me quedé mirándola, con los ojos hinchados, sin saber cómo sabía ella lo del sobre.

—¿Cómo sabes...? —empecé.

—No sé nada —me cortó—. Solo sé lo que veo, y lo que veo es que mi hija está manteniendo las distancias por miedo y eso mismo le está robando algo bueno y yo no voy a dejar que el miedo le robe a mi hija lo que ella quiera, sea quien sea, sea lo que sea.

Me abrazó. Me abrazó fuerte, con sus brazos de madre que habían abrazado mis miedos desde que nací, y me quedé allí, con la mejilla apoyada en su hombro, con el olor a a jabón de casa, llorando bajito, hasta que me quedé dormida.

Soñé con una terraza, unos geranios y una manguera que goteaba, con Martín, esperándome en la puerta.