Capítulo 15
El eco de las palabras
Me senté en el banco del jardín botánico y no sé cuánto tiempo pasé allí.
Tenía las manos quietas sobre el regazo, con la tierra de la mañana todavía metida en las uñas, y no dejaba de pensar en todo lo que me había soltado aquel pijo.
Las palabras de Alberto Lombardo me daban vueltas, una tras otra, como el agua que se enrosca en el desagüe.
“No es el futuro de Martín”.
“Desaparezca con elegancia”.
“Veinte mil euros”
Veinte mil euros. Ahí estaba otra vez el número, brillando en mi cabeza como un letrero de neón. Me lo había dicho delante de la cara, con el sobre blanco en la mesa, como si yo fuera una cosa más que se podía comprar y vender. Como si mi dignidad tuviera un precio y fuera ese.
Me había ido de allí con la cabeza alta pero ahora me sentía pequeña, pequeñísima, sentada en un banco de un jardín que yo misma cuidaba, en una urbanización que no era mía, pensando en un hombre al que su padre no me dejaba querer.
Miré mis manos. Eran unas manos de trabajo, de esas que no se quedan quietas ni en misa.
Con ellas había plantado numerosas flores de aquel jardín, había podado los naranjos, había levantado tiestos que pesaban más que todas las cosas, y con ellas, esa misma mañana, había cuidado aquel jardín para que el señor Lombardo lo mirara desde su ventana y decidiera que yo no valía para su hijo.
Un escarabajo cruzó el camino de gravilla. Lo miré andar un rato, porque era más fácil que pensar.
Mi móvil vibró en el bolsillo del peto. Lo saqué con el corazón acelerado, esperando que fuera Martín, pero era Rocío. Me había mandado un audio de cuarenta segundos que empezaba con su risa escandalosa y terminaba con un “y ahora cuéntame, que me tienes en ascuas”.
No podía contárselo por audio ni por mensaje. Sé que se me partía la voz.
La llamé.
—Roci —dije, y se me notó todo en la manera de decir su nombre.
Se hizo un silencio al otro lado. Rocío no era tonta, y menos conmigo. Cuando me oyó hablar así, le cambió hasta la respiración.
—Candy. ¿Qué ha pasado? —Me oyó respirar—. ¿Dónde estás? ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? Dime dónde estás que voy para allá.
—Estoy en el jardín botánico de Simón Verde —dije—. Y no me ha pasado nada. Me ha pasado todo.
Se lo conté todo. Le conté el despacho, el traje gris, la ventana, el sobre blanco.
Le conté lo de “no es el futuro de Martín” y lo de “desaparezca con elegancia” y lo de la secretaria que me había mirado como si yo oliera a mierda.
Le conté que me había ofrecido veinte mil euros, ahí, delante, como quien compra un jamón en el Corte Inglés.
Le conté que lo había visto todo: hasta la noche del ático y que no lo había cogido, que no sabía si había hecho bien o mal, y que tenía el corazón como un puño.
Rocío no me interrumpió ni una vez. Esa era una de las cosas que más quería de ella. Cuando hacía falta, se callaba.
Cuando terminé, hubo otro silencio. Se me ocurrió que la estaba oyendo respirar hondo, preparándose, como hace cuando va a soltar una de esas verdades suyas que duelen y curan a la vez.
—Candy, escúchame, te lo digo una vez y no pienso repetírtelo más. El dinero de ese hombre no vale más que tu dignidad y tú vales más que todo su dinero junto. ¿Me oyes?
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Pero sí yo hubiera cogido el dinero... mi madre, la abuela...
—¿Tu madre y la abuela viven del dinero de ese hombre?
No. Viven del tuyo, del de tu trabajo, que es honrado y es tuyo.
—Se le oía cabreada, cabreada de verdad, con esa rabia que les sale a los que quieren a alguien—.
Escúchame, Candelaria. Ese hombre no te ha ofrecido un trato, te ha ofrecido dinero como si fueras una fulana, y tú le has dicho que no con la cabeza alta. Eso, hija, no tiene precio.
—Pero es que...
—¿Pero qué? ¿Que es el padre de Martín? Pues mira, por eso mismo. Si Martín se entera de que su padre te ha querido comprar, ese hombre se queda sin hijo, y tú se lo has ahorrado. No por él, sino por Martín. Eso también tiene valor, aunque no se vea.
Me quedé mirando el escarabajo, que ya casi había cruzado el camino entero. Tenía razón. La tenía siempre, la muy puñetera.
—No se lo voy a contar a Martín —dije—. Se lo he prometido.
—¿Y piensas cumplírsela? —me preguntó, con una voz rara.
—No se lo he prometido a él, me lo he prometido a mí misma. No quiero hacerle daño.
Rocío respiró hondo.
—Pues entonces, cuando te pregunte, sonríe, y cuando no te pregunte, también. —Se rió, pero fue una risa distinta—. Y si ese tío te hace llorar un día, voy a esa urbanización de pijos con mis amigos gitanos y le pegamos una paliza. Te lo digo en serio.
Me reí. Fue una risa pequeña, que se me escapó sin querer, pero me reí.
—Y otra cosa, Candy. —La voz se le puso seria otra vez—.
Ese hombre te ha dicho que no eres del mundo de su hijo, y tiene razón.
Tú eres de otro mundo. Del mundo de los que trabajan, de los que se levantan a las seis y media, de los que riegan los geranios de otros como si fueran suyos, y si a él le parece poco, es que es tonto.
Pero no dejes que una verdad a medias se te meta en la cabeza y te la envenene. ¿Me oyes?
—Te oigo, Roci.
—Pues eso. Y ahora vete a tu casa, que tu madre y la abuela te estarán esperando con la cena. Y si te preguntan por qué tienes la cara de funeral, les dices que ha sido el calor.
—¿Y si no me lo creen?
—Pues les dices la verdad. Que hay hombres que intentan comprar lo que no se vende. —Se rió, esta vez con su risa de verdad—. Y que tú no estás en venta.
***
Me quedé un rato más en el banco, con el móvil apretado en la mano. El escarabajo se había ido, el sol empezaba a bajar y el jardín botánico se iba quedando a oscuras, como toda yo por dentro.
Fue entonces cuando llegó el mensaje.
Un “¿Candy?” de Martín, y debajo, otro:
“¿Estás bien? Me has dejado con la palabra en la boca en la puerta. No me ha gustado cómo te he visto”.
Me quedé mirando la pantalla. El corazón me latía tan fuerte que lo oía en los oídos. Tenía tantas cosas que decirle y ninguna que pudiera decirle… Lo quería un montón, y que en verdad su padre tenía razón en una sola cosa: que nosotros no éramos del mismo mundo.
Escribí.
“Estoy bien”.
Lo borré.
“No me ha pasado nada, solo que me he encontrado mal”.
Lo borré.
“Tu padre me ha ofrecido dinero para que desaparezca. No los he cogido. Ahora dime qué hacemos”.
Lo borré también. Ese era el mensaje de verdad, el que llevaba escrito en el alma desde que salí del despacho, y no podía mandarlo. No podía, porque me lo había prometido a mí misma, y porque él no tenía la culpa de tener el padre que tenía.
Escribí:
“Me ha sentado mal algo que he comido. Ya estoy mejor, de verdad.”
Lo borré.
“Martín, tu padre…”
Lo dejé a medias. Me quedé un momento mirando esas tres palabras, con el cursor parpadeando, y luego las borré una a una.
Al final, escribí lo único que se me ocurrió, lo único que sonaba a verdad sin ser mentira del todo:
“Estoy bien. Hablamos luego”.
Y lo mandé.
Me quedé mirando el mensaje durante un rato, con el móvil en la mano, en el banco del jardín botánico, con las luces de Simón Verde encendiéndose a lo lejos.
Sabía que acababa de escribir la primera mentira de nuestra historia, y lo peor de todo, lo verdaderamente imperdonable, era que seguramente, no iba a ser la última.
El eco de las palabras de Alberto Lombardo me seguía dando vueltas en la cabeza.
“No eres el futuro de Martín”
Mentira, pensé. Mentira.
Pero la mentira, la mía, ya estaba mandada.