Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

El padre nuestro de cada día

El jueves amaneció raro. El sol salió igual que todos los días, los naranjos seguían en su sitio y el aire olía a tierra mojada, pero yo llevaba toda la mañana podando el mismo rosal sin enterarme de lo que hacía.

Pepín se me quedó mirando desde el parterre de al lado con la podadora en la mano y esa sonrisa suya de quien lo sabe todo sin que nadie le haya contado nada.

—Niña, que hoy estás más tonta que un mueble.

—Estoy bien, Pepín.

—Ya, por eso llevas media hora dándole al mismo rosal sin cortarle ni una hoja. —Se acercó y me la quitó de las manos—. Ese pobre arbusto va a salir corriendo si sigues mirándolo así.

Quería contarle lo de Rafa, que me había dicho que le gustaba, que llevaba un tiempo callándoselo, pero no sabía cómo decirlo sin que sonara a problema mío, así que me callé y le sonreí.

Fue entonces cuando don Matías apareció.

Iba con el uniforme impecable, como siempre, pero traía esa cara suya de cuando algo no es del todo bueno ni del todo malo.

—Candy —dijo, bajando la voz—. El señor Lombardo quiere verla en su despacho. Ahora.

El corazón me dio un pequeño vuelco. El señor Lombardo, el padre, el dueño. El que me había llamado “barrendera” en mi primer día y me había mirado como si yo fuera una mancha en el mobiliario.

—¿Sabe para qué me quiere? —pregunté.

—No me lo ha dicho —Don Matías miró hacia el edificio principal y bajó todavía más la voz—, pero lleva aquí desde las ocho sin salir del despacho y no le he visto muy contento. Vaya con cuidado.

Me limpié las manos en el peto, me quité el sombrero y eché a andar. Pepín se quedó en el parterre, un cigarro en la boca que no había encendido, mirándome cómo me iba como quien ve venir una tormenta.

***

El despacho de Alberto Lombardo estaba en la planta baja del edificio principal, detrás de una puerta de madera que pesaba más que toda mi historia con su hijo. La secretaria me miró por encima de las gafas como se mira a una empleada que huele a tierra. Me dijo que pasara y pasé.

Hacía frío dentro del aire acondicionado o de él, no lo sé.

Alberto Lombardo estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la puerta, mirando los jardines que yo mantenía. Llevaba un traje gris que costaría más que mi sueldo del mes y no se giró cuando entré. Me quedé de pie delante de la mesa, como una alumna castigada, esperando.

—Pase, señorita Romero —dijo, sin volverse.

Ya estaba dentro pero no dije nada. Se me ocurrió que llamarme “señorita Romero” era otra manera de no llamarme Candelaria, y que a ese hombre todo se le notaba menos lo que pensaba.

Se giró despacio. Me miró de arriba abajo, como el primer día, y luego señaló la silla que había delante de la mesa con un gesto de la mano.

—Siéntese.

Me senté. Tenía las manos sudadas, así que las escondí entre las piernas.

—Llevo unas semanas observando la situación entre usted y mi hijo —dijo, sentándose detrás de la mesa—, y no me gusta.

No dije nada. No me había preguntado nada ni me había dado opción a responder, así que esperé.

—Mi hijo tiene treinta y dos años. Tiene una carrera, tiene un futuro, tiene una empresa que va a heredar. —Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa—. Y usted, perdóneme que se lo diga así de claro, es una jardinera de una urbanización, no es el futuro de Martín.

Me quedé mirándolo. El frío del despacho se me había metido en los huesos, pero no dije nada. Apreté los dientes y esperé.

—Tengo entendido que pasó usted la noche en el ático —dijo, y me miró de una manera que me hizo arder la cara—. La gente que trabaja para mí me cuenta las cosas, señorita Romero. No me obligue a creer que su interés por mi hijo tiene que ver con su cuenta corriente.

Aquello me desmontó por dentro. La humillación me subió por el pecho como un escalofrío y tuve que respirar hondo para que no se me notara. No quería darle el gusto.

—Mi hijo no es un buen partido para usted —continuó—, y usted no es un buen partido para él. Es una pena, porque es usted una buena jardinera, no lo niego, pero hay cosas que el dinero no puede arreglar, y el dinero no puede arreglar que mi hijo se enamore de alguien que no está a su altura.

Abrió un cajón, sacó un sobre blanco y lo dejó en la mesa, entre los dos.

—Aquí hay veinte mil euros —dijo—. Es más de lo que usted gana en un año, trabajando doce horas. Tómelo, deje a mi hijo en paz y no vuelva a acercarse a él. Sin escándalos, sin historias. Desaparezca con elegancia.

Me quedé mirando el sobre.

Veinte mil euros era lo que en años tardaríamos en ahorrar. Veinte mil euros era el piso que nunca tendríamos, la tranquilidad de la abuela, el no mirar el precio antes de llenar el carro de la compra. Veinte mil euros, ahí, delante de mí, en un sobre blanco, esperando a que los cogiera.

Y por un momento, solo por un momento, lo pensé.

Pero entonces pensé en Martín. En cómo se reía en mi cocina con las mangas remangadas.

En cómo me había dicho que no había podido trabajar pensando en mí, en la forma en la que me miraba desde la barandilla de su terraza, como si yo fuera la única cosa que valía la pena en aquella urbanización de lujo…

y supe que ni veinte mil euros ni cien mil iban a cambiar eso.

—No voy a cogerlo —dije.

La voz me salió tranquila, más de lo que me esperaba.

—No sea ingenua —dijo Alberto, sin inmutarse—. Usted no tiene nada que ofrecerle a mi hijo que él no pueda comprarse solo.

—Quizá no. —Levanté la barbilla—, pero es él y solo él el que si no le gusta mi compañía debe decírmelo. Eso, señor Lombardo, no se compra en ninguna parte.

Alberto me miró un momento. Luego sonrió, una sonrisa fría, sin luz, de las que no llegan a los ojos.

—Señorita Romero, yo he comprado cosas mucho más caras que un capricho de mi hijo, y las he comprado todas. Todas las personas tenemos un precio. Dígame cuánto.

—No lo dudo. —Me levanté—.No me va a comprar a mí. No se compra a una persona que no está en venta.

Me giré hacia la puerta. Tenía las piernas como de trapo y el corazón golpeándome el pecho, pero no quería que me viera temblar. Llegué a la puerta, puse la mano en el pomo y me volví.

—Y no se preocupe —dije—. No le diré a Martín nada de esto. No porque usted me lo pida, sino porque no quiero hacerle daño. Usted, en cambio, debería preguntarse por qué su hijo no le cuenta las cosas.

Y salí del despacho sin cerrar la puerta.

***

Crucé el vestíbulo con las piernas que no sabía cómo es que aún seguía en pie. Sentía una  humillación tan grande, un coraje por dentro que no había soltado por respeto y porque se trataba del padre de Martín. La secretaria levantó la cabeza al verme pasar, pero no me dijo nada, y yo no la miré.

Cuando llegué a la puerta del edificio, tuve que apoyarme un momento en la pared. El mundo me daba vueltas y tenía la boca seca, como si me hubiera tomado diez cafés seguidos sin agua.

—¿Candy? —dijo Martín, apareciendo en la puerta con las llaves del Mercedes en la mano y una sonrisa que se le fue apagando según me vio—. Venía a buscarte para comer. ¿Qué pasa? Estás pálida.

—Estoy bien. —Sonreí, que era lo que mejor se me daba, mentir—. Me he puesto mala un momento. Me voy a casa. Te llamo luego.

—Candy...

—Te llamo luego —repetí, y me escapé hacia la calle antes de que me viera las manos temblar.

Me alejé andando deprisa, con la cabeza alta para que no se me notara, y dejé a Martín en la puerta de su edificio, sin saber qué acababa de pasar. Sin saber que su padre acababa de intentar comprarme y que yo acababa de decirle que no a veinte mil euros por él.

Padre nuestro de cada día.

Amén.