Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

La confesión de Rafa

Después de la noche del ático, no podía pensar en otra cosa.

No se lo conté ni a Rocío, no porque me diera vergüenza, que no me daba, sino porque no sabía cómo explicárselo sin sonar tonta.

Que había ido a hacer una tortilla y que había acabado con las piernas en el aire y la espalda contra la encimera, y luego en su cama, entre sus sábanas blancas, con su olor a hombre y a verano, que no habíamos llegado a hacerlo del todo, pero que habíamos hecho de todo lo demás, que me había despertado a las tres de la madrugada en su cama, con su brazo alrededor de mi cintura, y que me había parecido el sitio más seguro del mundo, pero aunque nos seguimos viendo, no volvimos a tener una situación como aquella y yo, estaba deseando de repetirlo.

No sabía cómo explicarlo. Así que no se lo dije. Me quedé con el secreto, con la sonrisa tonta y con la certeza de que, desde aquella noche, algo había cambiado para siempre.

En el trabajo, las cosas habían vuelto a su sitio. Martín había tenido que ir a Madrid dos días por un asunto de su padre, y yo, que llevaba dos días sin verlo, me sorprendí a mí misma contando las horas para que volviera. Pepín lo notó, pepín lo notaba todo.

—Candy, hija —me dijo, con su rastrillo y su sombrero de paja—. Tienes la cara de la que ha perdido el reloj y no le importa la hora.

—No he perdido nada, Pepín.

—El corazón, miarma, que se ha ido a Madrid.

Me reí y seguí con mi trabajo, pero tenía razón. Tenía la cara de la que no mira el reloj porque le da igual la hora, porque la hora que le importa está a doscientos kilómetros.

El miércoles, al atardecer, me tocó recoger las herramientas del almacén.

Era la hora que más me gustaba de Simón Verde. El sol se ponía detrás de los naranjos, las luces de la urbanización empezaban a encenderse y el aire olía a tierra mojada y a tarde que se acaba. Estaba guardando la podadora y el rastrillo en el almacén cuando oí unos pasos a mis espaldas.

Pasos de bota militar.

—Buenas tardes, Candy —dijo Rafa.

Me giré. Estaba de pie en la puerta del almacén, con el uniforme de seguridad impecable, la gorra en la mano y una expresión que no le había visto nunca. Seria., como quien ha estado ensayando algo mucho tiempo y en el último momento se le olvida.

—Rafa. —Sonreí—. Hola. ¿Qué haces por aquí a estas horas?

—Termino el turno. —Se quedó en la puerta, sin entrar, con la gorra girándole entre las manos—. He visto que estabas aquí y... quería hablar contigo.

—¿Conmigo?

—Contigo. —Se pasó la mano por la nuca, un gesto que ya le conocía—. Si tienes un momento.

—Claro. —Dejé la podadora en el estante y me apoyé en la mesa del almacén—. ¿Qué pasa?

Rafa no dijo nada. Se quedó un momento en la puerta, mirándome, con esos ojos azules suyos que se suavizaban cuando me miraban, aunque yo nunca me hubiera dado cuenta de verdad hasta que Pepín me lo dijo.

Dio un paso, entró en el almacén y se quedó a un par de metros de mí.

—Candy —dijo, y la voz le salió más grave de lo que le había oído nunca—. Que tengas cuidado con ese tío, ¿vale?

—¿Con qué tío?

No dijo “con Martín”, ni “con él”, dijo “con ese tío”, y esa manera de nombrarlo sin nombrarlo, me dijo más de lo que me habría dicho cualquier palabra.

—Con el hijo del dueño, ese tío con el que andas. —Se quedó mirándome, con la mandíbula apretada—. Con ese.

El corazón me dio un pequeño vuelco por el tono de su voz y la manera de mirarme y en los celos que se le notaban hasta en la manera de apretar la gorra.

—Rafa —dije, con cuidado—. Ya te lo dije, todo está bien. Si te refieres al pijo del ático, solo somos amigos.

—¿Y qué significa “amigos” para ti? —Se acercó un paso—. Porque yo te veo, Candy, te veo desde hace tiempo y veo que vas detrás de ese tío como si no te importara nada más, como si no vieras lo que tienes delante.

—¿Y qué tengo delante?

Se quedó callado, me miró y por un momento, solo un momento, vi en sus ojos algo que no había visto nunca. Algo que se parecía al valor.

—Delante tienes a alguien que te conoce —dijo, con la voz ronca—.

Que sabe que llegas a las ocho y media, que te gusta el café con leche, que cuando estás nerviosa te muerdes el labio y que cuando algo te importa de verdad, se te nota en los ojos.

Delante tienes a alguien que sabe lo que necesitas.

Me gustas Candy,  y no te lo ha dicho nunca porque sabía que no tenía opciones.

Se me paró el corazón.

—Rafa...

—Déjame terminar, Candy, que si me callo ahora, no me sale.

—Se pasó la mano por la nuca—. Sé que no tengo opciones, que soy el guardia y él es el hijo del dueño y que él tiene el dinero, la camisa de lino y el ático, y yo tengo el uniforme, las botas y una cicatriz que no cuento.

Lo sé y aun así, lo tenía que decir. Llevo un tiempo callándomelo y ya no puedo más.

—Rafa, yo...

—No me digas que lo sientes. —Sonrió, una sonrisa triste que no le llegó a los ojos—. Porque no es así, no tienes por qué sentirlo. No me debes nada, Candy. Yo no te voy a dar lo que el ricachón ese puede, pero quería que lo supieras. Ya lo sé. Soy un tonto.

—No eres un tonto. —Se me escapó, sin pensarlo—. Eres una de las mejores personas que conozco.

—¿Y eso me lo dice la mujer que se va a comer el mundo con el hijo del dueño? —Se rió, pero fue una risa sin alegría—. No pasa nada, Candy. Solo quería decírtelo para quitármelo de encima y dejar de mirarte como te miro sin que tú lo sepas.

Nos quedamos en silencio. El almacén olía a tierra y a herramientas y a tarde que se acaba. Fuera, el sol se había puesto del todo y las luces de Simón Verde empezaban a brillar.

—No pasa nada. —Se acercó un paso y me puso la mano en el hombro, con delicadeza—. Si me dices que todo está bien, yo lo estaré.

—Rafa...

—Prométeme una cosa, Candy. —Me miró—. Prométeme que si te hace daño me lo digas.

—¿Qué? —le pregunté, con la voz ronca.

—Tranquila, no pasa nada. No quiero pensar que puede estar jugando contigo. —Sonrió, esta vez con una chispa diferente—. Y ahora que lo he dicho ya estoy más tranquilo. No soportaría que jugaran contigo.

Me quede callada, no sabía qué decir.

Se giró y se fue caminando con sus pasos firmes y yo me quedé en el almacén, con la podadora a medio guardar y el corazón hecho un lío.

Rafa se preocupaba por mí. Es verdad que era un tío y los tíos saben de tíos.

Pero mi corazón me decía que Martín no era de los típicos pijos.

Era sensible, amable y detallista. Entendía la preocupación de Rafa, pero también pensaba en que quizás, fuera una táctica para dejar de ver a Martín con mis ojos y empezara a cuestionarlo y a desconfiar de él.

Ahora sabía que le gustaba a Rafa  y yo tenía la certeza de que no podía corresponderle, porque mi corazón y mi deseo estaban con el pijo del ático, y eso de cierta forma, me daba tristeza que no esperaba por un hombre al que yo no quería, pero al que no deseaba romperle el corazón.

Me quedé un rato más en el almacén mientras se hacía de noche y las luces de Simón Verde comenzaban a brillar. Cuando por fin salí, con las herramientas guardadas y el corazón hecho un lío, supe que algo había cambiado y que ya no podría ver a Rafa como el amigo y compañero de trabajo de siempre.