Capítulo 12
Lo que opinan los demás
Después de la noche de la tortilla, todo cambió.
No sé explicarlo de otra manera. Martín y yo empezamos a vernos a diario.
Él bajaba de su ático con dos cafés, yo subía a su terraza a vigilar los geranios, quedábamos para almorzar, para cenar, para pasear por Triana.
Hablábamos por teléfono hasta las tantas, nos escribíamos mensajes a todas horas y yo, que había jurado no liarme con un pijo, estaba liada, completamente liada y enamorada, pero aún no habíamos consumido nuestra relación.
La primera semana, mi madre me miró y dijo:
—Hija, tienes la cara de la que se ha enamorado.
—No me he enamorado.
—¿No?
—No. —Me encogí de hombros—. Estamos... conociéndonos, nada más.
Mi madre se rió y no dijo nada más, pero se le notaba en la sonrisa y la abuela, desde su butaca, sentenció:
—Perdídamente enamorada, como yo de tu abuelo. Que Dios lo tenga en gloria.
—Abuela.
—Abuela… abuela…—Se tomó un sorbo de vino—. Cuando una mujer de esta casa se pone a hacer tortillas a las once de la noche y a cambiarse de vestido tres veces para ir a cenar, es que está enamorada. No hay vuelta de hoja.
No supe qué responder porque tenían razón, y me fastidiaba tener que dársela.
El sábado, Rocío y yo quedamos para tomar algo en el centro. Yo llegué con una sonrisa que no podía quitarme de la cara, y Rocío, que me conoce mejor que nadie, me miró antes de sentarse y dijo:
—A ver, cuéntame que te veo la cara de la que ha dejado de ser virgen.
—Rocío.
—Ya, ya. —Se sentó, pidió una cerveza y se cruzó de brazos—. ¿Cuánto tiempo lleváis saliendo?
—No estamos saliendo.
—¿Ah, no? ¿Y qué estáis haciendo, entonces?
—Estamos... conociéndonos.
—Conociéndonos. —Se bebió medio vaso de cerveza—. Claro, conociéndoos y mientras os conocéis, él te hace la tortilla y tú le haces... espera, que me pierdo. Él te lleva a Triana, tú le haces la tortilla, él te da un beso en la cocina...
—¿Cómo sabes lo del beso?
—No lo sabía, pero me lo acabas de contar —sonrió.
—Eres increíble…
—Pues sí. Deberían de contratarme en la policía para los interrogatorios. —Me miró, con esos ojos suyos de los que no se perdían nada—. Y Candy, amiga mía, estás enamorada hasta los topes, que se te nota hasta en la forma de beberte la cerveza.
—No estoy enamorada.
—¿Ah, no? —Se inclinó hacia delante—. Entonces, ¿por qué llevas media hora sonriendo como una tonta sin motivo?
Me llevé la mano a la cara. Tenía razón. Llevaba media hora sonriendo, sin darme cuenta, con una sonrisa que no podía controlar.
—Vale —dije, con un suspiro—. Puede que me guste un poco.
—¿Un poco?
—Más que un poco. —Bajé la voz—. Me gusta mucho, Rocío. Me gusta tanto que me da miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que sea demasiado bueno para ser verdad, de que a su padre no le guste si se entera, de que yo no sea suficiente o de que un día se canse de la jardinera y se vuelva a su mundo.
Rocío me miró un momento con esa seriedad suya que no le veía muy a menudo, me cogió la mano.
—Escúchame, Candy —me apretó la mano—. Ya es hora de que te arriesgues, de que dejes de pensar que no eres suficiente.
Tú eres la tía más valiente, más lista y más buena que conozco.
Y ese tío, que baja de su ático con dos cafés para verte, que se come tres platos de puchero en tu casa, que te ha dado un beso...
ese tío no se va a cansar de ti. Ese tío está colgado por tí como tú lo estás de él.
—¿Y si me equivoco?
—¿Y si aciertas? —me sonrió—. Candy, hija, el amor no se piensa y tú, que te has pasado la vida cuidando geranios y protegiendo tu corazoncito, te mereces que alguien lo riegue.
No supe qué responder. Me bebí la cerveza de un trago, con el corazón a mil y las palabras de Rocío dándome vueltas en la cabeza.
—Además —añadió, con una sonrisa de las suyas—, si ese tío te hace llorar, yo misma subo a su ático y le doy con la sombrilla en la cabeza. Palabra.
Me reí y por un momento, el miedo se hizo un poquito más pequeño.
***
El lunes, volví a Simón Verde.
Estaba en los parterres, con los geranios, cuando vi a Rafa.
El guardia de seguridad. Lo había visto otras veces, siempre saludando desde su puesto, siempre amable, pero esa mañana estaba distinto.
Se acercó despacio, con las manos en los bolsillos, y se quedó a mi lado mirando los geranios sin decir nada.
—Buenos días, Rafa —dije.
—Buenos días, Candy. —Se quedó un momento en silencio—. ¿Qué tal todo?
—Bien. Muy bien. ¿Y tú?
—Bien. —Se pasó la mano por la nuca, un gesto que no le había visto—. He visto que... bueno, que últimamente andas con el hijo del dueño.
El corazón me dio un pequeño vuelco. No sabía por qué, pero la frase me sonó rara.
—Sí, es buena gente.
—¿Buena gente? —Rafa miró al suelo, como si buscara las palabras—. ¿El hijo del dueño de Simón Verde? ¿El que se pasea en bañador por donde le da la gana?
—Rafa...
—No te digo que sea malo, Candy, no digo eso. —Levantó la vista, y me miró con unos ojos tristes y serios—. Solo digo que... tengas cuidado, que no te fíes demasiado. Los tipos de ese mundo no son como nosotros.
—¿Y cómo somos nosotros?
—Sinceros. —Se quedó mirándome, con una intensidad que me descolocó—. Los que trabajamos, los que hemos tenido que luchar por todo y que no jugamos con las personas. No usamos a la gente y los de ese mundo... a veces sí.
Me quedé callada. No sabía qué responder. Rafa me estaba mirando de una manera que no me había mirado nunca, y de pronto, algo se encendió en mi cabeza.
—Rafa —dije, con cuidado—. ¿Me estás diciendo algo?
—No, no te estoy diciendo nada. —Se pasó la mano por la nuca, nervioso—. Solo te digo que tengas cuidado, Candy. Que te lo digo como amigo.
—¿Y por qué me lo dices así? ¿Por qué me lo dices ahora?
—Porque... —Se calló. Se quedó mirándome, con esos ojos tristes, y por un momento vi algo en ellos que no supe nombrar. Algo que se parecía al miedo o a la pena—. Porque te aprecio, Candy, y no quiero que te hagan daño.
Se fue. Se fue sin decir nada más, con las manos en los bolsillos y la espalda recta, caminando hacia su puesto con esa manera suya de militar que nunca abandonaba.
Yo me quedé con los geranios, con el corazón raro y una sensación que no sabía explicar. Algo me decía que Rafa no me estaba hablando del hijo del dueño. Algo me decía que Rafa me estaba hablando de otra cosa.
Pepín apareció por detrás de los setos, con su sombrero de paja y su rastrillo, y se quedó mirando la espalda de Rafa, que se alejaba.
—Candy —dijo, con esa calma suya—. ¿Te has fijado en cómo te mira ese muchacho?
—¿Cómo me mira?
—Como miran los que no se atreven. —Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y se lo volvió a poner—. El niño te mira de una forma especial y eso, hija, es de las cosas más tristes que hay.
Me quedé helada. Me giré hacia Pepín, con la boca abierta.
—¿Qué quieres decir?
—Lo que has oído. —Me miró, con esos ojillos suyos—. Ese muchacho, el guardia, está colado por ti. No te lo ha dicho y probablemente no te lo va a decir nunca, y tú, que no te enteras de nada, no te has dado ni cuenta.
—Pepín, no digas tonterías. Rafa es un amigo y compañero de trabajo.
—Ya. —Sonrió, con una tristeza rara—. Y yo soy el rey de España. —Se apoyó en el rastrillo—. Mira, Candy, yo llevo sesenta años viendo hombres mirar a mujeres y te digo una cosa: el muchacho ese te mira de la manera que se mira a lo que quieres pero que no te atreves a pedir.
Me quedé sin palabras. Me giré hacia la figura de Rafa, que ya casi había desaparecido entre los setos, y de pronto, vi lo que no había querido ver.
La manera en que se quedaba mirándome y en la manera en que aparecía justo cuando yo estaba, que se ponía nervioso cuando hablaba conmigo y en lo que me había dicho: “ten cuidado”, como si le doliera decirlo.
Rafa estaba colado por mí y yo no me había dado cuenta.
—No puede ser —susurré.
—Puede ser y es. —Pepín me puso una mano en el hombro—. Pero no te preocupes, Candy, no es culpa tuya. El corazón no se manda. Tú no has hecho nada malo., solo te ha tocado ser la que no se entera y él, el que no se atreve.
—¿Y qué hago?
—Nada. —Se encogió de hombros—. No puedes hacer nada. No puedes evitar que te quiera, como no puedes evitar que llueva en Sevilla en primavera. Solo puedes ser buena con él y dejar que, con el tiempo, encuentre a alguien que lo mire como tú miras al pijo del ático.
Me quedé callada, con los geranios y el corazón hecho un lío. Pepín se fue y yo me quedé pensando en Rafa, en su manera de mirarme, en lo que me había dicho.
***
A media tarde, Rafa volvió a pasar por los parterres. Esta vez, llevaba el paso más lento, como si hubiera estado pensando algo. Se paró a mi lado, miró los geranios un momento y dijo, sin mirarme:
—Candy.
—¿Qué?
—Que si alguna vez necesitas algo... —Se calló, tragó saliva y me miró con ojos tristes y sinceros—. Si alguna vez necesitas algo, aquí estaré para lo que sea.
El corazón me dio un vuelco. No por lo que decía, sino por cómo lo decía. No me estaba ofreciendo su ayuda, me estaba ofreciendo otra cosa, algo que yo no había pedido y que no podía aceptar.
—Gracias, Rafa —dije, con suavidad—. De verdad.
—Ya. —Sonrió—. Me alegro, Candy.
Se quedó un momento, como si quisiera decir algo más y luego se giró y se fue, y yo no podía hacer nada. No podía evitar que yo le gustara y que no fuera correspondido, porque mi corazón estaba ocupado con el pijo del ático.