Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

La tortilla de patatas

El jueves, como prometí, fui a hacerle la tortilla.

Me pasé media hora delante del armario, que es más tiempo del que le dedico a decidir si empiezo a hacer dieta o lo dejo para el mes que viene.

Me probé un vestido, me lo quité. Unos vaqueros, me los quité.

Otra vez el vestido, otra vez no. Al final, con el orgullo por delante y la lógica por detrás, me puse el chándal.

—¿Vas a ir así? —me preguntó mi madre, apoyada en el marco de mi puerta.

—Voy a hacer una tortilla, mamá, no voy a ir a una boda.

—A ese muchacho le vas a hacer algo más que una tortilla, hija, y en chándal.

—Pues que se aguante. Si le gusta la Candelaria, que le guste la del chándal.

Mi madre se rió y no insistió. La abuela, desde el salón, sin levantar la vista de su novela, sentenció:

—Bien hecho, miarma. Si ese muchacho te quiere de verdad, te va a querer hasta con las zapatillas del mercadillo.

Llegué al ático a las ocho y media. Martín me abrió en pantalones cortos y camiseta de tirantes, con el pelo un poco revuelto y las manos manchadas de harina.

Se había puesto a la faena antes de tiempo.

La cocina, que la otra vez me pareció de revista, estaba ahora patas arriba: harina en la encimera, huevos en un bol, patatas peladas a medio hacer, aceite en la sartén y el olor a tortilla empezando a invadir el salón.

—Bienvenida a tu reino —dijo, secándose las manos en un trapo.

—¿Esto es lo que llamas tener los ingredientes preparados? —dije, señalando el caos—. Martín, esto parece que ha pasado un huracán de cocina.

—Es que no sabía si las patatas se pelaban antes o después y he querido tenerlo todo listo para que tú solo hagas la magia.

Me quedé mirándolo, con las manos en la cadera, y no pude evitar una sonrisa. El hijo del dueño de Simón Verde, con harina en la frente y los ingredientes a medio preparar, esperándome como un niño el día de su cumpleaños.

—¿Y por qué no me has esperado para pelar las patatas? —le pregunté.

—Porque quería que vieras que me esfuerzo. —Se encogió de hombros—. Que no soy solo un empresario y que también sé pelar una patata.

—¿Y sabes?

—No. —Sonrió—. Por eso he dejado la mitad sin pelar, para que me enseñes.

Esa noche, en la cocina del ático, le enseñé a pelar patatas.

Le enseñé a cortarlas en daditos, ni muy gordos ni muy finos, a pocharlas con la cebolla a fuego lento, a batir los huevos con un punto de sal.

Le enseñé todo lo que me había enseñado mi madre, que a su vez se lo había enseñado la suya, y mientras lo hacía, con las manos en la masa y el olor a tortilla llenándolo todo, me di cuenta de que me sentía como en casa.

Eso era lo raro. Lo raro no era que él me gustara, que me gustaba. Lo raro era que me sentía como en casa. En su ático, con su cocina de revista, con sus pantalones cortos y su harina en la frente. Como si aquello llevara toda la vida siendo mío.

—Candy —me dijo, mientras yo daba la vuelta a la tortilla con el plato, en ese momento en que siempre me entra el miedo de que se desparrame—. ¿Te pasa algo?

—Me pasa que esta tortilla no se me puede desparramar. Es cuestión de honor.

—¿Y por qué es cuestión de honor?

—Porque te prometí que te iba a cambiar la vida y si se me desparrama, te la cambio para mal.

Se rió.

Yo di la vuelta a la tortilla con un gesto seco, de esas que salen perfectas o se rompen por donde no deben, y cuando la volqué en el plato, dorada y entera, redonda y brillante, me entró una satisfacción tan grande que se me escapó un “ole” en voz baja.

—¿Ves? —dije, con la sartén en la mano—. Así se hace. Ni se desparrama ni se rompe. La tortilla, requiere mimo,  tiempo y un poquito de paciencia.

Martín me miró. Me miró de una manera que me hizo olvidar la sartén, la tortilla y el motivo por el que estaba allí. Me miró como se mira lo que llevas tiempo esperando sin saber que lo esperabas.

—¿Quién te enseñó a decir eso? —me preguntó.

—Mi madre. —Sonreí—. Cuando se quiere hacer las cosas bien hay que hacerlas despacio, sin prisas, y poniendo todo el cariño del mundo.

Nos sentamos a comer la tortilla en la terraza.

La terraza que yo había diseñado, la que había medido con mi cinta métrica y mi libreta, la que Pepín había llenado de geranios y buganvillas y tiestos de romero.

Y estaba preciosa. Pepín había seguido mis instrucciones al pie de la letra, mejor de lo que yo misma lo habría hecho: los geranios rojos en los ángulos, las buganvillas trepando por la barandilla, el romero en los tiestos de barro, el tomillo asomando entre las piedras.

—Pepín lo ha bordado —dije, recorriendo la terraza con la mirada—. No se le ha escapado ni un detalle.

—Dijo que era tu diseño y que lo iba a respetar como si fueran las escrituras.

—Martín se sentó a la mesa, con la tortilla entre los dos—.

Me pasó los planos y me dijo: “Debería de haber venido ella, pero está ocupada”, aunque me hubiera hecho más ilusión si hubieras sido tú la que hubiera terminado el encargo.

—Sí. Pensaba que lo querías lo antes posible y por eso le dije a Pepín que lo terminara él.

Mentí. Quería mantener las distancias un poco.

—No pasa nada. Pepín me dijo cómo había que regar los geranios con tu libreta en la mano para que no se me muera ni uno.

Me quedé mirándolo, con la boca a medio abrir y el corazón haciendo cosas raras. El hijo del dueño de Simón Verde, regando los geranios. La imagen era tan absurda, tan tierna, tan él, que me entraron ganas de llorar y de reír a la vez.

—¿Y te gusta? —le pregunté.

—Me encanta, porque son tuyos. —Se encogió de hombros, como si fuera lo más normal del mundo—. Y lo que es tuyo, lo cuido.

Comimos la tortilla. Se la comió en silencio, con los ojos cerrados y cuando los abrió, me miró con una expresión que no supe nombrar.

—Candy —dijo, con la voz un poco ronca—. He comido tortilla de patatas toda mi vida. La de las cafeterías de Madrid, la de los bares, la que hacía la cocinera de casa de mis padres y te juro que no sabía lo que era una tortilla de patatas hasta hoy.

—¿Me estás diciendo que la mejor tortilla del mundo es la mía?

—Te estoy diciendo que la mejor tortilla del mundo es la tuya. —Me miró—. Y que si mañana me tengo que ir a Madrid, me llevo esta receta y este momento que no se me va a olvidar.

Se hizo un silencio. Un silencio distinto a los demás, más grande, más denso. Sevilla brillaba a nuestros pies, las luces de la ciudad encendiéndose poco a poco, y yo, con la tortilla a medio comer y el corazón a mil, me di cuenta de que la abuela tenía razón.

Las piernas me temblaban solo con su presencia, solo con su mirada, como si tuviera quince años y me acabaran de pedir un baile.

—Martín —dije, con la voz un poco rara—. Creo que ha llegado el momento de fregar los platos.

—¿Los platos?

—Sí. Los platos —me levanté de la mesa, con las piernas que no me respondían del todo—, que la cocina está hecha un desastre y no pienso dejar tu ático hecho un cisco.

Me siguió a la cocina y allí, entre la sartén y los boles y el olor a tortilla, pasó lo que tenía que pasar.

Nos quedamos de pie, a medio metro el uno del otro, con los platos entre los dos y el silencio llenándolo todo. Yo fregaba, él secaba, y cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar los cacharros, me subía un escalofrío por el brazo que no tenía nada que ver con el agua.

—Candy —dijo él, dejando el trapo sobre la encimera.

—¿Qué?

Se acercó a mi despacio y fue entonces cuando nuestros labios se tocaron. Fue un beso suave, de esos que se dan para pedir permiso. Me puso su mano en mi mejilla, me miró a los ojos un segundo y después bajó la boca hasta la mía, el beso llegó cargado de algo que llevaba días esperando.

Un beso apasionado. Me besó con ganas y con cuidado a la vez, con la mano en mi nuca y la otra en mi cintura, y yo, que llevaba toda la cena aguantando la respiración, me dejé llevar.

Le pasé los brazos por el cuello, me pegué a él, y me dejé besar como no me había dejado besar en mucho tiempo, con la espalda contra la encimera y la sartén a un lado y el corazón queriendo salirse del pecho.

Nos liamos. Sin más rodeos: nos liamos. En la cocina del ático, entre los cacharros sucios y  con las manos enredadas en el pelo y en la camiseta, con la respiración entrecortada y la sangre a mil.

Me apretó contra la encimera y yo, que sentía cada centímetro de él contra cada centímetro de mí, pensé que si me pedía quedarme, me quedaba, que si me pedía algo más, lo hacía allí mismo, en aquella cocina, habría hecho el amor con él sin pensármelo dos veces.

Pero se paró.

Se paró, con la frente apoyada contra la mía, con la respiración agitada y las manos temblándole en mi cintura.

—Candy —dijo, con la voz rota—. Si seguimos, no voy a poder parar.

—¿Y quién te ha dicho que quiera parar?

—Yo no quiero parar. —Me miró, con los ojos brillantes—. Pero quiero que esto sea de verdad.

—¿Y por qué no así? —le pregunté, con la voz que apenas me salía.

—Porque... —me acarició la mejilla con el pulgar— no quiero precipitarme y no tengo preservativos.

Me quedé mirándolo, con el corazón a mil y las piernas que me temblaban. Supe que la abuela tenía razón otra vez. Aquel hombre, que me había besado con hambre y se había parado por respeto, aquel hombre quería hacer las cosas bien.

—Vale —dije, con la voz un poco ronca—. Vale, pero te advierto que la próxima vez no te dejo parar.

—¿En serio?

—En serio.

Se rió y me volvió a besar, despacio esta vez, con calma, como sellando un pacto y yo me dejé besar, con la espalda contra la encimera y el corazón en la garganta, notando su erección contra mí y maldiciendo no haber tenido medios para satisfacer lo que mi cuerpo me pedía, pero quería, quería satisfacerlo.

No me lo pensé.

Mis manos se metieron despacio por sus pantalones mientras con besábamos.

Toqué su miembro y empecé a acariciarlo, poco a poco.

Mi sexo quería tocarlo, y no pude evitar levantar una de mis piernas para sentirla mejor.

Él me cogió de la cintura y me sentó en la encimera.

Abrí mis piernas y me acerqué a sus caderas.

Nos besábamos con impetu, metiendo mi lengua en su boca y su lengua en la mia.

Gemíamos como si estuvieramos haciendo el amor, con pasión.

Yo seguía acariciandolo y me cogió en volandas y me tiró en la cama.

Me quedé boca arriba y el encima mia. Nos miramos y empezamos a besarnos otra vez.

Martín estaba entre mis piernas y yo, notaba su erección.

Una de sus manos empezó a acariciar mis piernas.

Me bajó los pantalones y las bragas y empezó a besarme y a acariciarme con esas manos tan calientes.

—Estás buenísima.

—¡Martin!...

Sus dedos se movían dentro de mí como nadie lo había hecho jamás, y yo no tuve escapatoria. Cuando terminé, no me lo pensé. Lo tumbé en la cama con violencia y empecé a chupar su pene erecto. Sabía a sexo, sabía a hombre. Y en cuestión de un minuto, él llegó al climax.

—¿Te ha gustado?

—Ha sido… increíble…

El jueves, le había prometido que le cambiaría la vida, pero no sabía yo que la que había cambiado era la mía.