Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 10
18%

Capítulo 10

Viernes night

El jueves me tocó la zona de los Geranios.

Es la zona más bonita de Simón Verde, la que da a la entrada, con sus parterres de geranios rojos y blancos y su césped perfecto.

Es también la zona donde más se ve a los residentes, así que me puse las botas buenas, me recogí el pelo en un moño decente y me dije a mí misma, muy seria: “hoy no pienso pensar en Martín. Hoy trabajo, que soy una paisajista profesional”.

Me duró el propósito hasta las diez.

Porque a las diez, sin previo aviso, apareció él bajando por el sendero de los Geranios con las manos en los bolsillos, una camisa remangada y esa sonrisa suya que me desarmaba. Se acercó despacio, se sentó en el banco de siempre, sin pedir permiso, y me miró trabajar.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —respondí, sin levantar la vista de los geranios.

—¿Qué tal va tu mañana?

—Bien. Ocupada. No tengo tiempo…

—Yo tampoco tengo tiempo. —Se recostó en el banco—. Pero he decidido que voy a hacer un sacrificio para estar aquí un rato.

—Martín, que estoy trabajando.

—Ya lo veo. —Se quedó un momento en silencio, mirándome—. Por cierto, estás preciosa podando geranios.

—No digas esas cosas.

—¿Cuáles?

—Esa, la de que estoy preciosa podando geranios.

—¿No es verdad?

—No es verdad. Estoy sudando y tengo tierra hasta en las cejas.

—Por eso. —Sonrió—. Estás preciosa, con tierra y todo.

Lo miré. Intenté mantener la cara seria, pero se me escapó. Se me escapó una sonrisa y él la vio, y se le iluminó la cara entera.

—Vale —dije, rindiéndome—. ¿Qué quieres?

—Quiero devolvértela. —Se puso de pie y se acercó—. Ese puchero estaba increíble. Quiero invitarte a cenar.

—¿A cenar?

—A cenar, sí. ¿Qué te parece si vamos a Triana? —Me miró, con esos ojos suyos—. Es que quiero cenar contigo y conozco un sitio que te va a gustar.

—¿Un sitio en Triana? —Me apoyé en el rastrillo, con una sonrisa—. ¿El pijo del ático conoce un sitio en Triana?

—Mi madre es de Triana, ¿recuerdas? —sonrió—, y me enseñó algunos sitiosmque no salen en las guías, los que tienen mantel de papel y el mejor pescaíto de Sevilla.

—¿Y por qué iba a querer yo cenar contigo en Triana?

—Porque te apetece. —Me miró, con esa calma suya—y porque no me lo has dicho todavía, pero se te nota.

No supe qué responder. Tenía razón, se me notaba un huevo la sonrisa que no podía quitarme de la cara y en que no paraba de mirarlo. Por mucho que me hiciera la tonta y lo negara, quería cenar con él en Triana.

—Vale —dije, con un suspiro—. Pero si me aburres, me voy.

—Si te aburres, te llevo a casa. —Sonrió—. Pero no te vas a aburrir, te lo prometo.

Y así fue como a las nueve de la noche me encontré cruzando el puente de Triana con el pijo del ático, con el corazón a mil y una sensación rarísima de estar haciendo algo que no debía y que me encantaba.

Había estado horas antes eligiendo la ropa que me iba a poner. Sí, se trataba de una cita, de una cita con el pijo y en realidad, no quería desentonar con él. No sabía si ponerme un vestido o unas bermudas… pero claro, yo no tenía ropa de marca, tenia ropa del Primark y del mercadillo.

Mi madre y mi abuela no paraban de mirarme con una sonrisilla y de decirme cosas: “da igual cómo vayas, estas preciosa”, “la ropa no importa, importa la percha” o “estás guapa con lo que te pongas".

Cuando ya por fin había decidido qué ponerme, un vestido fresquito y unos zapatos de tacón descubiertos, tenía otro reto: el pelo.

No sabía cómo peinarme. Él siempre me veía con el pelo recogido y ahora iba a salir con él.

Si me lo dejaba suelto iba a sudar como una puerca y si me lo recogía no parecería tan arreglada…

Al final, decidí por dejármelo suelto y hacerme unas pequeñas ondas con la plancha y me maquillé un poco, no mucho.

Triana era otra cosa. Triana olía a pescaíto, a azahar, a vida.

Las calles estrechas llenas de gente, los bares con mantel de papel y las voces de los vecinos.

Martín me llevó a un sitio pequeñito, en una callejuela, con una pequeña terraza al fresco y unas luces que titilaban como si fueran de otro tiempo.

—¿Qué te parece? —me preguntó, mientras nos sentábamos.

—Me parece que este sitio no lo conoce ni el dueño de Simón Verde.

—Por eso te he traído aquí —me miró—, para que veas que también sé de los sitios de verdad.

—¿Y por qué te importa que lo vea?

Se quedó un momento en silencio. Pidió dos cervezas y un plato de pescaíto, con una soltura que no me esperaba de él, y cuando la camarera se fue, me dijo:

—Porque me importa lo que piensas de mí, Candy. Me importa más de lo que piensas.

El corazón me dio un vuelco. Me quedé mirándolo, con la cerveza a medio camino y la boca seca.

—No tienes que demostrarme nada —dije.

—Lo sé, pero quiero. —Sonrió—. Quiero que me veas como soy, no como el hijo de mi padre. Quiero que veas que sé de pescaíto, que sé de Triana, que sé de cosas que no son negocios ni urbanizaciones y veas que, debajo del pijo del ático, hay un hombre.

No supe qué decir. Me llevé la cerveza a los labios, y él hizo lo mismo, y nos quedamos un momento en silencio, mirando la calle, el trasiego de la gente, las luces de Triana.

—Cuéntame algo de ti —dijo al fin.

—¿Qué quieres que te cuente?

—Cualquier cosa. Lo primero que se te ocurra. —Se inclinó hacia delante—. Quiero saber cosas de ti, Candy, cosas que no me hayas contado aún.

—¿Como qué?

—No sé. —Se quedó pensando—. ¿Cuál es tu recuerdo favorito?

Hice memoria y le conté una historia de cuando era pequeña, de los veranos en la azotea de mi casa con mi abuela, viendo las luces de Sevilla y comiendo sandía.

Le conté que mi padre se fue cuando yo tenía cinco años, que mi madre se tuvo que poner a trabajar, que la abuela nos crió a las dos.

Le conté que me había pagado el grado de paisajismo trabajando en un vivero desde los dieciocho años, que me había costado años, que me había costado lágrimas, pero que lo había conseguido.

Cuando terminé, Martín me estaba mirando con una expresión que no supe nombrar. Algo entre la admiración y la ternura.

—Eres increíble —dijo.

—No soy increíble, soy una tía normal que trabaja mucho.

—Por eso. —Me miró—. Eres la mujer más increíble que he conocido.

Y seguimos así, hablando, riéndonos, compartiendo el pescaíto y las cervezas, mientras la noche de Triana pasaba a nuestro alrededor.

—Oye —me dijo en un momento dado, mientras se limpiaba las manos con la servilleta—. ¿Tú sabes hacer tortilla de patatas?

Me quedé mirándolo, con la boca abierta.

—¿Perdona?

—Que si sabes hacer tortilla de patatas. —Se lo dijo con una naturalidad que me dejó helada—. Es que en Madrid no se come tortilla de verdad. Se come de las de la cafetería, las que vienen envasadas, frías, y yo nunca he probado una tortilla de patatas de verdad, de las de casa.

—¿Me estás diciendo —dije, con una calma que no sentía— que nunca has comido una tortilla de patatas de verdad?

Pensé que me estaba contando una trola que no se creía ni él, pero decidí entrar en el juego.

—No. Nunca. —Me miró, sin entender mi reacción—. ¿Es que eso está mal?

—¿Que si está mal? —dejé la cerveza en la mesa, con una dramatización que no me salió del todo fingida—.

Martín, hijo, una tortilla de patatas de verdad es una de las cosas más sagradas que existen en este país, y tú, a tus treinta y dos años, no la has probado nunca.

¿Cómo has podido vivir así? ¿Cómo has podido dormir por las noches?

Se rió con una risa abierta, sincera, que se le subió a los ojos.

—No sabía que era tan importante.

—¿Que si es importante? —Me incliné hacia delante, con los ojos brillantes—.

Una tortilla de patatas bien hecha, con la cebolla pochada, con el huevo cuajado en su punto, con la patata tierna...

eso es una delicia, Martín. ¡Eso es un manjar de los dioses!

Es lo que te hace levantarte por las mañanas.

—¿Y tú sabes hacerla?

—¿Que si sé hacerla? —me reí, con una seguridad que me salió del alma—. Soy del Cerro del Águila, miarma, sé hacer tortilla de patatas, pescaíto frito, puchero y hasta las torrijas de mi abuela. Mi madre dice que la tortilla que yo hago se la come hasta el alcalde.

Martín se quedó mirándome un momento y entonces dijo:

—Entonces tienes que hacérmela.

—¿Cuándo?

—Cuando quieras. —Me miró, con esos ojos suyos que brillaban a la luz de Triana—. Donde quieras: en tu casa o en la mía, me da igual, pero quiero probar la tortilla que hace la mujer que dice que la suya se la come hasta el alcalde.

Me lo pensé. Lo miré, con la cerveza en la mano, el corazón a mil y una sonrisa que no podía quitarme de la cara.

—El jueves —dije.

—¿El jueves?

—El jueves. —Me incliné hacia delante, con una sonrisa que se me subió a los ojos—. Te hago una tortilla que te va a cambiar la vida.

—¿Me estás prometiendo que me vas a cambiar la vida?

—Te lo estoy prometiendo. —Lo miré—. Y yo no prometo cosas que no pienso cumplir.

Nos quedamos mirándonos, sonriendo, con Triana a nuestro alrededor y el corazón a mil.

Yo, Candelaria Romero, jardinera del Cerro del Águila, sentada en una terraza de Triana con el pijo del ático, pensé que quizá no estaba mal del todo. Que aquel hombre que supuestamente nunca había probado una tortilla de patatas de verdad estaba empezando a gustarme más de lo que me convenía.

La cena se alargó hasta tarde. Hablamos de todo y de nada: de sus veranos en Sevilla, de su madre, de su hermana Alicia que vive en Nueva York, de su padre que no le hablaba de otra cosa más que de negocios y yo le hablé de mi madre, de mi abuela, del barrio, de mis plantas y de mis sueños.

Cuando salimos del bar, Triana brillaba con las luces de la calle, el río al fondo y el puente iluminado. Caminamos despacio, sin prisa, con las manos a dos centímetros de rozarse, sin atrevernos a tocarnos.

—Gracias por esta noche —me dijo, cuando llegamos a la entrada del puente—. Hacía mucho tiempo que no me reía así. Hacía mucho tiempo que no me sentía... yo.

—Yo también me lo he pasado muy bien. —Lo miré—. Aunque sigo sin creerme que no hayas probado la tortilla de patatas.

—Pues el jueves me la haces. —Sonrió—. Y me dices si he estado toda la vida perdiendo el tiempo en Madrid.

—Has estado toda la vida perdiendo el tiempo en Madrid. Eso te lo digo ya.

Se rió y nos quedamos un momento en silencio, mirándonos, con el puente de Triana a nuestra espalda y el río pasando debajo.

—¿Te llevo a casa? —me preguntó.

—Vale.

Nos montamos en su Mercedes. Un pedazo de coche increíble con un montón de pantallas, asientos de cuero y muchas lucecitas. Mientras íbamos a mi casa seguimos hablando, riéndonos, tan cerca pero tan lejos y sin atrevernos a tocarnos, y cuando llegamos a mi puerta, me giré, lo miré y le dije:

—Gracias, Martín por la cena. Gracias por todo.

—Gracias a ti —dijo, y me miró, con esos ojos suyos que me derretían— por hacerme sentir que puedo ser alguien que no sea el hijo de mi padre.

Y cuando ya entré en la casa, se fue.

Yo, desde mi puerta, con el corazón a mil, me di cuenta de que me había pasado toda la noche riéndome, había estado a gusto y que no había pensado en el miedo ni en los apellidos ni en las urbanizaciones, al revés. No quería que la noche acabara. Quería seguir estando así.

El jueves, la tortilla, pensé. Le había prometido que le cambiaría la vida y yo no prometo cosas que no pienso cumplir.

No sé cómo acabaría ese día, pero lo que sí sabía era que ya, pocas fuerzas me quedan para resistirme a sus encantos, que son muchos.