Capítulo 9
Lo que se calla en la noche
La cena fue un éxito. Mi madre sacó el puchero de las ocasiones, la abuela se tomó su vino mirando a Martín por encima de las gafas, y Martín, que no había comido puchero de verdad en su vida, repitió tres veces y se manchó la camisa de caldo.
Mi madre se rió. La abuela le dijo que ya era de la familia y yo, que había jurado no derretirme, me pasé la cena entera que se me caía todo, mirándolo comer, reír; mirándolo poner su mano sobre la mesa a dos centímetros de la mía casi rozándome.
Se fue a las doce. Lo acompañé hasta la puerta, me dio las gracias por la cena, me miró un momento y me dijo, con esa voz:
—¿Te puedo escribir esta noche?
—No prometo contestar.
—Me vale.
Y se fue y yo, que había dicho que no prometía contestar como la otra vez, me pasé hasta la una y media pegada al móvil, contestándole a todo. Hasta que me quedé frita con el móvil en la mano, con una sonrisa tonta que no se me quitaba de la cara.
Me desperté a las dos de la madrugada con el corazón a mil y una inquietud que no sabía de dónde salía.
No podía dormir, no podía estar quieta. Di vueltas en la cama, conté ovejas, conté geranios, intenté pensar en series de crímenes. Nada. El corazón me latía fuerte, sin motivo, como si algo se estuviera moviendo dentro de mí y no supiera pararlo.
No tuve más remedio que levantarme. Me puse las zapatillas de estar por casa y bajé a la cocina a por un vaso de leche. La casa estaba en silencio. El Cerro del Águila dormía, con sus luces apagadas y su olor a noche de verano entrando por la ventana.
Encendí la luz de la cocina, abrí la nevera y cuando me giré con el vaso de leche en la mano, casi me da algo.
La abuela Rosario estaba sentada en la mesa de la cocina con su camisón de flores, su abanico y su vaso de leche en la mano, mirándome con esos ojillos suyos que lo veían todo, incluso a las dos de la madrugada.
—Abuela. —Me llevé la mano al pecho—. Me has dado un susto.
—No te he dado ningún susto. Es que no me has oído. —Se tomó un sorbo de leche, con parsimonia—. ¿Qué haces despierta a estas horas?
—No puedo dormir.
—Ya veo. —Me miró, con esa sonrisa suya que se lo sabía todo—. ¿Y qué es lo que no te deja dormir, hija mía?
—Nada, el calor y los mosquitos.
—Los mosquitos, claro —se rió por lo bajo—, y yo, que creía que era un muchacho guapo que se ha comido tres platos de puchero en tu casa.
—Abuela.
—Abuela, abuela. —Dejó el vaso de leche en la mesa y me miró con una seriedad que no le había visto antes—. Siéntate, hija, que no te voy a morder.
Suspiré. Me senté enfrente, con mi vaso de leche, y me quedé mirando el líquido blanco como si fuera la cosa más interesante del mundo.
—¿Y a ti qué te pasa, abuela? —le pregunté, para cambiar de tema—. ¿Qué haces despierta a estas horas?
—Yo a estas horas estoy siempre despierta. A mi edad se duerme poco. —Se llevó el vaso de leche a los labios—. Pero mira, además, tenía ganas de hablar contigo.
—¿De qué?
—De eso que te quita el sueño.
Me quedé callada, no supe qué decir. La abuela me miró un momento, y entonces, con una calma que me desarmó, dijo:
—¿Te cuento una cosa? Hace muchos años, cuando yo tenía veintidós años, conocí a un hombre. Era pobre, más pobre que las ratas, que decía mi madre. Trabajaba en el muelle de Sevilla, cargando sacos, con las manos destrozadas y una sonrisa que no se le quitaba ni para dormir.
—El abuelo —dije, porque lo sabía.
—El abuelo. —Se rió, una risa suave, de las que le salen del pecho—. Tu abuelo José, y era el hombre más pobre y más bueno que he conocido en mi vida.
—¿Y cómo os conocisteis?
—En la feria de abril. —Se quedó mirando un punto fijo, como si viera la escena—. Él estaba con unos amigos en una caseta, y yo pasé por delante con mis primas. Me vio y me dijo, con esa boca suya de gitano viejo: “¿Te has perdido?”, y yo, que era una fresca, le dije: “No, que te he visto a ti”.
Me reí. Podía imaginármelo: mi abuela, joven y guapa, y mi abuelo, pobre y sonriente, en la feria de abril de Sevilla.
—¿Y qué pasó? —le pregunté.
—Pues que me enamoré. —Se tomó otro sorbo de leche—. Me enamoré de él como no he vuelto a enamorarme en mi vida, pero mi madre se puso enferma, muy enferma, y yo, que era la mayor, tuve que quedarme a cuidarla. No podía dejarla sola, no podía irme con José.
—¿Y él?
—Él me esperó. —La voz se le puso ronca, y me di cuenta de que la abuela, a sus ochenta y cinco años, seguía emocionándose con la historia—.
Me esperó dos años, hija, dos años. Mientras yo cuidaba a mi madre, él iba todos los domingos a mi casa, se sentaba en la puerta, y me miraba desde la calle.
Sin entrar y sin pedir nada. Solo para que yo supiera que seguía ahí, que seguía esperando.
Se me hizo un nudo en la garganta. No sabía esa parte de la historia. Nunca me la había contado así, con ese detalle.
—¿Y cuándo os casasteis? —pregunté, con la voz un poco ronca.
—Cuando mi madre se curó. —La abuela sonrió—. El día que la dieron de alta, fui a buscarlo. Estaba en el muelle, cargando sacos, con las manos destrozadas. Llegué, me paré delante de él y le dije: “¿Te has perdido?”, y él me miró con esos ojos suyos y me dijo: “No, te he encontrado a ti.”
Se me escapó una lágrima. Me la sequé con el dorso de la mano, sin que la abuela dijera nada. Ella se quedó un momento en silencio, mirando su vaso de leche y entonces soltó la frase, la frase que se me quedó grabada a fuego:
—El amor de verdad es el que te hace temblar las piernas con solo su presencia. Si no hace eso, no es amor.
La miré, me miró, y el silencio se quedó flotando en la cocina, entre mi vaso de leche y el suyo a las dos y media de la madrugada y el Cerro del Águila dormido.
—¿Y tú, abuela? —le pregunté, con la voz ronca—. ¿Te pasó eso?
—Mucho. —Me cogió la mano por encima de la mesa.
Tenía la piel arrugada y caliente, y me la apretó con una fuerza que no me esperaba—.
Mucho. Cada vez que lo veía en la puerta, cada domingo, sentía un algo por el cuerpo que no sabía explicar.
También tuve miedo de que se cansara, de que se fuera y de que todo aquello fuera demasiado bueno para ser verdad.
—¿Y cómo lo superaste?
—No lo superé, lo pasé. —Sonrió, con esa sonrisa suya que me conocía de toda la vida—. Lo pasé con él. Merecía la pena. Cada domingo en la puerta, cada mirada, cada “te he encontrado a ti”... merecía la pena, y va a merecer la pena el tuyo, hija.
El corazón me dio un vuelco. Me quedé mirándola, con la boca seca y las manos temblando sobre la mesa.
—¿El mío? ¿Qué mío? —dije, haciéndome la tonta.
—El tuyo, Candelaria —me apretó la mano—. El del muchacho de la camisa de lino. El que ha venido a tu casa a pedirte perdón por algo que no ha hecho.
—Abuela, no es mi...
—No me mientas, hija. Que he visto más amores que tú canicas. —Se rió—. Ese muchacho te pone nerviosa y te da miedo porque es de verdad, porque si no te diera miedo, sería un capricho y esto no es un capricho, Candelaria y si te gusta, sea quien sea, no debes de tener miedo. La vida es arriesgarse.
Me quedé callada. No supe qué decir. La abuela tenía razón, y me fastidiaba tener que dársela.
Me daba miedo, sí. Me podía nerviosa, sí.
¿Cómo no iba ponerme nerviosa ante tal monumento?
, pero me daba miedo que su padre tuviera razón y que yo no fuera suficiente, sobre todo, que aquello no fuera de verdad y se tratara de un simple juego de ricos.
—¿Y si me sale mal? —le pregunté, con la voz pequeña.
—¿Y si te sale bien? —Me miró—. Hija, el arriésgate, vive. El perder es el precio que se paga por las cosas buenas. Nadie tiene miedo de las cosas que no le importan. Si te da miedo, es que te importa y si te importa, es que ya no tienes remedio.
Se bebió el resto de la leche, se levantó de la mesa con una agilidad sorprendente para sus ochenta y cinco años y me dio un beso en la frente.
—Anda, vete a dormir, miarma. —Me sonrió—. Que mañana tienes que ir a ver al muchacho y a esas horas, con esas pintas, no le vas a gustar ni a los geranios.
—Abuela.
—Ya, ya. —Se fue hacia su cuarto, con abanico y desde la puerta se giró—. Pero no lo olvides, Candelaria: arriésgate, que merece la pena como el de todas las mujeres de esta casa que han amado con miedo y con todo.
Y se fue. Me quedé yo sola en la cocina, con mi vaso de leche ya casi vacío, la madrugada y las palabras de la abuela dándome vueltas en la cabeza.
Hay que arriesgarse, hay que vivir.
Me llevé el vaso de leche a los labios, estaba calentucho pero me lo bebí entero, mirando la ventana, pensando en un hombre con camisa de lino que me había mirado desde el sofá de mi salón como si yo fuera lo único que merecía la pena mirar.
Por primera vez en mucho tiempo, no tuve miedo de tener miedo.
Subí a la cama, me acosté y me quedé dormida con una sonrisa, pensando en el abuelo José esperando en la puerta dos años todos los domingos y en el pijo del ático que, quizá, estaba interesado en mí de verdad.