Capítulo 8
Lo siento
Llegué a casa con las botas llenas de hojas de naranjo, el orgullo intacto y el corazón hecho trozos.
Había pasado la tarde entera recogiendo hojas y dándole vueltas a la escena de la mañana.
A la mirada de Alberto Lombardo, lo que dijo: “esto no va a ningún lado” y, sobre todo, pensé en Martín, en cómo se había puesto delante de mí, cómo le había temblado la voz y cómo me había mirado cuando yo me había girado y me había ido.
No quería pensar en él. No quería pensar en nadie. Quería llegar a casa, meterme en la cama, ponerme una serie de crímenes y olvidarme de que existían los pijos, los apellidos y las urbanizaciones de lujo.
Subí las escaleras de mi calle arrastrando los pies.
El Cerro del Águila olía a fritura y a tarde de verano, y entre el olor a pescaíto y las voces de los vecinos, sentí que el mundo volvía a ser el mío.
Mi mundo. El de las casas pegadas, los macetones compartidos y la gente que no te miraba como si fueras una mancha en el mobiliario.
Llegué a mi puerta. Saqué las llaves y justo cuando iba a meterlas en la cerradura, la puerta se abrió.
Mi madre estaba delante, con la bata de flores, los ojos como platos y la boca abierta. Parecía que acabara de ver un fantasma, o a varios.
—Candy —dijo, con una voz rarísima, a medio camino entre el susto y el júbilo—. Hija. Tienes visita.
—¿Qué visita?
—No te asustes. Pero... —Se apartó, y con un gesto de la mano que era puro teatro, me señaló el salón—. Pasa, pasa y mira.
Entré y el corazón se me paró.
Martín estaba sentado en el sofá de mi salón.
Mi sofá. El de las fundas de flores que compró mi madre en el mercadillo.
El que tenía un muelle que se hundía si te sentabas en el lado derecho, el que olía a mi casa, a puchero, a vida, y ahí estaba Martín.
Con su camisa de lino, el pelo revuelto y las manos juntas sobre las rodillas, como un niño que ha hecho algo malo y ha venido a confesarlo.
No me lo podía creer.
—Martín —dije, y la voz me salió un poco ronca—. ¿Qué... qué haces aquí?
—Candy. —Se levantó del sofá, con una prisa que no le había visto nunca—. Lo siento, lo siento muchísimo. Lo que ha pasado con mi padre esta mañana… por todo.
—¿Cómo... cómo sabes dónde vivo?
—Se lo pregunté a don Matías. —Se pasó la mano por el pelo, nervioso—. Le dije que tenía que darte algo y no te encontré en el trabajo y... bueno, me dijo dónde vivías. Vine sin avisar, perdona.
—¿Y mi madre te ha abierto?
—Me ha abierto. —Miró hacia la cocina, donde se oía un trajín de cacharros—. Me ha hecho pasar y me ha hecho café.
Como si aquello fuera lo más normal del mundo, mi madre apareció en la puerta de la cocina con una bandeja con café, vasos de agua y un plato de tortitas que no sé de dónde había sacado en cinco minutos. Me miró con una sonrisa de oreja a oreja que lo decía todo.
—Hija, que se te ha puesto la cara de tonta —me susurró al pasar—.
Y este muchacho, que es muy guapo, lleva aquí sentado media hora esperándote.
Media hora en mi sofá. —Se rió por lo bajo—.
Que no es que me caiga mal, ¿eh? Es que me ha contado lo de su padre y lo del otro día y... hija, que este tiene un porte que…
—Mamá.
—Ya, ya. Hablad vosotros que yo me pongo con la cena.
Y se fue, con la bandeja de vuelta a la cocina y me quedé yo en medio del salón, con Martín de pie delante de mí, mirándome con esos ojos.
—Candy —dijo, y la voz le salió ronca—. No sabes cuánto lo siento.
—No tienes que disculparte por tu padre.
—Lo sé, pero lo siento de verdad. —Se acercó un paso—. Lo que te ha dicho esta mañana es... es imperdonable y yo no pude hacer nada. Me quedé pensando en ti todo el día. No podía trabajar.
—Martín...
—No me interrumpas, que si no, no me sale. —Sonrió, una sonrisa tímida, y se pasó la mano por el pelo—. Llevo todo el día queriendo decirte esto y he venido a decírtelo a tu casa, sin avisar, como un loco.
Se calló.
De detrás de la puerta del salón, con su vaso de vino en la mano y las gafas en la punta de la nariz, apareció la abuela Rosario. Se quedó mirando a Martín un momento, de arriba abajo, con esa mirada suya que todo lo ve.
—Así que ¿tú eres el que le lleva café a mi nieta? —dijo.
—Mmmm… ¿sí? —respondió Martín mirándome como si les hubiera contado un secreto—. Martín, mucho gusto.
—El gusto es mío, hijo. —La abuela se acercó y le dio dos besos en las mejillas. Luego se quedó mirando otro momento y asintió, como quien confirma una sospecha—. Eres un buen muchacho.
—Abuela, por favor...
—Digo lo que veo y lo que veo es un hombre que ha venido a tu casa, sin avisar, a disculparse por algo que no ha hecho. —Se tomó un sorbo de vino, con parsimonia—. Eso, hija, no lo hace cualquiera, eso lo hace alguien que tiene buen fondo, como yo dije desde el principio.
—Abuela, que solo ha venido a disculparse.
—Pues mira qué bien. Que se disculpe, que se disculpe. —Se giró hacia Martín con una sonrisa pícara—. Y tú, hijo, cuando te cases con mi nieta, me vas a invitar a un vino en esa terraza tuya tan bonita que me han dicho que tienes.
—Abuela...
—Yo me callo, yo me callo. —Se dio la vuelta y se fue hacia su butaca, con su vaso de vino, riéndose por lo bajo—. Pero conste que lo he dicho.
Nos quedamos solos. Martín y yo, en mi salón, con el sofá de las fundas de flores y el silencio entre nosotros.
—Tu abuela es increíble —dijo, con una sonrisa que se le subía a los ojos.
—Es una pesada.
—Es increíble. —Se rió—. Y tu madre que me ha hecho café y me ha preguntado por mi familia y por mis intenciones. —Se pasó la mano por el pelo—. Nadie me había preguntado nunca por mis intenciones, Candy.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no sé cuáles son pero quería venir a decirte que lo siento.
—Me miró, con una seriedad que me llegó al alma—.
Por mi padre. Él no tiene derecho a tratarte así.
Aunque seas una trabajadora con un trabajo humilde, no tiene derecho a tratarte con tal desprecio.
Simón Verde es Simón Verde gracias al trabajo que realizamos todos, y eso a veces, no se da cuenta mi padre.
El corazón me dio un vuelco. No es el típico pijo. Él sabe ver a las personas.
—Quiero que seamos amigos —dijo—. No he podido dejar de pensar en ti desde que te vi regañarme en el invernadero.
—Martín...
—No quiero que esto se estropee por mi padre. No quiero que se estropee por nada. —Se acercó otro paso, y ya estábamos muy cerca, demasiado cerca, en mi salón, con el olor a puchero y a café—. Yo no soy mi padre, Candy y no quiero que me juzgues por ser su hijo.
Lo miré. Estaba ahí, delante de mí, en mi salón, con el pelo revuelto y los ojos sinceros, pidiéndome perdón y yo, que había jurado no derretirme, que había jurado ser firme, que había llegado a casa pensando que no quería saber nada de pijos ni de apellidos... me derretí.
Se me derritió todo, el orgullo, la rabia y la coraza que llevaba años construyendo.
Se calló delante de él, delante de mi madre que se asomaba por la cocina, delante de mi abuela que se reía desde su butaca.
Me derretí entera, pero también me cabreé conmigo misma.
Menuda idiota. Menuda manera de estar firme.
—Vale —dije, con la voz un poco ronca—. Vale, te perdono.
—¿De verdad?
—De verdad. —Lo miré, y no pude evitar que se me escapara una sonrisa—. Pero si tu padre vuelve a llamarme barrendera o a faltarme el respeto lo echo yo de Simón Verde, y no me importa que sea el dueño.
Martín se rió. Una risa sincera, abierta, que se le subió a los ojos y me hizo algo rarísimo en el pecho.
—Hecho —dijo—. Y te ayudo a echarlo y nos despedimos a los dos.
Nos quedamos mirándonos, sonriendo, en mi salón, con el sofá de flores y el olor a cena de mi madre.
Y yo, Candelaria Romero, jardinera del Cerro del Águila, me di cuenta de que aquel hombre, el pijo del ático, el hijo del dueño, se había sentado en mi sofá y había venido a mi casa a pedirme perdón por algo que no había hecho y, a pesar de todo, de los apellidos, de las urbanizaciones y de los padres que miran por encima del hombro, quería que se quedara.
No se lo dije. Era muy pronto, pero se lo dije con la sonrisa y él, que la entendía, me la devolvió.
—¿Te quedas a cenar? —le pregunté, sin pensarlo.
—¿Me estás invitando?
—Te estoy preguntando.
—Me quedo —dijo, con una sonrisa que le iluminó la cara entera—. Me quedo todo lo que me dejes.
Y mi madre, desde la cocina, que lo había oído todo, sacó un plato más.