Capítulo 7
Don Dinero
El lunes volví a Simón Verde con el corazón en un puño y una sonrisa que no podía quitarme de la cara.
Había pasado el domingo entero dándole vueltas al ático, a la limonada, a la foto de la madre de Martín, al «¿te puedo escribir esta noche?
» que me había tenido pegada al móvil hasta las tantas.
Me había escrito y habíamos hablado hasta la una, y yo, que había jurado no contestar, le había contestado y me había dormido con el móvil en la mano con una sonrisa de tonta que mi madre no se atrevió a comentar.
—Candy, que hoy vienen los dueños —me avisó Pepín en cuanto llegué—. El padre de Lombardo está dando una vuelta por las obras. Dicen que quiere ver los avances.
—¿Y a mí qué me importa?
—Que te pongas las botas buenas, mujer. Que este tío es de los que miran hasta el color de las macetas —se ajustó el sombrero de paja—, y es de los que no dice «hola»: dice «¿y esto qué es?».
Me encogí de hombros y seguí con mi trabajo. Yo no tenía nada que temer de ningún dueño. Hacía bien mi trabajo, lo hacía con orgullo, y si alguien quería venir a mirarme las macetas, que viniera.
A media mañana, cuando estaba recogiendo las hojas caídas de los parterres con el rastrillo, oí unos pasos a mis espaldas. Pasos firmes, seguros, de tacón sobre el adoquín, como los de alguien que está acostumbrado a que todo el mundo se gire cuando entra.
Me giré.
El hombre que vi era la versión mayor de Martín.
Misma altura, misma estructura de hombros, misma manera de llenar el espacio.
Pero donde Martín tenía luz, este hombre tenía sombra.
Traje oscuro, impecable, pelo canoso peinado hacia atrás con un brillo de fijador caro, y una mirada que me recorrió de arriba abajo como quien hace un inventario de un trastero.
No sonreía ni saludaba, simplemente me miraba, con las manos en los bolsillos, como si yo fuera una pieza del mobiliario que no acababa de convencerle.
—Buenos días —dije, con la educación que me enseñó mi madre, que es mucha.
—¿La jardinera? —preguntó, sin devolverme el saludo.
—Candelaria Romero. Paisajista, sí.
—Ajá. —Me miró los pies, las manos, la cara. Me miró como se mira un geranio que no acaba de florecer—. Joven.
No era una pregunta. Era un veredicto. El mismo tono con el que se dice «esto hay que podarlo».
—Tengo veintisiete años y un grado en paisajismo. Llevo tres semanas trabajando en esta urbanización.
—Ya. —Se metió las manos en los bolsillos y miró a su alrededor, a los parterres, a las aceras, a las hojas que yo acababa de recoger—. Hay hojas caídas en las aceras, por toda la zona de los naranjos.
—Sí, las he visto. Las estaba recogiendo ahora.
—Pues deje de mirarlas y recójalas. Todas. —Señaló con la barbilla, sin mover las manos de los bolsillos—. Las aceras de Simón Verde tienen que estar impecables. Esto no es un secarral.
Me quedé quieta, con el rastrillo en la mano y el corazón subiéndome por la garganta.
No era el recado. Los recados los hago todos los días, y me da igual barrer hojas que podar geranios.
Era el tono. La manera de hablarme como si yo fuera una criada, como si mis años de trabajo y mi grado y mis uñas llenas de tierra no valieran nada.
—Las estaba recogiendo —repetí, con la voz más firme de lo que me esperaba—. Ya iba a por las de los naranjos.
—Pues vaya.
Y entonces lo vi.
Martín. Venía por el sendero, con la camisa de lino remangada y el pelo revuelto, pero no con su calma de siempre. Venía tenso, con la mandíbula apretada y los ojos clavados en su padre, como si estuviera conteniéndose algo.
—Buenos días —dijo, llegando a nuestro lado. La voz le salió más seca de lo que le había oído nunca—. Papá, ella es Candy.
Alberto Lombardo se giró hacia su hijo con una lentitud que lo decía todo.
—Martín. —No lo abrazó ni lo saludó. Lo miró de arriba abajo, igual que me había mirado a mí—. Te estaba buscando. Hay cosas que revisar en las obras.
—Ya. —Martín no le quitó los ojos de encima—. Yo te estaba buscando a ti. ¿Qué haces mandando a Candy recoger hojas?
—¿Perdona?
—Que qué haces mandando a Candy recoger hojas de las aceras. No es su trabajo, es de mantenimiento. Ella lo hace porque ella quiere aunque no sea su función.
Alberto Lombardo se quedó mirando a su hijo un momento y entonces soltó la frase, la frase que se me quedó grabada a fuego en el pecho:
—¿Esta no barre?
El mundo se me paró.
No lo dijo gritando, lo dijo con una calma terrible, con una sonrisa mínima, como quien suelta una pulla y espera a ver el efecto, yel efecto fue un puñetazo en el estómago.
Me quedé sin aire. Con el rastrillo en la mano, las orejas ardiendo y una rabia que me subía por el pecho como una mala hierba.
Martín se puso delante. No me tocó, pero se puso delante, entre su padre y yo, con la espalda recta y la mandíbula apretada.
—No le hables así —dijo. La voz le temblaba un poco, como de rabia—. No le hables así a ella ni a nadie.
—¿Ah, no? —Alberto Lombardo no se inmutó—. ¿Y cómo quieres que le hable? ¿Cómo le hablas tú? Porque me han dicho que la tratas como si fuera una inquilina de la urbanización.
—Candy es paisajista. Tiene un grado y lleva tres semanas haciendo su trabajo y no es una barrendera. No es “esta”. Se llama Candelaria.
—No me digas. —El padre sonrió, sin calidez ninguna—. Pues muy bien. Candelaria. —Pronunció mi nombre como quien pronuncia una palabra extranjera que no le interesa—. Candelaria, ¿quiere hacer el favor de ir a recoger las hojas de las aceras? Que las quiero impecables para mañana.
Se quedó mirándome. Martín se quedó mirándome y nos quedamos los dos esperando.
Yo, con el rastrillo en la mano, el corazón a mil y el orgullo tocado, respiré hondo. Me quité los guantes despacio. Me los puse bien y los ajusté y le dije con la voz más firme que había tenido en mi vida, la frase que me había estado preparando sin saberlo desde que tenía memoria:
—Yo no soy “esta”. Yo me llamo Candelaria, tal y como le he dicho.
Tengo un grado en paisajismo y trabajo desde los dieciocho años.
—Lo miré a los ojos, sin pestañear—. Y las hojas de las aceras ya las estaba recogiendo, pero no porque me lo mande usted, sino porque me gusta ayudar en las funciones de mis compañeros.
Alberto Lombardo me miró. No dijo nada. Durante unos segundos que se me hicieron eternos, me sostuvo la mirada con una frialdad que me heló los huesos pero entonces, con la misma lentitud con la que había llegado, se giró hacia su hijo.
—Esto no va a ningún lado —dijo, y se fue.
Se fue caminando con sus pasos firmes, con las manos en los bolsillos sin mirar atrás, y yo me quedé ahí, en medio de los parterres, con el rastrillo en la mano con las piernas temblorosas de rabia, de una rabia que me subía hasta la garganta y me pedía salir.
—Candy —dijo Martín, acercándose. Me puso una mano en el brazo, con cuidado—. Candy, lo siento, lo siento muchísimo.
—No tienes que disculparte por tu padre. —Retiré el brazo, sin mirarlo—. Yo hago mi trabajo y punto.
—Candy, mírame.
Lo miré. Tenía los ojos llenos de algo que no supe nombrar. Vergüenza, quizás, rabia o impotencia.
—Me da igual lo que diga —dijo, con la voz baja—. Me da igual. Lo que te ha dicho es... es horrible y no es verdad. Tú eres la mejor paisajista que he visto en mi vida y muy trabajadora.
—No me consueles, Martín.
—No te consuelo, te digo la verdad. —Se pasó la mano por el pelo, nervioso—. Yo no soy mi padre y no pienso como él. No pienso dejar que nadie te trate así, ni siquiera él.
Lo miré. Estaba de pie delante de mí, con el sol de pleno Agosto dándole en la cara y la mandíbula apretada, y por primera vez vi al hombre que había detrás del pijo del ático. Al hombre que se ponía delante de su padre por una jardinera. Por mí.
—Gracias —dije, con la voz un poco ronca—. Pero no hace falta que me defiendas, sé defender sola.
—Ya lo he visto. —sonrió—. Has estado magnífica. “Yo me llamo Candelaria”... le ha temblado la mano, ¿sabes? A mi padre, se le ha notado.
—No le ha temblado nada.
—Que sí… —Se acercó un paso—. No está acostumbrado a que nadie le plante cara y tú lo has hecho delante de mí con mucho estilo y educación.
No supe qué responder. Me quedé ahí sin saber qué hacer y entonces, sin decir nada más, me giré y me fui. Caminé hacia los naranjos, con las botas pisando fuerte sobre el adoquín, con la espalda recta y el orgullo intacto.
—¡Candy! —me llamó él desde atrás.
No me giré. Pero levanté la mano, sin mirar atrás, en un gesto que quería decir: estoy bien.
Seguí caminando. Las hojas de los naranjos estaban por todas partes, doradas y secas, crujiendo bajo las botas. Cogí el rastrillo y empecé a recogerlas con calma y con dignidad.
«Yo no soy esta. Yo me llamo Candelaria, tengo un grado y trabajo desde los 18 años.»
Me lo repetí a mí misma mientras barría, como una oración, porque era verdad.
Me había costado mucho trabajo y dinero el grado y ese pijo se piensa que mi trabajo no es tan importante como el suyo.
Pensé en las palabras de Pepín: Están los que miran y los que trabajan y los que se creen que los jardines se mantienen solos.