Capítulo 6
Lo que se ve desde la terraza
El sábado a las diez de la mañana llamé al interfono del ático de Simón Verde con el corazón en la garganta y una cinta métrica en la mano.
Me había puesto unos vaqueros limpios, una camiseta blanca y me había recogido el pelo en un moño que me salió demasiado perfecto, que era como mi cuerpo le estaba contando a todo el mundo que aquello no era un simple trabajo de jardinería.
La voz de Martín sonó por el interfono, grave y ronca, como si acabara de despertarse:
—Sube, sube. Te estaba esperando.
El ascensor era de esos que parecen de hotel cinco estrellas, con espejos biselados y luces cálidas y una música de ascensor que sonaba a caro.
Me miré en el espejo, me pasé la mano por el moño, respiré hondo y pensé: Candelaria Romero, tú has venido aquí a tomar medidas. Nada más. Medidas y de vuelta a casa.
La puerta del ático se abrió antes de que terminara de llamar. Martín estaba ahí, con vaqueros, una camiseta de rayas y el pelo revuelto, recién salido de la ducha. Descalzo, claro.
—Bienvenida a mi humilde morada —dijo, abriendo el paso con un gesto teatral.
Entré y me quedé muda. El salón era enorme, con ventanales de suelo a techo que abrazaban toda Sevilla.
La Giralda asomando entre los tejados, la Torre Pelli imponente al fondo y la plaza de España extendiéndose como una postal.
Una cocina americana que parecía sacada de una revista, con muebles modernos, minimalistas, que probablemente costaban más que mi sueldo de todo un año.
—Es bonito —dije, y sonó tan ridículamente insuficiente que casi me reí.
—Es alquilado y está prácticamente vacío. No he traído casi nada de Madrid.
—¿Cuánto tiempo vas a estar?
—No lo sé, unos meses o más, depende de cómo vaya el proyecto.
Mis ojos se detuvieron en la terraza. Era enorme y estaba prácticamente vacía, solo una mesa de madera y dos sillas blancas con unas vistas que quitarían el hipo a cualquiera.
—Ahí es donde quiero plantar los geranios —dijo—. Y lo que tú digas, tú eres la experta.
Caminé hacia la terraza. Desde allí, Sevilla parecía un juguete. Se veía todo: el río Guadalquivir serpenteando, el Alamillo al fondo, Triana… y abajo, los jardines de Simón Verde, perfectamente cuidados, con sus setos geométricos y sus fuentes.
—Las vistas son increíbles —dije, casi sin querer.
—Sí, son bonitas. —Pero no miraba las vistas, me miraba a mí.
—Martín, deja de mirarme así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera un cuadro.
—Perdona. —Apartó la mirada, pero sonriendo—. Es que no estoy acostumbrado a tener estas vistas en casa.
—¿Ah, no? ¿Y la novia de Madrid?
—No tengo novia.
—¿Y alguna amiga?
—Tampoco. —Se apoyó en la barandilla—. Llevo dos años solo sin pareja ni nada que se le aproxime.
—¿Y por qué?
—Porque no he encontrado a nadie que me hiciera querer dejar de estar solo.
El silencio se quedó flotando entre nosotros como una pompa de jabón. Un pájaro pasó volando. Alguien cortaba el césped abajo. El sonido de una ciudad que despertaba.
—Bueno —dije, carraspeando, sacando la cinta métrica del bolsillo—. Vamos a tomar medidas.
Y me puse a trabajar. Medí la terraza de punta a punta, apunté los largos y los anchos en una libreta, hice un croquis rápido con los puntos donde quería poner los geranios, las buganvillas, los tiestos de romero y tomillo.
Martín se quedó sentado en una de las sillas blancas, con su vaso de limonada en la mano, mirándome trabajar.
La limonada me la había preparado él. En un vaso alto, con hielo y una ramita de hierbabuena, que era un detalle que no me esperaba de un pijo. La probé. Estaba perfecta, ni muy dulce ni muy ácida, con el punto justo de limón.
—¿Qué es esto? —le pregunté, levantando el vaso.
—Limonada. Como te dije.
—¿Y la hierbabuena?
—Mi madre me enseñó. Dice que una limonada sin hierbabuena es como un abrazo sin apretar.
Me reí. Un pijo con limonada de hierbabuena era lo último que me esperaba.
Pasamos la mañana así. Yo midiendo, apuntando, moviendo los tiestos imaginarios de un lado a otro. Él sentado, mirándome, respondiendo cuando yo le preguntaba algo, y en algún momento, sin que yo supiera muy bien cómo, la conversación se fue volviendo más profunda.
—¿Y por qué te gusta esto? —me preguntó—. Las plantas, los jardines…
—No lo sé. —Me quedé pensando, con la cinta métrica en la mano—. Supongo que porque es lo único que no te juzga. Puedes estar fatal, destrozada, con el corazón roto, y una planta no te pregunta nada, solo te da flores si la cuidas. Es como si te dijera: vale, sigue, merece la pena.
Martín se quedó mirándome un momento, no dijo nada pero me miró de una manera que me hizo sentir que realmente me estaba escuchando, como si hubiera entendido algo de mí que yo no le había contado.
—¿Y a ti? —le pregunté, para devolverle el golpe—. ¿Por qué las plantas? ¿Por qué los geranios?
Se quedó un momento en silencio. Miró la terraza vacía, las vistas, Sevilla entera a sus pies, y entonces dijo, con una voz distinta, más baja y sincera:
—Porque mi madre es de Sevilla. En su casa de Triana había geranios en todas las ventanas.
Cuando era pequeño, me pasaba los veranos aquí, con ella, y los geranios estaban siempre ahí.
Cuando volví a Madrid, se me olvidó, pero cuando he vuelto a Sevilla, lo primero que vi al llegar fue la terraza vacía y pensé: aquí falta algo.
—Se giró hacia mí—. Aquí falta mi madre y unos geranios.
Me quedé callada. No me esperaba que el pijo del ático, el hijo del dueño, me hablara de su madre con esa voz.
—¿Y tu madre? —pregunté, con cuidado.
—Vive en Madrid con mi padre. —Se bebió un trago de limonada—. A ella no le gusta Madrid para nada, pero lleva treinta años allí porque es lo que se espera de ella, y yo, que soy su hijo, no sé cómo sacarla de ahí.
El corazón me dio un vuelco. No era la primera vez que veía al hombre detrás del bañador, pero era la primera vez que lo veía así: vulnerable, sincero y en su casa.
—¿Me enseñas una foto de tu madre? —le pedí, no sé por qué.
Martín dudó un momento. Luego sacó el móvil y se puso a buscar y entonces, con una lentitud que me llegó al alma, se sentó a mi lado en la terraza y me enseñó la pantalla.
Era una mujer joven, morena, con el pelo recogido y una sonrisa de las que no se pueden fingir. Estaba de pie en una ventana con geranios, en una calle estrecha de Sevilla, con la luz de la tarde dándole en la cara. Tenía la misma mirada que Martín, la misma luz.
—Es preciosa —dije, y no me refería solo a la foto.
—Es mi madre de joven en Triana. —Su voz sonó distinta, más suave—. Nunca había enseñado estas fotos a nadie.
Me giré hacia él. Estábamos sentados demasiado cerca. Podía oler su colonia, un aroma limpio, a madera y a algo cítrico. Ese olor a hombre que no se compra en ninguna tienda y empezaron a temblarme las piernas.
—¿Nunca? —pregunté, con la voz un poco ronca.
—Nunca. —Me miró. Sus ojos, a centímetros de los míos, me desnudaban sin tocarme—. No sé por qué te las he enseñado a ti, pero me apetecía hacerlo
El silencio se quedó flotando entre nosotros. Un silencio distinto. Podía oír mi propio corazón latiendo, acelerándose, como si quisiera salirse del pecho y contarle algo que mi boca no se atrevía a decir.
—Candy —dijo Martín, con esa voz grave que me derretía.
—¿Qué?
—Gracias —se pasó la mano por el pelo, un gesto nervioso que no le había visto—, gracias por venir un sábado, por medir la terraza y por escucharme. Nadie me escucha nunca, Candy. Nadie me pregunta por mi madre ni me mira como me miras tú.
No supe qué responder. Me quedé ahí, sentada a su lado, con el corazón desbocado y una certeza que no quería admitir: que aquel hombre, el pijo del ático, el hijo del dueño, me estaba mirando como nadie me había mirado nunca.
Pasamos el resto de la mañana así. Yo terminé de tomar medidas, le expliqué dónde pondría los geranios, dónde las buganvillas, dónde los tiestos de romero. Él escuchaba, asentía y me preguntaba cosas, y yo, sin darme cuenta, fui olvidando que era el hijo del dueño y empecé a ver solo al hombre.
Cuando ya me estaba yendo, con la libreta llena de medidas y el corazón lleno de algo que no sabía nombrar, me detuve en la puerta del ático. Martín estaba detrás de mí, en el marco de la puerta.
—Candy —me dijo.
Me giré. Estábamos a un paso de distancia. Demasiado cerca, tan cerca que me fijé en la sombra de su barba, la curva de su sonrisa y de los ojos marrones que me miraban con una intensidad que me dejó sin aire.
—¿Te puedo escribir esta noche?
El corazón me dio un vuelco. Me quedé quieta, mirándolo, con la mano en el pomo de la puerta y la libreta apretada contra el pecho.
—No prometo contestar —dije.
Pero sonreí y él lo vio.
—Me vale —dijo él, con una sonrisa que se le subió a los ojos.
En el ascensor de vuelta a la planta baja, con la libreta en la mano y el corazón en la garganta, me di cuenta de que había pasado algo, algo que no había planeado y que no había querido.
El pijo del ático me había enseñado una foto de su madreque nunca la había enseñado a nadie.
Y yo, Candelaria Romero, jardinera de Simón Verde, me había quedado sin aliento.
Sonreía, no podía evitarlo. Sonreía como una tonta, con la frente pegada al espejo del ascensor, pensando en una foto de una mujer joven en una ventana con geranios, en una limonada con hierbabuena, en una terraza vacía que iba a llenar de flores y en un hombre que me había dicho que nadie le miraba como le miraba yo.
Menudo lío.