Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Lo que dice la Roci

Esa noche Rocío y yo quedamos en la Alameda.

La Alameda de Hércules es de esos sitios que se inventó Sevilla para que la gente se sentara a hablar de la vida y de los hombres mientras tomaban algo, vamos, como el resto de Sevilla, pero con más columnas romanas y más árboles.

Me senté en la terraza de uno de esos bares de la zona, con una cerveza bien fría y un plato de aceitunas que se me antojó después de dos días de geranios y de pijos.

Rocío llegó puntual, como siempre que hay cotilleo de por medio, con su vestido rojo, sus pendientes de bisutería llamativa y esa sonrisa suya de las que no dejan títere con cabeza.

Se sentó, pidió una cerveza sin que le preguntara, me miró de arriba abajo y fue directa al grano, como ella hace siempre:

—Vale. Cuéntame, que te veo con una cara de no haber podido dormir desde hace días y eso solo puede significar una cosa.

—No me veo la cara de nada.

—Te veo la cara de como la de alguien a la que algo le quita el sueño... —se llevó la cerveza a los labios y me miró por encima del borde—, y no me vengas con que es el calor, que en agosto estamos todos igual.Eso es otra cosa, es cara de hombre.

Suspiré. No había manera de esconderle nada a Rocío. Me lo pasé muy bien intentándolo durante años, pero siempre acababa pillándome.

—Vale. —Me bebí medio vaso de cerveza de golpe, para darme valor—. Ha pasado algo en el trabajo.

—¿Qué? ¿Te han despedido?

—No. Peor tía. He conocido a alguien.

Rocío abrió los ojos como platos. Dejó la cerveza en la mesa y se inclinó hacia delante, con esa cara suya de cotilleo que me conozco de memoria.

—¿Alguien? ¿En Simón Verde? ¿Un jardinero?

—No es jardinero.

—¿Un guardia de seguridad? Ah, sí, que me dijiste que había uno muy majo, el exmilitar...

—No es el guardia de seguridad.

—¿Pues quién? —Se tomó un sorbo, con una paciencia que no tenía—. Candy, hija, que me tienes en ascuas, suéltalo ya.

Me lo pensé, me lo pensé mucho porque sabía que en cuanto lo dijera, Rocío no me iba a dejar en paz ni un segundo, pero también sabía que no había manera de callarlo, porque Rocío era capaz de sacármelo con pinzas.

—Es el hijo del dueño —dije, de una tirada—. Martín, “el pijo del ático”.

El silencio que se hizo en la mesa duró lo que tarda en caerse una aceituna al suelo. Rocío se quedó mirándome con la boca abierta, la cerveza a medio camino y los ojos como dos platos.

—¿El hijo del dueño? —repitió, despacio, como si estuviera saboreando la frase—. ¿El pijo del ático? ¿El que es dueño de todo Simón Verde?

—Dueño no, el hijo y no es dueño de nada. Bueno, es el que manda, más o menos.

—Y tú, la jardinera.

—Y yo, la jardinera. —Me bebí otro trago—. Pero no ha pasado nada, nada de nada. Se sienta en el banco, me mira, me trae café... pero no ha pasado nada.

—Te ha traído café. —Rocío dejó la cerveza en la mesa y se cruzó de brazos, con esa cara suya de juez que no admite réplica—. Y tú dices que no ha pasado nada.

—No ha pasado nada. Te lo juro por lo más sagrado.

—¿Por lo más sagrado? ¿Por la Esperanza Macarena?

—Por la Esperanza Macarena. —Me persigné, para que quedara claro—. No me gusta, es un pijo y yo no me lío con pijos.

Rocío se quedó mirándome un momento sin decir nada, y entonces se echó a reír. Una risa escandalosa, de las suyas, que se oyó en toda la Alameda y que hizo que un par de mesas se giraran a mirarnos.

—¿Ese es el pijo de la foto que me mandaste? —me dijo, cuando pudo respirar.

—Si, es que es muy simpático, terriblemente simpático.

—¿Terriblemente simpático? ¿Tú? ¿La que llama pijos a todos los que viven en un chalé? ¿La que dice que los que miran son ellos y los que trabajan somos nosotros? —Se inclinó hacia delante, con los ojos brillantes—. Te ha hechizado, Candy. Te ha hechizado y no te has dado ni cuenta.

—No me ha hechizado. Es que es... es que es...

—Es que es guapo. Dilo. Dilo y te sentirás mejor.

—Es que es guapo. —Lo solté de una tirada, y sentí un alivio rarísimo—. Está super bueno, Rocío. Tiene una sonrisa que te desarma, una voz y unos ojos que cuando dice mi nombre me entra un no sé qué por el cuerpo que no puedo controlar.

Rocío me miró con una ternura que me desarmó. Se acabó la cerveza de un trago, pidió dos más y me dijo:

—Candy, hija mía de mi vida, escúchame. Te voy a decir una cosa: ese tío te ha traído café .

se ha sentado a mirarte trabajar, te ha dicho que bajará a las ocho para traértelo caliente —Me cogió la mano por encima de la mesa—.

Eso no es casualidad, es un hombre que quiere echarte la caña y ver si picas…

—Pero es el hijo del dueño.

—Y tú eres la jardinera, y qué. ¿Y qué? ¿Acaso no puede querer a la jardinera? ¿Acaso no puede bajarse del ático y sentarse en un banco? ¿Acaso no puede enamorarse de ti, Candelaria Romero, con tus uñas llenas de tierra y tu boca de tomate?

—Eso no pasa en la vida real.

—Eso pasa en las películas y tú eres de las que lloran en las películas, así que no me vengas con esas.

—Se bebió medio vaso—. Tú lo que tienes es miedo y no te lo reprocho porque los pijos dan miedo.

Pero no todos los pijos son iguales, Candy, y este parece que no es de los que se creen el rey del mambo. Este es de los que se han fijado en ti.

No supe qué responder porque Rocío tenía razón, y me fastidiaba tener que dársela.

Me había pasado toda la mañana intentando convencerme de que el café no significaba nada, de que el banco no significaba nada, de que la sonrisa no significaba nada, y Rocío, con dos cervezas y media hora de conversación, me había puesto delante el espejo que yo no quería mirar.

—¿Y qué hago? —le pregunté, porque no se me ocurría nada mejor.

—Nada, no hagas nada, deja que él lo haga. —Me guiñó un ojo—. Si mañana te trae el café caliente a las ocho, cógelo. Sonríe y no pienses, y sobre todo, no me lo cuentes todo, porque me da envidia y yo tengo a Manuel que todavía no da el paso para pedirme que me case con él desde hace ocho años.

Nos reímos las dos.

Fue entonces cuando sonó el móvil.

Un mensaje. Lo cogí, y lo leí. Mi corazón, que ya estaba a mil, se puso a dos mil.

Era Martín:

«Hola, soy Martín. Le he pedido a Pepín que me diera tu número, pero que no te moleste. ¿Los geranios se riegan cada cuánto?»

Me quedé mirando la pantalla, con la boca seca y el corazón desbocado. Claro, Pepín dando mi número de telefono. Rocío, que lo veía todo, se inclinó para leer por encima de mi hombro y soltó una risa que se oyó en toda la Alameda.

—¿Los geranios se riegan cada cuánto? —repitió, con una alegría que me contagió—. Candy, hija, un pijo no pregunta eso, un pijo tiene súper móviles con última tecnolocía que te lo da todo hecho. Te pregunta eso para tener una excusa para hablar contigo, está más claro que el agua.

—Es una pregunta normal para una jardinera.

—Es una pregunta de ligue. De las buenas. De las que se hacen para no parecer un ligue. —Se apoyó en la mesa, con los ojos brillantes—. Y tú, ¿qué vas a contestarle?

—Que no sé, ¿que estoy ocupada, por ejemplo?

—Vas a contestarle —Me miró con una firmeza que no admitía réplica—. Te ha preguntado por los geranios porque todo el mundo quiere geranios en sus terrazas de lujo. Pero tienes que intentar entrar en ese ático para cotillear, a ver si tiene algunas fotos, o recuerdos de los sitios donde ha viajado…

—¿Cotillearle?

—Claro. Además, mira si se ríe contigo o de ti. —Se bebió el resto de la cerveza—. Y si es de verdad, Candy, entonces ya no será un pijo, será un hombre al que quizás le gustes de verdad.

Le di la razón, no tuve más remedio y le escribí a Martín una respuesta que me salió del alma, sin pensarla demasiado:

«Los geranios se riegan dos veces por semana en verano, pero si quieres que te lo explique bien, tendrás que bajar al jardín.»

La respuesta llegó en menos de un minuto.

«¿Y si me lo explicas en mi terraza? Tengo la terraza vacía y un presupuesto para plantas. ¿Te importaría venir a decorarla?»

Me quedé mirando el móvil. El corazón me latía tan fuerte que creí que se me iba a salir por la garganta. Rocío leyó el mensaje por encima de mi hombro y soltó un grito que se oyó en toda la Alameda. La jodía había dado en el clavo.

—¡TE ESTÁ PIDIENDO QUE SUBAS A SU ÁTICO! —gritó, con las manos en la cabeza—. ¡A SOLAS! ¡PARA DECORARLE LA TERRAZA! ¡CANDY, HIJA DE MI VIDA, ESTO ES LO MÁS GRANDE QUE ME TE PASADO EN AÑOS!

—No es lo más grande que Me ha pasado. Es una pregunta de jardinería.

—¡ES UNA PREGUNTA DE LIGUE! ¡DE LAS BUENAS!

—No le he dicho nada, le he dicho que baje a explicarle lo de los geranios.

—¡ES LO MISMO! —Se llevó las manos a la cabeza, con una alegría de las suyas—.

¡Candy, miarma, que se te está poniendo cara de la que va a subir a un ático a decorarle la terraza a un tío buenorro que te trae café!

¡Y tú, con la cara de la que no quiere, pero quiere!

¡Que se te nota! ¡Que se te nota hasta en la forma de beberte la cerveza!

No supe si reírme o esconderme debajo de la mesa. Opté por beberme la cerveza de un trago, que era lo único que se me ocurría hacer.

—Todavía no he dicho que sí —dije, defendiéndome.

—Pero lo vas a hacer. —Me miró con una sonrisa de las suyas, que se le subía a los ojos—. No me digas que no te apetece…. Claro, te da miedo, pero te apetece y porque yo, tu mejor amiga, te lo voy a decir una vez: sube, Candy. Sube a esa terraza y bichea, y si es de verdad, ya me contarás.

Le escribí a Martín.

«Vale, el sábado te ayudo con la terraza.»

Me respondió en menos de diez segundos, con un mensaje que se me quedó grabado en el corazón:

«Vale. Te espero con limonada.»

Y yo en la Alameda de Hércules con la cerveza en la mano y el corazón en la garganta, pensé que quizá Rocío tenía razón y que quizá, solo quizá, yo había decidido también dejarme llevar. En menudo lío me estaba metiendo.