Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Café para la jardinera

La estrategia de no mirar hacia el ático duró exactamente tres cuartos de hora y habría durado más de no ser porque a eso de las diez y media oí unos pasos por el sendero de los parterres.

Pasos tranquilos, de tacón sobre el adoquín, sin prisa.

Los pasos de un hombre que no tiene que rendir cuentas a nadie.

No levanté la vista. Me quedé podando el mismo geranio, el que ya estaba podado, fingiendo una concentración absoluta en una rama que no necesitaba podarse.

Oí cómo los pasos se paraban a mi lado. Olí, antes de verlo, ese perfume caro, de los que por el precio de uno te compras cien en el Mercadona.

—Buenos días —dijo Martín.

Levanté la vista con la cara más seria que pude poner, que era mucha. Ahí estaba, de pie, con dos cafés en las manos, uno en cada una, la camisa de lino de ayer con las mangas remangadas y esa sonrisa de revista.

—¿Otra vez tú? —dije, con todo el desprecio que pude reunir.

—Otra vez yo. —Se sentó en el banco de madera que había junto a los parterres, con una naturalidad de quien se sienta en su propio salón—, y con provisiones.

—No tengo hambre.

—Es  sólo café.

—No me apetece, gracias.

—Ya. —Se quedó un momento en silencio, mirándome con esos ojos que me ponía de los nervios—. Pero el de ayer te lo bebiste entero. Lo vi desde la terraza. Te lo bebiste y te quedaste mirando la entrada como si te hubieras dejado algo.

Me puse roja no, rojísima. Me subió el calor por el cuello, por las orejas, hasta las raíces del pelo, y me maldije a mí misma, a mi cara, a mis orejas, a todo mi cuerpo que no sabe guardar un secreto.

—No sé a qué te refires…  Estaría descansando.

—Claro, descansando con los ojos puestos en la entrada. —Sonrió y puso uno de los cafés en el extremo del banco, como quien deja una ofrenda—. Te lo dejo ahí por si te arrepientes.

No me dijo nada más. Se quedó sentado en el banco, con su café en la mano, mirando el jardín con un interés  que me desarmó por completo.

No me miraba a mí. Miraba los setos, los parterres, la fuente, el cielo de Sevilla, como si no tuviera nada mejor que hacer que contemplar el paisaje a las diez y media de la mañana de un martes.

Intenté seguir trabajando. Me dediqué a los geranios, arrancando ramas secas con una furia que no sé de dónde salía, pero no podía evitar ser consciente de él estaba allí, de su presencia, del olor de su colonia flotando en el aire.

, del hecho de que estaba sentado en mi banco, en mi zona de trabajo, como si fuera lo más natural del mundo.

—¿Qué haces aquí? —le solté, porque no pude aguantar más.

—¿Yo? Estoy tomando el café.

—Tienes un ático entero para tomar el café. Con terraza, vistas,  aire acondicionado…

—Sí. Pero aquí hay mejor compañía.

—No la hay. Estás solo y yo estoy trabajando.

—Compañía no es sinónimo de que te hablen. —Se bebió un sorbo de café—. A veces la mejor compañía es alguien que trabaja cerca y que no te mira, aunque tú no puedas dejar de mirarla.

Me quedé muda. Con la podadora en el aire y la boca abierta, intentando procesar lo que acababa de decir. Me lo había dicho mirándome a los ojos, con una naturalidad que no admitía réplica, como si fuera lo más normal del mundo decirle a una jardinera que la estás mirando desde hace días.

—Eso es... —empecé, buscando la palabra—. Eso es acoso laboral o algo así.

—No es acoso, es admiración y si te parece acoso, me voy —hizo ademán de levantarse..

—Quédate. —Me salió solo, sin pensarlo, y me odié por ello—. Quiero decir... quédate con tu café. No te lo lleves que me lo pienso beber.

Sonrió. Esa sonrisa suya, la de la diversión, la que se le subía a los ojos y le cambiaba la cara. Se sentó de nuevo, recogió su café y se quedó en silencio, mirándome trabajar, pero  entonces llegó Pepín.

Salió de entre los setos como un fantasma con sombrero de paja, con el rastrillo al hombro y una sonrisa de oreja a oreja que lo delataba. Se acercó al banco, se quitó el sombrero y le dio a Martín una inclinación de cabeza que cual japonés.

—Buenos días, don Martín —dijo, con una solemnidad que era toda una actuación—. Veo que ha bajado usted a tomar el fresco.

—Buenos días, Pepín. Sí, hace un día espléndido —Martín le sonrió con una naturalidad que no esperaba de un pijo—, y la compañía es excelente.

—Ya, ya lo veo. —Pepín se giró hacia mí, con esos ojillos brillantes—. Candy, miarma, que se te ha puesto la cara como un tomate…

—Es el sol, Pepín. Es agosto.

—Agosto, claro…. —Se rió por lo bajo, y se dirigió a Martín con la confianza de los que llevan media vida en el mismo sitio—. Mire usted, don Martín, esta niña es delo más trabajadora, y es que cuando se pone nerviosa, poda, y mire usted cómo está ese geranio. Lo ha dejao más tieso que una mojama.

Me giré hacia el geranio. Era cierto. Lo había dejado pelado, casi sin ramas, con dos hojas tristes temblando al viento como pidiendo auxilio.

—Es que estaba enfermo —dije, defendiéndome.

—Estaba sanísimo, miarma, sanísimo. —Pepín se agachó, miró el geranio con una pena infinita y se dirigió a Martín—: Mire usted, don Martín. La juventud de ahora no sabe podar con calma, lo hace todo con prisa y las plantas, como el amor, quieren mimo, tiempo y un poquito de cariño.

Martín se rió con una risa grave, sincera, que me hizo un efecto rarísimo en el pecho. Éll contestó mirándome con esos ojos suyos:

—Entonces tendré que tener paciencia con las plantas y con la jardinera.

Pepín se despidió con una sonrisa de las suyas, se tocó el sombrero y se fue por donde había venido, silbando una canción, y me quedé yo sola en los parterres, con el geranio masacrado, el café en el banco y el hijo del dueño mirándome con una calma que me estaba desarmando por dentro.

Pasamos así toda la mañana. Yo trabajando, él sentado en el banco, leyendo de vez en cuando el móvil y mirándome de reojo.

Intenté ser grosera, lo intenté de verdad.

Le solté un par de «no tengo tiempo», un «estoy ocupada» y hasta un «¿no tienes una oficina a la que ir?

», y él, a cada grosería, respondía con una sonrisa.

Una sonrisa terriblemente simpática, paciente e irresistible.

A eso de las doce, cuando el sol empezaba a apretar, me senté en el banco, cogí el café ,que ya estaba frío, y me lo bebí de un trago.

—Está frío —dije.

—Te lo dije. Tendrías que habértelo bebido antes.

—Pues no me lo vuelvas a traer.

—¿Y si te lo traigo caliente? —me dijo sonriendo—. Mañana a las ocho antes de que empieces a trabajar. Bien caliente y recién hecho.

—Mañana no trabajo en los parterres.

—Entonces mañana te lo subo a donde estés.

Lo miré. No supe si quería reírme o tirarle el vaso vacío a la cabeza. Opté por lo segundo, que es lo que hago siempre cuando no sé qué hacer con el corazón.

—¿Sabes qué? Eres un pesado.

—Lo sé. Mi padre siempre me dice que tengo la persistencia de un mulo.

—Pues tu padre tiene razón.

—Mi padre tiene razón en muchas cosas. —Se puso de pie, se estiró y me miró desde arriba—, pero en esto, me gusta creer que la tengo yo.

Se dio la vuelta y se fue, con las manos en los bolsillos, caminando despacio, como si no tuviera ningún sitio al que ir.

Yo me quedé sentada en el banco, con el vaso vacío en la mano, pensando que aquel tío era un peligro, un peligro con camisa de lino, sonrisa de anuncio y la paciencia de un santo.

A la hora de comer, sin poder evitarlo, le mandé una foto a Rocío.

Era una foto que le había sacado de lejos, a escondidas, desde detrás de los setos.

Se la había hecho sin querer, bueno, sin querer, cuando estaba sentado en el banco con el móvil en la mano y el sol dándole de lleno en la cara.

La mandé con un mensaje que decía: «Este es el pijo del ático. Ayer en bañador. Hoy con café.»

La respuesta de Rocío llegó en menos de diez segundos. Con mayúsculas, que era como ella hablaba cuando algo le importaba mucho:

«CANDY, HIJA DE MI VIDA. ESE TÍO ESTÁ TELA BUENO

Y TE HA TRAÍDO CAFÉ A LAS OCHO

ESO NO ES CASUALIDAD.»

«No me ha traído café a las ocho. Me lo ha traído a las diez y media», corregí.

«DA IGUAL LA HORA

¿TÚ SABES LO QUE ES QUE UN TÍO ASÍ BAJE POR LA MAÑANA CON DOS CAFÉS Y SE SIENTE A MIRARTE TRABAJAR?

ESE TE HA ECHAO EL OJO, TE LO DIGO YO.»

Me quedé mirando el móvil, con la boca seca y el corazón a mil. No respondí. Me metí el móvil en el bolsillo y me fui a comer el bocadillo de mi madre pensando que quizás, Rocío tenía razón y que a lo mejor, a ese tío le gustaban esos jueguecitos y eso era un problema.