Capítulo 3
Las manos que hablan
A los parterres llegué a las nueve y cuarto con la podadora en una mano, el café de Martín en la otra y una estrategia clarísima: no pensar en él, no mirar hacia el ático y no volver a pronunciar su nombre jamás.
El café se lo agradecería por escrito, con una nota formal, y ahí se acabaría la historia entre la jardinera y el hijo del dueño.
El problema es que el café seguía en mi mano y seguía oliendo bien, y yo, que había jurado no beberlo, me lo había bebido entero antes de llegar a los parterres, mirando la entrada de Simón Verde como una tonta.
Pepín me estaba esperando entre los tiestos, con su sombrero de paja y una sonrisa de las que no presagian nada bueno. Llevaba varios sacos para recoger los restos de la poda, y cuando me vio llegar, se apoyó en el rastrillo como si fuera el dueño de la sabiduría universal.
—Buenos días, Candy-caramelo —dijo—. Veo que hoy has desayunado en buena compañía.
Se me encogió el estómago. El tío lo había visto todo. Por supuesto que lo había visto todo. Pepín lo veía todo desde el minuto uno, cual vieja del visillo pero con sombrero de paja.
—Es un café —dije, como si eso lo explicara todo.
—Un café de los de máquina de los caros. —Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y se lo volvió a poner—. A mí en cuarenta años de jardinería nadie me ha traído un café de esos.
—Pues no sé, será que le he caído bien o yo que sé.
—¿Y quién te lo ha traído?
Fingí concentración absoluta en los geranios. Los revisé uno a uno, como si fueran las joyas de la corona y yo una experta internacional en geranios. No levanté la vista ni un segundo.
—Un señor simpático. —La mentira me salió redonda—. Me ha saludado y me ha dado un café. Eso es todo.
—¿Un señor alto, moreno, con camisa de lino remangada y cara de pocos amigos?
—¿Pocos amigos? A mí no me ha parecido de pocos amigos.
—Ya. —Pepín se rió por lo bajo, una risa que le arrugaba los ojos y se le escapaba entre los dientes—. Entonces era el hijo del dueño, ¿no?
Lo había dicho con tanta naturalidad, con tanta calma, que me quedé quieta con la podadora en el aire. El corazón me dio un salto.
—¿Cómo sabes...? —empecé, y me corté a tiempo.
—Porque aquí el que más y el que menos sabe quién es el hijo del dueño, Candy, y porque el hijo del dueño, que se llama Martín, hace dos días que llegó a la urbanización y no se le ha visto el pelo ni en la oficina ni en las obras.
Se ha pasado el tiempo en la piscina, en el gimnasio del ático y, desde ayer, por aquí.
—Me miró por encima del hombro—. Y esta mañana ha bajado con dos cafés para él y para alguien, y mira tú por dónde, ese alguien eres tú.
—No sabía que llevabas tan al día la vida de los residentes.
—Mujer, no hace falta espiar. Basta con tener los ojos abiertos —Se agachó a arrancar una mala hierba con una precisión de cirujano—, y los míos llevan sesenta años abiertos, Candy, se enteran de todo.
No dije nada. Me puse a podar con más energía de la necesaria, arrancando las ramas secas de un geranio con un furor que no se correspondía con la tarea. Pepín me dejó un rato, dándome cuerda, hasta que me soltó la pregunta que llevaba rondándome desde que había llegado.
—¿Y tú qué piensas del pijo del ático?
—No pienso nada.
—Ya. Por eso no levantas la vista del parterre ni para respirar.
—Estoy trabajando, Pepín.
—Ya veo… ya veo —se incorporó, se estiró la espalda y me miró con una dulzura que me desarmó—,pero bueno, cada cual huye como puede. Yo también huí a tu edad.
Me detuve. La curiosidad pudo más que el orgullo.
—¿Tú?
—Yo. Con veintitrés años, en la feria de abril de Sevilla, delante de una caseta.
—Se sentó en el borde del parterre, con las manos en las rodillas, y se quedó mirando un punto fijo como si viera la escena—.
Se llamaba Carmen. Trabajaba en una caseta, la de los de Alcalá.
Yo estaba con unos amigos, y ella me cayó en la mano como me cae una buena tierra: sin avisar, sin pedir permiso, y yo, que era un cobarde de cuidado, en lugar de decirle nada, me pasé la feria entera mirándola de lejos, sin atreverme a dar el paso.
—¿Y qué pasó?
—Que se acabó la feria, y a los tres días, cuando ya no la iba a volver a ver nunca, me entró el valor y fui a Alcalá, que son veinte kilómetros, a pie, porque no tenía ni para el autobús.
—Se rió, con una risa que le salía del pecho—.
Llegué a su casa con las botas llenas de polvo y la lengua seca, y me la encontré en la puerta, con el delantal puesto, barriendo.
Me vio llegar y me dijo: «¿Te has perdido?
» Y yo, le dije: «Me he perdío, sí, pero ya he encontrao lo que buscaba. »
—Qué bonito, Pepín.
—Sí. Ella se rió, me hizo pasar, y a los seis meses nos casamos. —Me miró, con los ojos brillantes—. El amor llega cuando menos lo esperas, Candy, y casi siempre en forma de problema.
Me quedé callada, con la podadora en la mano y la boca seca. Pepín no dijo nada más. Se quedó mirando el ático, con la cabeza ligeramente ladeada, como quien contempla un cuadro.
—Y hablando de problemas —dijo, con la misma naturalidad con la que me había contado lo de su mujer—. Ese de ahí arriba lleva media hora mirándote desde la terraza.
Levanté la vista de golpe. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que casi se me cae la podadora.
Allí estaba.
Martín, apoyado en la barandilla del ático, con una mano en el bolsillo y el pelo revuelto.
Desde abajo parecía pequeño, diminuto, una silueta contra el cielo azul de Sevilla, pero yo sabía quién era.
Sabía la talla de sus hombros, la curva de su sonrisa, el sonido de su voz diciendo mi nombre como si me conociera de toda la vida.
No estaba mirando el jardín ni a los geranios, me estaba mirando a mí, y desde abajo, a pesar de la distancia, juraría que estaba sonriendo.
Me quedé clavada, con la vista puesta en la barandilla, y sentí que me subía el calor por las orejas, por las mejillas, hasta las raíces del pelo, y entonces, como si mi cuerpo hubiera decidido por mí, bajé la mirada y me puse a podar con una fuerza desmedida, casi furiosa, arrancando ramas que no había que arrancar y dejando los geranios más pelados que un pollo de corral.
—Candy —dijo Pepín, con una calma infinita—. Que eso no es podar, eso es masacrar.
—Estoy podando.
—Estás nerviosa y no te lo reprocho, porque ese de ahí arriba lleva media hora sin quitarte los ojos de encima. Ni los geranios se han librado de que los mires.
Corté una rama más, con una precisión absurda, y me quedé mirando el tiesto como si fuera la cosa más interesante del universo.
—No me está mirando a mí… no me está mirando a mí…
—Candy. —Pepín se levantó, se sacudió las manos en el peto y me puso una mano en el hombro con suavidad—. Los jardines llevan aquí cuarenta años y no ha bajado nadie a mirarlos a las nueve de la mañana con dos cafés. Tú llevas dos días… ¿Tú sabes lo que es eso?
—No. No sé lo que es eso y no quiero saberlo.
—Pues yo sí. —Me miró con esos ojillos suyos, brillantes, que lo habían visto todo—. Eso es que ha encontrado algo que le gusta.
Me quedé sin respuesta. La podadora me temblaba en la mano, y no era por el esfuerzo. Me giré un poco, sin querer, y volví a mirar hacia el ático.
Todavía estaba allí, apoyado en la barandilla, con los brazos cruzados, mirándome con una calma que desde abajo se notaba hasta en la postura, como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si yo fuera lo único que merecía la pena mirar desde esa terraza.
Sin saber por qué, en lugar de devolverle la mirada, me sonrojé y seguí podando con más fuerza de la necesaria.
—No levantes la cabeza —me decía—, no la levantes…
Pero mi corazón, que no obedece, estaba ahí arriba, en la barandilla, deseando comprobar si el buenorro del ático me seguía mirando como si ya supiera algo que yo todavía no estaba preparada para saber.
El amor llega cuando menos lo esperas, Candy. Y casi siempre en forma de problema.
Pues menudo problema había elegido.