Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El pijo del ático

Salí de Simón Verde a las ocho y media con las agujas del reloj y mi paciencia en las últimas.

Había pasado el resto de la mañana como una autómata, podando setos y regando parterres sin poder quitarme de la cabeza la escena del invernadero.

El tío en bañador , el de l a sonrisa de anuncio.

El “ hasta luego, Candelaria ” dicho con una calma que me había hecho daño, mucho daño, porque a mí nadie me decía Candelaria así, como si me estuviera desnudando con el verbo.

Que conste que no soy de las que se derriten por un cuerpo. Pero es que el cuerpo aquel, y encima descalzo, mojado, y riéndose de mí... No... Ni pensarlo... Me niego,  ¡vamos!.

Al llegar a casa, mi madre me estaba esperando en la puerta con la bata de flores y una sonrisa de las que presagian un interrogatorio.

La abuela Rosario, desde su butaca del salón, con su vaso de vino ya servido, levantó la vista por encima de las gafas como si yo fuera un culebrón que acababa de empezar y ella no se quisiera perder ni un capítulo.

—¿Y qué? —preguntó Lola, cruzándose de brazos—. ¿Cómo ha ido el primer día?

—Bien. Muy bien. Los jardines son preciosos.

—¿Y hay mucha gente?

—No. Trabajando casi nadie. Hay un jardinero muy majo, Pepín, que me ha dado consejos.

Mi madre asintió, pero no se fue. Se quedó ahí, plantada como una farola, esperando. Porque mi madre tiene un radar para las cosas que no le cuento, y esa noche estaba pitando como una alarma.

—¿Y nada más? —insistió.

—¿Qué va a haber más? Que me he pasado el día regando y podando, Lola.

—No me llames Lola. Soy tu madre. —Me siguió a la cocina, donde yo buscaba refugio en la nevera—. Candelaria, que te conozco. A ti te ha pasado algo. Estás rara , m ás rara de lo normal.

La abuela se rió por lo bajo desde el salón, sin moverse de la butaca.

—Déjala, Lola. Déjala que se piense que no la hemos visto   —añadió, con esa voz suya de las que saben más de lo que dicen—: Pero en cuanto la hayamos visto, habla.

No pude con ell as . Me senté en la mesa de la cocina, con la botella de agua en la mano y el corazón en la garganta, y se lo solté todo.

—He tenido un encuentro con un tío. En bañador , e n la zona de los invernaderos.

Mi madre abrió los ojos como platos. La abuela se ajustó las gafas.

—¿En bañador? ¿En el trabajo? —dijo Lola—. Candelaria, no me digas que has empezado el primer día liándote con alguien.

—No me he liado con nadie. Lo he echado. Estaba en zona restringida y lo he echado.

—¿Y él? —preguntó la abuela.

—Se ha reído de mí. Me ha dicho que se llamaba Martín y se ha ido.

—¿Martín? —repitió mi madre, como si probara el nombre—. ¿Y qué hacía en bañador en tu trabajo?

—Ni idea. Un pijo de los de allí. De esos que se creen que la urbanización entera es suya.

Mi madre no parecía muy convencida. Se apoyó en el fregadero, con la mano en la cadera, y me miró con esos ojos suyos que ven más de lo que yo quiero enseñar.

—¿Y era muy guapo?

—No sé. No me he fijado. —La mentira más gorda del año, y lo dije con la cara más seria del mundo—. Un pijo más.

La abuela Rosario se echó a reír. Una risa pausada, de las suyas, mientras se llevaba el vaso de vino a los labios.

—Ese tiene buen fondo, hija.

—¿Qué? ¿La abuela? ¿Que tiene buen fondo? ¿Con un bañador en una zona restringida?

—Digo que tiene buen fondo —repitió, mirándome por encima de las gafas con esa sonrisa suya que me conoce mejor que yo—. Y tú lo sabes. Se te nota en la cara que has venido a contárnoslo por algo.

—He venido a contároslo porque mi madre me ha interrogado , c omo siempre.

—Tú venías a contárnoslo. La diferencia es que tu madre te lo ha tenido que preguntar, y a mí no me hace falta.

No supe qué responder. Porque la abuela tenía razón, y me fastidiaba tener que dársela.

Me había pasado todo el camino a casa dándole vueltas al tío aquel, a la sonrisa, al «hasta luego, Candelaria», y había entrado por la puerta con una necesidad imperiosa de que alguien me dijera que estaba loca, que aquel tío era un pijo más, que se me pasaría.

Nadie me lo dijo. Mi madre se puso a hacer la cena tarareando, la abuela se tomó el vino con una calma de juez que ya había dictado sentencia, y yo me quedé en mi cuarto pensando que el día siguiente iba a ser igual de largo.

***

El día siguiente fue peor.

Llegué a Simón Verde a las ocho y media de la mañana, con el bocadillo de mi madre en la mochila y la firme decisión de no volver a pensar en el tío del invernadero , pero  entonces, en la entrada, junto a la fuente de mármol, lo vi.

Estaba de pie, apoyado en una de las columnas, con un café en cada mano.

Ya no llevaba bañador , vestía  unos vaqueros claros, una camisa de lino blanca con las mangas remangadas hasta el codo, y el pelo revuelto, recién peinado a mano, como quien no se ha molestado en hacer nada pero ha hecho mucho.

Descalzo no estaba , p ero seguía siendo él.

El tío del invernadero , e l del bañador , e l del «hasta luego, Candelaria».

« No es posible... Aquí no... No puede ser » .

Se me paró el corazón  y  luego se me puso a mil. Las dos cosas a la vez, que es lo que hacen los corazones cuando se les aparece un problema delante.

Me acerqué despacio, con la esperanza de que no me hubiera visto. Inútil. Me estaba mirando con esa sonrisa suya, la de la diversión, desde que yo había puesto un pie en la entrada. Cuando llegué a su altura, me plantó un café delante de las narices.

—Buenos días, Candelaria —dijo, con esa voz grave que tenía la culpa de todo—. ¿Te apetece un café?

Me quedé parada, mirando el vaso. Era un café de esos de máquina de bar, de los caros, con una servilleta alrededor para no quemarte. Olía bien , o lía a casa, a desayuno   a las seis de la mañana de alguien que se ha levantado con una idea en la cabeza.

—¿Esto es para mí? —pregunté, porque no se me ocurrió nada mejor.

—Tú misma.

—¿Y esto qué es? ¿Una disculpa?

—¿Por qué iba a disculparme? —sonrió—. Tú fuiste la que me echó de tu invernadero. Yo solo he venido a darte los buenos días y a desearte un buen segundo día de trabajo.

Lo miré. No me lo podía creer. El tío al que yo había echado ayer, el pijo en bañador al que había llamado «zona restringida» con el dedo señalándole la salida, estaba delante de mí con un café en cada mano, como si no hubiera pasado nada .

—¿Sabes quién soy? —me preguntó, viendo que yo no cogía el vaso.

—Un tío en bañador que se cuela donde no debe.

—Sí. Eso soy , y  también soy el hijo del dueño de esta urbanización. Martín Lombardo , “e l del ático ” .

El del ático. La última frase me cayó como un jarro de agua fría.

El hijo del dueño :  Martín Lombardo ,  El pijo del ático, tal y como lo llamaría mi madre , e l que mandaba por encima de don Matías, de Pepín, de todos , y  yo, en mi primer día de trabajo, me había dedicado a echarle del invernadero como si fuera un gamberro cualquiera.

—Tú eres... —empecé, y no supe acabar.

—El dueño de todo esto, más o menos —dijo, y en su voz no había ni un ápice de prepotencia, solo una calma que me desarmó—. Pero no te preocupes , n o pienso despedirte. Me gusta cómo cuidas los geranios, y me gusta cómo me miras cuando me mandas callar.

—No te miro de ninguna manera  y  no te he mandado callar. Te ech é, q ue es distinto.

—Ya. —Se quedó un momento en silencio, con el café en la mano, mirándome con una intensidad que me hizo desviar la vista—. Pues hoy vengo con ropa, sin invadir tu zona restringida, y con un café para la jardinera , p ara que veas que sé rectificar.

Cogí el café. No sé por qué lo cogí. Mi mano, que no me obedece, lo cogió sola , y  cuando lo tuve entre los dedos, noté que el corazón me latía más rápido que cuando había subido la cuesta de mi calle con las bolsas de la compra.

—Gracias —dije, sin mirarlo.

—De nada, Candelaria.

—Candy —lo corregí, no sé por qué—. La mayoría me llama Candy. Lo de Candelaria lo reservo para las ocasiones especiales.

—Entonces, Candy —dijo, pronunciando mi nombre despacio, como si lo estuviera probando, como si le gustara cómo sonaba—. Bienvenida a tu segundo día.

Se giró y se fue, con las manos en los bolsillos, caminando con esa calma de los que no tienen nada que perder y todo el tiempo del mundo.

Y yo me quedé ahí, en la entrada de Simón Verde, con un café en la mano que no había pedido y una certeza que no quería admitir : Ese era el pijo del ático , e l hijo del dueño , e l hombre al que yo había echado del invernadero en bañador y que ahora, al día siguiente, me traía un café como si fuera lo más normal del mundo , y lo peor de todo, es que  lo que  me iba a impedir dormir en las próximas noches, era que el café olía bien , y  que cuando me había dicho «Candy» con esa voz suya, me había entrado un calorcito por el pecho que no era precisamente de la temperatura que hacía en agosto en Sevilla.

No …  No pienso pensarlo ….  Es el pijo del ático , u n pijo más. Uno que me ha traído un café, vale , p ero un pijo más al fin y al cabo.

¡ Dios, ayúdame !