Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 1
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Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1)

Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1)

Por Sara Rivers

© inepub.com

Capítulo 1

Mi reino por un geranio

El día que empecé a trabajar en Simón Verde llevaba el corazón en un puño, las uñas pintadas del día anterior y una mochila con un bocadillo de tortilla que me había hecho mi madre.

Mi madre, Lola, se pasó toda la mañana diciéndome que aquello era una oportunidad de oro y que no la estropeara, que con lo que me había costado el grado de paisajismo no iba a ponerme ahora a discutir con los jefes.

La abuela Rosario, desde la ventana, con su vaso de vino en la mano y los ojos medio cerrados sentenció a su manera: “Esa urbanización de pijos le va a enseñar a mi nieta lo que es bueno”. No sé cuál de las dos me dio más miedo.

Don Matías, el conserje, me esperaba en la garita con el uniforme impoluto y el bigote de los que han visto de todo sin escandalizarse de nada.

—¿Es usted la nueva paisajista? —me preguntó, mirándome por encima de las gafas.

—Candelaria Romero. Pero llámeme Candy, que lo de Candelaria lo guardo para las ocasiones solemnes y las visitas al notario.

Don Matías no se rió. Pero se le movió el bigote, que era su manera de reírse sin romper el protocolo.

Me entregó las llaves del almacén, un plano plastificado de los jardines y una advertencia que se me clavó como una espina: “en Simón Verde se cuidaba el detalle”.

Lo dijo con el mismo tono con el que mi abuela dice «cuida el puchero», que en realidad quiere decir «algo va a salir mal y ya verás».

Los jardines eran preciosos. Yo, que soy de las que se enamoran de una buena tierra negra como otras se enamoran de un buen traje, los recorrí con la boca medio abierta.

Setos de arrayán podados a escuadra, parterres de geranios regados con una generosidad que no me esperaba de una urbanización así, un jardín botánico pequeño pero con más variedad que la feria de las flores de abril, y un invernadero con unas buganvillas que me hicieron soltar un «ole tus huevos» que, gracias a Dios, no oyó nadie.

Estaba inspeccionando las herramientas del almacén, —la podadora, el rastrillo, unas tijeras que tenían pinta de que no cortaban ni el papel de fumar y que tendría que afilar yo misma— cuando apareció Pepín.

Un tipo seco y fibroso, de los que han trabajado al sol toda la vida, con un sombrero de paja calado hasta las cejas y un cigarro liado a mano que se guardaba en el bolsillo del pecho como si fuera un tesoro.

—Así que tú eres la nueva —me dijo, mirándome con unos ojillos brillantes que lo mismo parecían de sabio que de pícaro—. Yo soy Pepín. El Cebolla, pa los amigos. Y aquí soy el único que sabe más de plantas que el vivero de Sevilla.

—Encantada, Pepín. Soy Candy.

—Candy, como el caramelo. —Se rió por lo bajo—.

Pues mira, Candy-caramelo, un consejo de los que valen oro: en esta urbanización hay dos clases de gente.

Los que trabajan, que somos nosotros, y los que miran, que son ellos.

Y los que miran se creen que los jardines se hacen solos, como si las plantas nacieran ya podadas y regadas por arte de magia.

—Lo tendré en cuenta.

—Y otro consejo, y con esto me despido: si ves a alguien en bañador por donde no debe, ni caso. Aquí el que más y el que menos se cree que toda la urbanización es suya, incluido el invernadero.

Me reí. Pepín se tocó el sombrero y se fue por donde había venido, silbando una sevillana, y yo me quedé dándole vueltas a sus palabras, sin saber que en menos de una hora me iba a acordar de él con una puntería que ni las escopetas de feria, porque el problema llegó justo después, cuando me interné en la zona de los invernaderos.

La zona de los invernaderos era, según el plano de don Matías, zona restringida por ser zona de trabajo, de las de “prohibido el paso a los residentes” con su cartelito y todo, y allí, plantado en medio del sendero como si fuera el dueño del cotarro entero, estaba él.

Un tío en bañador.

Digo un tío en bañador y me quedo corta, porque el tío aquel era todo lo que un tío en bañador no debería ser: enorme, alto, con una espalda de las que se dibujan a mano alzada y unos hombros que no sé cómo habían conseguido pasar por la puerta del invernadero.

Moreno, con el pelo castaño revuelto y todavía mojado, recién salido de la piscina, con gotas de agua que le caían por el pecho con una lentitud que parecía deliberada, como si el agua también quisiera aprovechar el momento, y lo peor de todo: descalzo.

No voy a explicar aquí por qué los hombres descalzos me parecen absurdamente atractivos, porque hay misterios que ni la ciencia ni yo estamos preparadas para resolver. Lo que sí sé es que lo vi y mi primer pensamiento fue: este se ha perdido. No tiene ni idea de dónde está y se va a enterar.

—Oiga —le dije, con el tono que uso cuando mi madre me dice que me voy a quedar para vestir santos, que es un tono que no admite réplica—. ¿Se ha perdido?

Él se giró y ahí, con el sol de Sevilla entrando por los cristales del invernadero, me di cuenta de mi error. No se había perdido. Se estaba paseando como quien pasea por su propia casa, que es lo que hacen los que nacen con la certeza de que el mundo les debe algo.

—¿Perdido? —repitió, con una voz grave y ronca, de las que se usan en las radios de madrugada para vender colchones y que a mí, ay, a mí me ponían de mala leche y de otra cosa a partes iguales—. No, estoy de paso.

—Pues se ha equivocado de sitio. Esto es zona restringida.

—¿Ah, sí?

—¿Sí? Sí. ¿No ha visto el cartel?

Señalé el cartelito, que estaba a dos metros de su cara, con la flecha y todo. Lo miró, luego me miró a mí, y en lugar de pedir disculpas, sonrió. Una sonrisa de las que no presagian nada bueno para la persona que la recibe de frente.

—¿Y tú quién eres? —me preguntó, ignorando el cartel con la maestría de los que llevan toda la vida ignorando carteles.

—La persona que te va a pedir que te vayas, y no te lo voy a pedir dos veces.

—¿Siempre recibes así a la gente?

—¿Siempre te cuelas en las zonas restringidas en bañador?

—¿Y si te digo que tengo permiso?

—¿Y si te digo que aquí la única que da permiso soy yo y no te lo he dado?

Se apoyó en el marco de la puerta, cruzó los brazos, unos brazos que daban gloria verlos, y me dijo con una calma que me sacó de quicio:

—Me llamo Martín.

—Pues muy bien, Martín. Yo me llamo Candelaria, pero como no tengo ninguna intención de hacernos amigos, puedes llamarme la jardinera, que es lo que soy, y esta zona restringida es mía. Así que, fuera.

No se movió. Siguió ahí, apoyado, mirándome con esos ojos marrones que tenían una luz rara, con una mezcla de diversión y de algo más profundo que no supe nombrar en ese momento.

—La jardinera. ¿Y qué jardines son los tuyos?

—Todos. Todos los de Simón Verde.

—A lo mejor me toca alguno.

—¿Perdona?

—Digo que a lo mejor me toca alguno. No me toques, Candelaria. Que tengo la piel sensible.

No supe si quería reírme o tirarle el rastrillo. Opté por una tercera vía, que es la que uso siempre: sacar pecho y hacerme la dura.

—¿Sabes qué? —le dije, señalándole la salida con el pulgar—. Que te vayas a nadar a la piscina de tu casa, que para algo será tuya y me dejes a mí con mis buganvillas, que hoy es mi primer día y no pienso estropearlo discutiendo con un...

—¿Un qué? —me retó, y me miró con un brillo en los ojos que me decían que estaba esperando para ver qué salía de mi boca.

—Con un tío en bañador. —Lo dije con toda la dignidad que pude reunir, que era mucha, aunque él me sacara dos cabezas y yo tuviera que mirarlo desde abajo como se mira a los que siempre ganan—. Fuera.

Y entonces, justo cuando yo ya estaba empezando a pensar que había ganado, que mi primer día de trabajo no iba a terminar en bronca, que por una vez en la vida las cosas iban a salir como yo quería... pasó lo que pasó.

Me sonrió.

No la sonrisa de antes, la de la diversión.

Me sonrió con una sonrisa amplia, blanca, perfecta, de anuncio de dentífrico caro y de hombre que no tiene que madrugar para coger el autobús.

Una sonrisa que se le subió a los ojos y me miró de arriba abajo despacio, como quien mira un cuadro y no tiene prisa por dejarlo.

—Hasta luego, Candelaria —dijo.

Y se dio la vuelta y se fue, con esa calma de los que no tienen nada que perder, descalzo, con el sol dándole en la espalda y las gotas de la piscina brillándole en la piel como si alguien hubiera encargado la escena.

Yo me quedé ahí, con la podadora en la mano, el corazón a mil y una sola certeza dándome vueltas en la cabeza: aquel tío no era un pijo cualquiera.

No sabía quién era, ni qué pintaba allí, ni por qué me había mirado como me había mirado, pero algo me decía que aquel hombre en bañador, plantado en mi invernadero con la insolencia de los que nunca han pedido permiso para nada, no iba a ser la última vez que lo iba a ver.

Allí, en medio de mi cabreo, el tío más bueno que había visto en mi vida, me sonrió como si yo fuera la que estaba invadiendo su propiedad privada.