41 La carretera del norte
La carretera del norte
El teléfono de Adrián sonó dentro de la furgoneta. Vulpes permitió que contestara porque quería que escucháramos. La llamada llegó al estudio de la emisora y el técnico activó la grabación. Durante los primeros segundos solo oímos el motor, la lluvia y una respiración contenida.
—Valentín —dijo mi hermano—, vamos al lugar donde termina la línea blanca.
Vulpes corrigió desde el fondo:
—Vamos a terminar una conversación.
La policía pidió que mantuviera la llamada. Pregunté por Clara para que Adrián pudiera responder sin revelar que entendíamos la referencia al túnel. Dijo que estaba a salvo, que Rivas conducía y que él llevaba una aguja en el brazo. Su voz se debilitaba entre frases.
—Mateo quiere el cuaderno.
Lo tenía yo. Vulpes exigió que lo llevara a la central hidroeléctrica abandonada y acudiera sin policía. Prometió liberar a Adrián cuando leyera la última página.
—Está en blanco —dije.
—Por eso lo necesito. Una historia abierta permite que cualquiera mienta sobre el final.
Adrián rió, un sonido breve cubierto por el limpiaparabrisas.
—Llevas años haciéndolo sin páginas.
Se oyó un golpe. La comunicación quedó muda unos segundos. El negociador escribió en una pizarra que no provocara a Vulpes. Yo miré el séptimo cuaderno. Las tres páginas con rutas se encontraban al principio; el resto esperaba una vida que mi hermano aún podía escribir.
—Iré —respondí—. Necesito saber que está consciente.
Vulpes le ordenó recitar algo. Adrián comenzó con los nombres de los veintitrés niños de Mauro. Cada apellido ocupaba tiempo y confirmaba que podía hablar. Al llegar al noveno, Vulpes intentó detenerlo. Él continuó hasta que la llamada se cortó.
La policía rastreó tres antenas. La furgoneta avanzaba hacia el norte por carreteras secundarias. La línea blanca del túnel terminaba cerca de la costa, en una estación de bombeo conectada décadas atrás con la central. Adrián había marcado el lugar en su lista.
Rosa estaba en la habitación contigua. Pidió escuchar la grabación. Reconoció una campanilla bajo el ruido del motor: Rivas llevaba una colgada del retrovisor. La había visto en viajes anteriores al pabellón. Cada vez que cruzaban un puente estrecho, golpeaba dos veces contra el cristal.
Los agentes compararon el audio con mapas. Solo una ruta al norte tenía puentes metálicos separados por los intervalos registrados. Organizaron controles fuera de la vista y enviaron un vehículo por la pista de la central.
Vulpes llamó de nuevo desde otro teléfono.
—Tu hermano cree que los nombres lo protegen —dijo—. A Elena tampoco la protegieron los planos.
—Los planos nos han traído hasta aquí.
—Porque yo permití que aparecieran.
Su necesidad de atribuirse cada hallazgo revelaba una grieta. Le pedí que explicara por qué había dejado viva a Rosalía. Habló durante cuatro minutos: terapia, rescate, una identidad salvada del incendio. Mientras defendía su obra, el negociador afinó la ubicación.
Rosa se acercó al micrófono.
—Mateo, no me salvaste. Me escondiste.
Vulpes guardó silencio y luego pronunció su nombre antiguo con una ternura ensayada. El silencio de ella cerró la llamada.
El séptimo cuaderno pasó a manos de la unidad táctica.
Colocaron un localizador bajo la cubierta y prepararon una copia.
Insistí en llevarlo. La jueza lo prohibió.
Mi presencia aumentaría el control emocional de Vulpes y pondría otra vida a su alcance.
Tuve que aceptar una decisión tomada para protegerme sin convertirla en una jaula.
La diferencia estaba en que podía discutirla, conocer sus razones y seguir participando desde el puesto de mando.
La furgoneta apareció en una cámara forestal a diecisiete kilómetros de la central. Rivas conducía con una mano; la otra sujetaba el hombro. Adrián había logrado clavarle la arandela de cobre que llevaba en el bolsillo. El vehículo circulaba más despacio.
En la tercera llamada, mi hermano habló directamente:
—No vengas. Abre desde fuera.
La frase pertenecía a la nota de la sábana.
Esta vez entendí la instrucción. Abrir no significaba presentarme ante la puerta con una llave; consistía en permitir que todas las personas situadas alrededor actuaran: agentes, jueza, médicos, Rosa, Inés.
Vulpes había construido su poder obligándonos a elegir en soledad.
La policía desplegó el control en la salida del segundo puente. Rivas aceleró, chocó contra la barrera y continuó por un camino de tierra. La campanilla sonó una última vez en el teléfono abierto.
Después llegó el ruido del agua.