40 La voz de Rosalía
La voz de Rosalía
Vulpes había grabado las sesiones de Rosalía.
En la primera, ella preguntaba por Adrián y por su madre.
Él le explicaba que ambos habían muerto en el incendio.
En la segunda, decía que Adrián lo había provocado.
Después le mostraba fragmentos de sus discusiones, fotografías de las manos heridas y páginas de los cuadernos escritas por él.
Las sesiones duraban horas. Cuando ella se contradecía, Vulpes apagaba la luz.
En la cinta número cuarenta y cuatro, Rosalía aceptaba llamarse Rosa.
La numeración no procedía de Augusto ni de Casimiro. Era la firma de Vulpes, una reproducción consciente de B-612. Había dedicado su carrera a condenar los métodos del antiguo hospital mientras los perfeccionaba en privado.
La última sala guardaba un equipo de emisión. Desde allí había escuchado nuestro reloj, llamado a la cantera y enviado mensajes. En una pared colocó fotografías de los dos hermanos, Clara, Inés y Rosalía. Hilos rojos conducían a una silla vacía en el centro. Sobre ella había una corona de papel.
—Quería ver quién ocuparía el lugar de Augusto —dijo Inés.
—Él ya estaba sentado —respondí.
Vulpes se nos escapó; las cámaras exteriores mostraban su coche saliendo la noche anterior. En la mesa dejó una cinta dirigida a Adrián.
La jueza permitió que él decidiera si escucharla. Mi hermano la llevó a casa y la dejó dos días sobre el escritorio. Al tercero pidió que estuviéramos presentes Inés, la abogada y yo.
La voz de Vulpes comenzó con una disculpa. Admitía excesos, errores de juicio y una implicación afectiva que había comprometido su práctica, sin nombrar un solo delito. Luego se dirigía a Adrián.
Te enseñé a convertir el dolor en una forma que pudieras mirar.
El asteroide, la rosa, los planetas: todo nació en nuestras sesiones.
Sin mí, tus recuerdos seguirían siendo una habitación sin puerta.
Ahora otros utilizarán esa forma para encerrarme.
Antes de hacerlo, pregúntate quién será cuando ya no necesites al hombre que te ayudó a nombrarte.
Adrián detuvo la cinta.
—Ahí está —dijo.
—¿Qué cosa? —preguntó Inés.
—La correa. Siempre dejaba una pregunta al final para que regresaras con la respuesta.
Sacó la cinta y rompió la banda magnética. Lo hizo con paciencia, tirando hasta llenar el suelo de una hebra marrón.
Rosalía llamó esa tarde. Había escuchado sus propias sesiones y quería grabar un nuevo testimonio. Pidió que Adrián estuviera presente, aunque no dentro de la habitación. Él aceptó.
Fuimos a la emisora donde trabajaba antes del incendio. El estudio seguía cerrado por orden judicial, pero un técnico instaló equipo en una sala contigua. Adrián se sentó al otro lado del cristal. Rosalía lo vio, respiró con dificultad y comenzó.
Contó lo que recordaba y separó cada recuerdo de lo aprendido después.
Dijo que amó a Adrián, aunque no podía reconstruir todo ese amor desde el presente.
Habló de las discusiones, del miedo a su vigilancia y de su propia forma de castigarlo con ausencias.
Describió el incendio hasta el punto en que el humo borraba la imagen.
Al final miró hacia el cristal.
—Vulpes me enseñó tu cara para que tuviera miedo. Durante meses, cada vez que te veía, mi cuerpo reaccionaba antes que yo. Ahora sé por qué, pero saberlo no apaga la reacción. Necesito tiempo en el que no seas una prueba.
Adrián acercó el micrófono.
—Lo tienes.
—¿Y si no recuerdo más?
—Entonces esto también habrá ocurrido.
Rosalía apagó la grabadora. Apoyó la mano en el cristal. Mi hermano levantó la suya sin tocarlo. Entre ambas quedó el grosor de dos ventanas y todo lo que ninguno podía prometer.
Al salir de la emisora, una furgoneta bloqueaba la calle. Rivas estaba al volante.
La puerta lateral se abrió. Vulpes apuntó a Clara con una pistola y ordenó a Adrián que subiera.
Mi hermano me entregó el séptimo cuaderno antes de obedecer.
—Esta vez deja la puerta abierta —dijo.