42 El último atardecer
El último atardecer
Llegamos al embalse al final de la tarde. Los agentes cerraron el camino y avanzaron entre los árboles. Desde la sala de turbinas llegaba el ruido de un generador. Habían conectado cuarenta y cuatro lámparas alrededor de una silla.
Adrián estaba sujeto a ella. Vulpes permanecía detrás, con una jeringa junto a su cuello. Rivas yacía en el suelo, esposado a una tubería; el terapeuta había decidido prescindir de él.
—No entréis —gritó Vulpes—. La dosis ya está en sangre. Si se agita, el corazón puede fallar.
Un médico del equipo táctico confirmó que Adrián respiraba. Tenía una vía en el brazo. La bolsa colgaba de una lámpara.
—Déjelo salir —dije.
—Siempre llegas con esa frase. Tu madre la utilizó también.
—Ella tenía razón.
—Murió.
—Tener razón no la protegió de ustedes.
Vulpes ajustó el goteo.
—Adrián regresó voluntariamente conmigo. Díselo.
Mi hermano levantó la cabeza. Le costaba enfocar.
—Subí a la furgoneta —dijo—. Lo demás sigue siendo suyo.
—Escucha cómo separa las responsabilidades. Se ha convertido en ti, Valentín.
Las lámparas se apagaron de golpe. Inés había encontrado el cuadro exterior y cortado el generador. En la oscuridad, los agentes entraron. Oí un golpe, el sonido de la jeringa al caer y una orden. Cuando se encendieron las linternas, Vulpes estaba en el suelo. Adrián seguía sujeto a la silla.
El médico cerró la vía. La bolsa contenía una concentración muy superior a las dosis halladas en San Julián. Administró medidas de urgencia mientras lo sacaban.
Vulpes, esposado, me buscó con la mirada.
—Volverá a pedirme que apague la luz —dijo.
Nadie respondió.
La ambulancia descendió por la carretera con Adrián intubado. Desde la ventanilla se veía el sol tocar el embalse. Eran las cinco y cuarenta y cuatro.