Principito Oscuro Los días fuera
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Los días fuera

Durante las semanas posteriores al cierre de San Julián, Adrián aprendió a vivir en mi apartamento y yo aprendí a no convertir cada gesto suyo en información clínica. El primer día anoté cuánto dormía y qué comía. Encontró la libreta, tachó las columnas y dibujó un cordero en el margen.

—Si quieres saber cómo estoy, pregunta.

—¿Cómo estás?

—Hoy no lo sé.

La respuesta tuvo que bastar.

Cocinábamos mal. Él recordaba una sopa de Elena hecha con hinojo; yo aseguraba que llevaba apio. Preparamos ambas versiones y ninguna se parecía a la infancia. Adrián pidió una pizza. Comimos en el suelo porque la mesa seguía ocupada por documentos.

Una mañana fuimos al puerto. Quería localizar el banco donde Rosalía grabó la cinta treinta y siete. Habían sustituido todos durante la reforma. Se sentó en uno nuevo y escuchó el agua.

—Esperaba que al salir todo tuviera más color —dijo.

—Las ilustraciones exageran.

—Tú también las has visto.

—Inés me enseñó las que conservabais.

—Rosalía decía que parecían demasiado bonitas para lo que contaban.

—Tal vez necesitabais belleza para mirarlo.

—O para venderlo.

Se volvió hacia mí, sorprendido por su propia broma, y se rio. La risa, breve y áspera por el desuso, pertenecía a un hombre al que algo le había parecido cruelmente gracioso, lejos de las sonrisas tristes que yo había buscado en él.

Fuimos a la residencia unos días después.

Adrián prefirió esperar en el jardín mientras yo hablaba con el médico.

Una cuidadora lo reconoció por las fotografías y contó que, desde el episodio cardiaco, nuestro padre repetía un nombre completo cuando despertaba, como si temiera perderlo al cerrar los ojos.

La cuidadora nos entregó una hoja que había encontrado debajo de su almohada. Con la letra temblorosa de Samuel podía leerse: ADRIÁN SENDERO OCHOA. Debajo había ensayado mi nombre. Mi hermano dobló el papel y lo dejó en la mesa de recepción.

—¿Es suficiente? —le pregunté en el coche.

—Es lo que hizo —respondió.

Acepté la medida exacta de la frase.

Las noches eran más difíciles. A veces despertaba convencido de que la puerta estaba bloqueada. Yo abría la del pasillo y volvía a mi cuarto. Otras se sentaba en la cocina hasta el amanecer. Aprendimos a dejar algunos insomnios sin explicación.

El séptimo cuaderno permanecía sobre su mesa. Durante días no escribió. La página en blanco dejó de ser una obligación pendiente y empezó a parecerse a tiempo.