Principito Oscuro 36 Las voces del pozo
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36 Las voces del pozo

Las voces del pozo

Las cintas rescatadas del túnel necesitaron tres semanas de limpieza. El agua había borrado etiquetas y pegado las bobinas. Un equipo de restauración trabajó en una sala del juzgado mientras Erasmo comparaba números con su catálogo. Cada voz recuperada añadía una familia y abría otra investigación.

Adrián pidió escuchar únicamente aquellas donde apareciera su nombre. La terapeuta de la clínica propuso un límite de veinte minutos al día. Él aceptó y eligió que yo estuviera presente como hermano, sin libreta ni preguntas. Dejé el teléfono fuera y mantuve las manos a la vista.

En la primera cinta, Elena le contaba un cuento. La grabación había sido cortada para repetir una frase: «tengo que irme». Vulpes la reproducía hasta que Adrián decía que su madre quería abandonarlo. Después sonaba la continuación que habían ocultado: «tengo que irme al juzgado y volveré a por ti».

Mi hermano detuvo el aparato.

—Conocía la segunda parte.

—¿La recordabas?

—La esperaba. Cada vez que ponían la frase pensaba que, si aguantaba, terminaría. Ellos rebobinaban antes.

En otra cinta se escuchaba mi voz durante una visita. Repetía que el planeta no existía y que debía pedir perdón a papá. Al fondo, casi cubierta por la ventilación, añadía: «La llave está en la boca». Era la indicación para encontrar el duplicado que Elena ocultó en la escultura del jardín.

Adrián sonrió con una tristeza que no pedía ser corregida.

—Siempre dabas dos respuestas.

—Una para ellos y otra para ti.

—Por eso te vigilaban.

Las cintas explicaban parte de nuestra memoria dividida. Aprendimos a colocar mensajes dentro de las frases obedientes, como niños que esconden objetos en los bolsillos de las sábanas. Con el tiempo olvidamos la clave y conservamos únicamente la vergüenza de haber pronunciado la mentira.

La cuarta grabación pertenecía a Samuel. Hablaba solo, quizá ante Vulpes. Confesaba que encontró a Elena viva al pie de la escalera. Respiraba y trataba de levantarse. Augusto ordenó no moverla hasta que llegara Narciso. Samuel permaneció junto a ella durante once minutos.

«Me pidió que sacara a los niños», decía. «Le prometí que sí.»

La ambulancia interna tardó veintisiete minutos. Para entonces Elena había muerto.

Salí de la sala. En el pasillo golpeé la pared hasta abrirme la piel de dos nudillos. Inés apareció con un vaso de agua y se quedó a distancia, sin hablar de control, duelo ni trauma, hasta que pude regresar.

Adrián seguía frente al reproductor apagado.

—Cumplió la promesa al revés —dijo—. Te sacó a ti y me dejó dentro.

La cinta de Samuel permitía reabrir la investigación de la muerte, aunque él ya no podía sostener una declaración. Fuimos a la residencia. Mi padre escuchó su propia voz sin reconocerla. Preguntó por Elena y quiso saber por qué lloraba aquel hombre.

Adrián respondió:

—Porque llegó tarde y decidió quedarse quieto.

Samuel tocó la venda de mi mano. Durante unos segundos pareció orientarse. Dijo que la sangre manchaba los planos y que Augusto se enfadaría. Después llamó a una enfermera.

La visita terminó sin confesión ni reparación. El hombre que participó en la muerte de nuestra madre ya no podía habitar de forma continua sus actos. Eso no los volvía menores ni convertía su deterioro en un castigo administrado por nosotros.

Al salir, Adrián entregó a la residencia una copia del cuento completo. Pidió que la pusieran si Samuel volvía a preguntar por Elena.

—¿Para qué? —dije.

—Para que la frase termine al menos una vez.

La restauración recuperó ciento nueve voces.

Veinticinco personas aceptaron escucharlas.

Otras solicitaron que permanecieran selladas.

Tres exigieron su destrucción. La jueza reconoció que una prueba podía pertenecer a una causa y continuar siendo una parte íntima de alguien.

Se hicieron copias forenses y los originales fueron devueltos cuando la ley lo permitió.

El pozo de ventilación quedó abierto durante las obras. El viento subía desde el mar y hacía vibrar la rejilla. Los vecinos decían que por la noche se oían voces. Erasmo colocó una placa sin nombres: ARCHIVO DE TESTIMONIOS. Nadie volvió a llamarlo pozo.