Principito Oscuro 35 Habitación 612
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35 Habitación 612

El agua dejaba una línea oscura en las paredes. La silla seguía frente a la ventana cegada. Sobre el suelo flotaban papeles que habían escapado del archivador.

Adrián se sentó.

—Doce pasos —dijo.

Crucé la habitación y conté doce pasos.

—Seis para volver a la cama.

Conté también los seis pasos de regreso.

Sacó el dibujo de la garganta, protegido dentro de una funda, y encajó el fragmento del zapato. La figura quedó completa. Un hombre se acurrucaba detrás de los dientes. La puerta dibujada por Adrián permanecía abierta.

—¿Quién era? —pregunté.

—Mamá al principio. Después fui yo. A veces tú.

—¿Y ahora?

—Es un dibujo.

Colocó la hoja sobre la silla. Había cargado con ella el tiempo suficiente.

En la pared, debajo de capas de pintura, encontró las marcas de los cuarenta y cuatro días. Pasó la uña por una. El yeso se desprendió y reveló una frase infantil:

Valentín vendrá cuando recuerde la llave.

—No vine —dije.

—Has venido.

—Tarde.

—Sí.

Se levantó y caminó hacia la puerta. Mantuvo la respuesta sin suavizarla ni convertirla en consuelo.

Fuera, Inés esperaba con una manta y nos informó de que Severino quedaría detenido por secuestro, obstrucción y administración ilegal de sustancias.

Los cargos relativos a 1998 dependerían de los restos, los documentos y la prescripción aplicable.

Augusto había muerto y Samuel apenas podía sostener una declaración.

La justicia llegaba a una casa donde varias habitaciones ya estaban vacías.

Cuando salimos al parque, la tormenta comenzaba a alejarse hacia el mar. El invernadero se recortaba contra un cielo gris claro. Los rosales muertos aparecían arrancados y apilados junto a la carpa forense.

Adrián buscó a Rosalía entre las ambulancias.

Lo supe por la forma en que miraba cada rostro.

Evité recordarle las cenizas y la confesión de Casimiro mientras Clara solicitaba nuevas búsquedas en las clínicas de Vulpes y la policía comparaba registros dentales.

La incertidumbre era cruel, pero le pertenecía.

Antes de subir a la ambulancia, me entregó los seis cuadernos.

—¿Y el séptimo? —pregunté.

—Todavía no ha ocurrido.

—¿Quién lo escribirá?

—El que salga.

La ambulancia se alejó. Me quedé frente a San Julián con los cuadernos contra el pecho. En el tejado, un grupo de operarios revisaba los daños. Uno de ellos llevaba una chaqueta de pana cubierta de polvo blanco.

Cuando la policía subió, ya no había nadie.

En el borde de la azotea encontraron una tarjeta de la Fundación Vulpes y una frase escrita a lápiz:

Aún falta aprender a perder.