34 El túnel de servicio
El túnel de servicio
Los tres pacientes encontrados en las camillas se llamaban Lidia Robles, Mauro Cid y Vicente Baeza.
Habían vivido en San Julián desde la adolescencia.
Sus historias clínicas ocupaban cientos de páginas y repetían el mismo diagnóstico: relato persecutorio de origen institucional.
Cada uno describía traslados nocturnos a una planta que el hospital negaba.
Los llevaron a una clínica custodiada. Lidia recuperó la conciencia durante el trayecto y se aferró a una carpeta mojada que llevaba bajo el camisón.
Mauro despertó varias horas después preguntando por un cinturón tejido por su hermana.
Vicente había perdido la visión años atrás y quiso saber cuántas puertas separaban su cama de la salida.
Inés prohibió que personal de San Julián participara en las evaluaciones. La medida molestó a dos médicos que se consideraban ajenos al programa de Augusto. Ella les recordó que los pacientes debían decidir quién se acercaba. Haber trabajado bajo el mismo techo bastaba para justificar la distancia.
Adrián conocía a Mauro. De niños se comunicaban a través de las tuberías cuando apagaban el pasillo. Mauro cantaba una serie de apellidos y Adrián respondía con el último que recordaba. La lista servía para conservar a quienes eran trasladados.
Nos permitió entrar al segundo día. Mauro miró a mi hermano durante varios minutos y comenzó la canción sin melodía. Adrián completó el sexto apellido. Entre los dos recitaron veintitrés nombres, algunos ausentes de la contabilidad de Casimiro. Inés grabó la secuencia con permiso de ambos.
—Creí que habías muerto —dijo Mauro.
—Yo también lo creí de ti.
La frase carecía de alegría. Encontrarse vivos obligaba a mirar los años que nadie devolvería.
Lidia abrió la carpeta. Había arrancado del archivo las evaluaciones preparadas para desacreditarlos ante la comisión.
Cada una llevaba fecha posterior a la clausura de B-612 y describía entrevistas que jamás ocurrieron.
Severino pensaba trasladarlos y luego presentar sus desapariciones como episodios de fuga vinculados al temporal.
—Vulpes nos esperaba en el túnel —contó—. Quería que dijéramos que Augusto trabajaba solo.
Cuando las puertas se abrieron desde el servidor, él abandonó las camillas y escapó por una derivación. Antes de irse tomó una caja metálica del carro. Lidia alcanzó a ver la etiqueta: voces de seguimiento.
Vicente identificó el sonido de las ruedas, el motor del ascensor y la respiración de Rivas, aunque el celador había cubierto su cara.
La policía comprobó que Rivas salió del hospital disfrazado de técnico durante la evacuación.
Su teléfono apareció bajo una cama y el coche, junto a la estación. Seguía libre.
Mauro pidió recuperar su cinturón. Lo encontraron atado a una válvula del túnel. Había utilizado la hebilla para señalar la bifurcación por la que huyó Vulpes. En el metal quedaban fibras de una chaqueta de pana y una mancha de sangre.
Los tres rechazaron cualquier traslado organizado por el hospital.
Lidia eligió una residencia gestionada por una asociación de supervivientes; Vicente se mudó con un sobrino; Mauro quiso permanecer cerca del archivo hasta completar la lista de nombres.
La jueza reconoció su derecho a decidir aun cuando esas opciones complicaran la protección policial.
Adrián escribió los veintitrés apellidos en una pared de la clínica. Después dejó un espacio para los que faltaban. Mauro añadió una línea debajo: Los nombres no son síntomas.
La caja robada y la salida utilizada por Vulpes seguían en alguna parte bajo San Julián. Tobías examinó el plano y señaló una ruta que ninguno de los planos modernos mostraba.
* * *
La detención de Severino dejó una pregunta abierta: quién había vaciado la sexta planta mientras nosotros recorríamos el invernadero.
La policía encontró cajas preparadas junto al ascensor y huellas recientes en el corredor.
Faltaban el archivo farmacológico, las cintas originales de Vulpes y un disco duro que aparecía en el inventario de Casimiro.
La respuesta parecía moverse aún bajo nuestros pies.
Durante la noche posterior a la detención, los sensores del sótano registraron puertas abiertas en una zona sin suministro eléctrico.
Dos agentes descendieron y encontraron huellas húmedas que empezaban en mitad del corredor. Terminaban ante un muro.
Tobías identificó detrás de los azulejos un acceso de servicio.
El túnel medía poco más de un metro de ancho y obligaba a caminar encorvado.
A intervalos regulares aparecían ventanillas que daban a cámaras diminutas.
En una había un plato, en otra una manta doblada, en la tercera quedaban surcos en el yeso a la altura de una mano infantil.
El polvo cubría el suelo, excepto una franja central marcada por ruedas recientes.
Encontramos un monitor encendido al final del tramo. Mostraba la habitación 612 en blanco y negro. Un niño estaba sentado junto a la pared, con el rostro oculto entre las rodillas. Adrián reconoció el pijama y la venda del brazo. La fecha de la grabación era noviembre de 1998.
El niño levantó la cabeza hacia la cámara. La imagen saltó y apareció la misma habitación vacía. Luego regresó al comienzo. La cinta duraba treinta y siete segundos y se reproducía desde un equipo conectado a la red moderna. Vulpes había dejado el pasado funcionando para quien abriera el túnel.
Adrián desconectó el monitor. En la pantalla negra quedó nuestro reflejo, cuatro adultos agachados dentro de un conducto construido para observar a niños.
Desde una cámara situada más adelante llegó el chasquido de una puerta.
Los agentes avanzaron con las armas preparadas.
Encontraron una salida abierta hacia la carretera y, en el barro, la marca reciente de una furgoneta.
Rivas había sido detenido en la pista forestal, de modo que alguien seguía dentro. Tobías señaló el montacargas.
—La galería tiene dos salidas. La segunda no figura en los planos nuevos.
Nos condujo hasta la sala de calderas. Detrás de un panel oxidado había una escala vertical. Inés quiso impedir que Adrián bajara; él mostró la llave de Elena. Encajaba en una cerradura situada al pie.
El túnel era más antiguo que el hospital.
Las paredes de ladrillo llevaban marcas de cantero y flechas pintadas durante distintas reformas.
Una línea verde conducía al invernadero.
Otra, blanca, apuntaba hacia la costa. Encontramos señales de ruedas, una caja rota y varias fichas clínicas hundidas en agua.
Recogí una. Pertenecía a un niño sin nombre, ingresado en 1974. El diagnóstico era obediencia insuficiente. En el reverso, una mano había añadido: responde cuando lo llaman Nuno. Guardé la ficha en una bolsa.
La línea blanca terminaba en un pozo de ventilación. Escuchamos voces arriba. Narciso discutía con un hombre que no reconocí. Quería entregar el disco a cambio de protección. El otro respondió que Vulpes protegía únicamente a quienes conservaban valor.
Inés avisó a los agentes. Antes de que llegaran, una caja cayó por el pozo y golpeó el agua.
Adrián se lanzó para rescatarla. La corriente arrastró decenas de cintas hacia una rejilla.
Nos arrodillamos para sujetarlas con las manos y la ropa.
Cada una llevaba un número, una fecha y dos nombres: el del paciente y el de la persona cuya voz había sido utilizada durante la sesión.
El hombre desconocido abrió la compuerta superior.
Era el celador que nos esperaba junto al ascensor la noche de la galería.
Vio a Adrián y sacó una barra metálica. Inés se interpuso, recibió el golpe en el hombro y cayó contra la pared.
Yo sujeté la barra mientras Adrián giraba la llave desde el interior.
La compuerta se cerró sobre la manga del celador y lo dejó atrapado hasta que llegaron los agentes.
Narciso permanecía al otro lado, sentado sobre una caja, con el disco duro entre las rodillas. Dijo que había bajado para salvarlo.
—¿De quién? —preguntó Adrián.
—De todos. Severino quiere destruirlo. Vulpes quiere quedarse con él. La policía lo convertirá en espectáculo.
—Y tú quieres negociar.
Narciso entregó el disco. Incluía vídeos de sesiones, correspondencia con universidades y el seguimiento de antiguos pacientes. También contenía mi expediente completo desde los doce años. El hospital había registrado mis consultas médicas, mis relaciones y cada solicitud de empleo.
Entre los archivos apareció una carpeta llamada RETORNO.
El primer documento se creó siete años antes.
Severino y Vulpes discutían cómo hacer regresar a Adrián a Ciudad Umbra.
Rosalía figuraba como vínculo de aproximación; yo, como receptor clínico.
Habían previsto incluso el encuentro en mi consulta.
Mi hermano leyó la pantalla sin hablar. Durante semanas creyó haber burlado al hospital al presentarse bajo un nombre falso. Ellos abrieron el camino y esperaron que lo recorriera.
—¿Rosalía lo sabía? —pregunté.
—Al principio no —respondió Narciso—. Cuando lo descubrió intentó sacaros del plan. Por eso ardió el archivo.
La carpeta contenía un último mensaje de Vulpes: si Adrián recupera los cuadernos, permitirá localizar el séptimo. La fecha correspondía al día anterior a nuestra entrada en B-612.
Adrián cerró el ordenador.
—Quiere que creamos que cada decisión fue suya.
—Preparó el recorrido —dije.
—Preparar una carretera no obliga a nadie a conducir.
Subimos las cintas una a una. El túnel permaneció custodiado y el agua dejó de correr cuando los técnicos cerraron una válvula. En la pared, bajo varias capas de cal, apareció una frase escrita con letra infantil: Si sales, vuelve por otro.
Adrián la fotografió. Luego pidió regresar a la habitación 612 antes de que la policía sellara el ala.