33 La noche de 1998
La pistola disparó contra el techo. El estruendo nos dejó sordos durante unos segundos. Inés golpeó la muñeca de Severino con la barra y el arma cayó al agua. Adrián recogió el mando. El director se lanzó hacia él, resbaló y quedó de rodillas.
—No sabes qué abre cada botón —dijo.
—Tú tampoco lo sabías cuando empezaste —respondió mi hermano.
La memoria terminó de abrirse con el olor de la pólvora.
En 1998 yo estaba junto al cuadro eléctrico porque Samuel me había prometido que dejarían salir a Adrián si ayudaba. Llevaba una llave y debía girarla cuando mi madre llegara al invernadero. Pensaba que encendería las luces. En realidad activaba el bloqueo magnético de la puerta norte.
Elena subió la escalera con el expediente. Tenía sangre en una mano por romper la campana de cristal de la habitación. Detrás de ella, Tobías apagó las lámparas. Mi padre la alcanzó en el rellano y la sujetó. Augusto intentó quitarle la carpeta.
—Valentín, abre —gritó ella.
Giré la llave en la dirección que Samuel me había enseñado.
La puerta se cerró.
Elena comprendió lo ocurrido. Miró a mi padre y le pidió que la soltara. Samuel abrió la mano. Su cuerpo chocó contra la barandilla y desapareció escaleras abajo sin gritar; oímos la carpeta al abrirse y vimos cientos de hojas descendiendo detrás de ella.
Adrián estaba al otro lado del cristal. Me vio con la llave.
Augusto ordenó a Tobías encender. La luz mostró a Elena en el suelo. Samuel bajó dos peldaños y se detuvo. Severino, que entonces era residente, apareció por la galería. Augusto le pidió una bolsa, no una ambulancia.
Yo seguía junto al cuadro.
—Fue un accidente —me dijo Vulpes al oído—. Tu madre se cayó porque estaba alterada. Si Adrián aprende eso, podréis volver a casa.
Le creí durante el tiempo necesario para sobrevivir.
En el presente, el agua estaba helada alrededor de mis piernas. Severino permanecía de rodillas. Vi en su rostro al joven que trajo la bolsa.
—Estabas allí —dije.
—Intenté pedir ayuda.
—Obedeciste a Augusto.
—Como todos.
—Después elegiste continuar.
Adrián sostenía el mando con la mano herida. Le pedí que me lo entregara. Dudó.
—Yo cerré la puerta —le dije—. No sabía qué hacía, pero fui yo.
—Lo sé.
—Te dejé dentro.
—También estabas dentro.
Durante años había imaginado el perdón como una puerta que otra persona debía abrirme. Adrián no la abrió. Se limitó a colocar el mando en mi mano.
Inés identificó los controles comparándolos con el panel del servidor.
Activamos las bombas y liberamos las puertas de emergencia.
En la pantalla, el agua comenzó a retroceder.
La policía entró por la salida de la cantera y encontró las camillas abandonadas.
Los tres pacientes estaban sedados, pero vivos.
Vulpes había desaparecido por una derivación del túnel.
Severino aprovechó nuestra atención para correr hacia la escalera. Adrián fue detrás. Los seguí hasta el invernadero. La lluvia atravesaba los cristales rotos y convertía los peldaños en espejos. El director alcanzó el rellano, abrió la puerta norte y se volvió con una ampolla en la mano.
—No tiene que terminar como ella —dijo a mi hermano—. Puedo detener los recuerdos.
Adrián subió un peldaño.
—Ya terminaste con ella.
Severino acercó la ampolla a su propio cuello. Si pretendía amenazar con una sustancia mortal o fingir desesperación, no llegamos a saberlo. El vidrio se rompió en su mano cuando Inés lo inmovilizó desde atrás. Dos agentes entraron por la galería y lo esposaron.
Al pasar junto a mí, murmuró:
—El hospital seguirá aquí cuando vosotros os hayáis ido.
Afuera, las ventanas se apagaban planta por planta. Las ambulancias evacuaban a los pacientes. San Julián parecía más pequeño sin luz.