Principito Oscuro 26 El mapa bajo la tinta
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26 El mapa bajo la tinta

El mapa bajo la tinta

Colocamos los seis cuadernos sobre la mesa de la clínica. Adrián observó la lámina metálica y pidió que apagáramos la cámara de seguridad. La jueza accedió a trasladarnos a una sala sin vigilancia, con dos agentes al otro lado de la puerta.

—Erasmo te dio el mapa completo —dijo.

—También la carta de mamá.

Sin pedirla, dispuso los cuadernos en un círculo y giró cada uno hasta alinear los puntos de las constelaciones. Luego apoyó la lámina sobre las cubiertas. Las perforaciones dejaban ver letras dispersas. Anoté la secuencia.

J A R D I N C U A R E N T A Y C U A T R O.

—Jardín cuarenta y cuatro —leí.

Adrián cambió de lugar el tercero y el quinto. Surgió otra frase.

E L S E P T I M O E S L A G A R G A N T A.

—El séptimo es la garganta.

Tocó la cicatriz de su sien.

—Rosalía escondió la tarjeta en el dibujo original, el que hicimos juntos. Creía que tú aún conservabas el pedazo.

—Lo perdí.

—Papá lo guardó en tu expediente. Lo vi cuando entramos en el archivo.

—¿La tarjeta está dentro del papel?

—Entre dos capas. Rosalía la cosió con hilo transparente.

El dibujo podía seguir en San Julián o haber ardido. Recordé la anotación de Casimiro: jardín cuarenta y cuatro. Bajo la tumba de Elena quizá quedaba otra copia.

Adrián volvió a ordenar los cuadernos. La tercera frase apareció incompleta:

V U L P E S T I E N E L A P U E R T A.

—Vulpes tiene la puerta —dije.

—La salida del archivo solo se abre con su huella. Augusto instaló el lector cuando Mateo empezó a guardar las sesiones.

—¿Por qué construiste un código tan complejo?

—Porque me enseñaron que una verdad visible podía corregirse. Las escondidas sobreviven mejor.

—También impiden que te ayuden.

—Cuando pedí ayuda, me dieron cuarenta y cuatro atardeceres.

La frase no llevaba reproche; por eso me resultó más difícil recibirla.

Le entregué la carta de Elena. Leyó de pie. Al llegar a la línea sobre la elección, apoyó una mano en la mesa. Terminó y volvió al comienzo.

—¿Por qué Erasmo la guardó?

—Tuvo miedo.

—Todos tuvieron miedo.

—Nosotros también.

—Éramos niños.

—Ahora no.

Doblando la carta por las marcas antiguas, la guardó en el bolsillo interior del abrigo. Su mirada había recuperado una atención que no le veía desde la sala tres.

—Tenemos que ir al jardín.

—La policía se encargará.

—La policía buscará un cuerpo. Nosotros necesitamos el dibujo.

—¿Qué contiene la tarjeta?

—Todo lo que Rosalía alcanzó a copiar: listas, pagos, grabaciones. También el vídeo del incendio.

—¿Existe un vídeo?

—Las cámaras no fallaron. Severino guardó la grabación para controlar a Vulpes. Rosalía la encontró en su ordenador.

Llamé a la jueza. Mientras hablaba, un agente entró con una caja recibida en recepción. Llegó sin remitente y dentro había una rosa negra y un teléfono.

Sonó antes de que nadie lo tocara.

La jueza ordenó activar el altavoz.

—Valentín —dijo Mateo Vulpes—. Has tardado en aprender el juego, pero ya conoces las piezas. Ahora ven solo y trae los cuadernos.

—¿Dónde?

—Al desierto. Tu hermano sabrá explicártelo.

Adrián miró la rosa.

—La cantera —dijo—. Allí empezaba su terapia.

Vulpes lo oyó.

—Me alegra escucharte, pequeño príncipe.

Mi hermano aplastó la rosa bajo la palma. Una espina le atravesó la piel.

—Ya no soy pequeño —respondió.