25 La enfermera de los jueves
La enfermera de los jueves
La mujer llamó a la emisora después de escuchar la cinta de Rosalía. Usó un nombre falso, pidió hablar con Adrián y colgó cuando el productor quiso tomarle los datos. Volvió a llamar el jueves siguiente a la misma hora. Esta vez dejó una frase: «Las sábanas tenían bolsillos».
La tercera llamada llegó mientras Adrián permanecía en la clínica. Contestó él.
—Me llamo Celia Orbe —dijo la mujer—. Trabajé los jueves. Los otros días cuidaba a mi madre.
Aceptó reunirse en una iglesia abandonada junto a la carretera.
Tendría sesenta años, aunque caminaba encorvada y parecía mayor.
Traía una bolsa de lavandería llena de retales blancos.
Durante el cierre de la unidad descosió los bolsillos antes de entregar las sábanas al incinerador. Conservó treinta y siete.
Cada uno llevaba un número bordado. Dentro quedaban objetos que el registro oficial no mencionaba: dientes de leche, estampas, llaves, notas dobladas, mechones de pelo y piezas de juguetes.
Celia los había guardado porque devolverlos implicaba localizar a familias a las que el hospital decía que sus hijos olvidaron voluntariamente.
Adrián extendió los retales sobre los bancos. Encontró el 612 al final. El bolsillo contenía una arandela de cobre, media fotografía de Elena y una tira de papel con cuatro palabras: Valentín abre desde fuera.
Reconocí mi letra. Recordaba haber escrito mensajes para el cobertizo, pero ninguno dirigido al hospital. Celia explicó que los hermanos podían entregar objetos durante las visitas familiares. Yo acudí al menos cinco veces a B-612. En los registros aparecía como sesión de reparación fraterna.
—Decías lo que te habían enseñado —contó—. Que Adrián debía reconocer sus fantasías, que mamá se había puesto enferma por su culpa y que volvería a casa si dejaba de preguntar. Después buscabas un momento para esconderle notas.
—¿Por qué no lo recuerdo?
—Porque salías dormido.
Las sesiones terminaban con una bebida. Narciso la llamaba refuerzo nutricional. Celia vio a Samuel añadir gotas transparentes. Una tarde me negué a beber y rompí el vaso. Augusto ordenó que me sujetaran. Elena apareció antes de que lo hicieran. Fue la última vez que Celia la vio con vida.
Adrián colocó la nota junto a la mitad de la fotografía. En la parte conservada aparecían las manos de mi madre sobre nuestros hombros. Faltaban las caras.
—Me prometiste abrir —dijo.
Esperé el reproche, pero su tono expresaba cansancio.
—No lo hice.
—Seguiste escribiendo que lo harías. Ellos tuvieron que dormirte para impedirlo.
Celia nos llevó a la antigua lavandería de la congregación.
Tras una pared falsa conservaba libros de turnos y cajas con medicación.
Había robado una caja cada jueves durante el último mes de 1998 con la intención de entregarla a Elena.
Después de la muerte, tuvo miedo. Se marchó de Ciudad Umbra y cuidó a su madre hasta que falleció.
El miedo continuó cuando ya no quedaba nadie a quien proteger.
Inés revisó las ampollas. Algunas llevaban la etiqueta Silente; otras solo una letra y una concentración. El lote coincidía con el compuesto hallado en la bolsa intravenosa de Adrián.
—Puede demostrar que se administraba entonces —dijo.
Celia apretó la bolsa vacía.
—También demuestra que lo guardé mientras seguían utilizándolo.
La jueza le ofreció protección y tomó declaración esa misma noche.
Celia nombró a médicos, celadores y dos religiosas.
Describió los castigos, la cámara de observación y las sesiones donde Vulpes pedía a cada niño que eligiera a la persona cuya voz quería conservar.
Las demás grabaciones se distorsionaban hasta convertirlas en ruido.
—¿Qué voz eligió Adrián? —pregunté.
—La tuya. Siempre la tuya, incluso después de las visitas.
Mi hermano guardó el bolsillo 612 en una bolsa de pruebas. Los demás fueron fotografiados y asociados a los nombres que Erasmo había recuperado. Celia pidió participar en la búsqueda de las familias. Nadie le prometió perdón. Le dieron una mesa, guantes y acceso supervisado al archivo.
Durante semanas abrió costuras. Algunos bolsillos permitieron identificar a personas que figuraban con números; otros conservaron objetos cuyo dueño seguía sin aparecer. Celia escribió cada descripción a mano. Al terminar la jornada de los jueves, dejaba una silla vacía junto a la mesa.
La mitad perdida de la fotografía apareció dentro del bolsillo 611.
Pertenecía a una niña llamada Jimena, trasladada desde un hogar religioso.
Elena había cortado la imagen para que ninguno de los dos niños quedara solo con un objeto comprometedor.
Juntas, las piezas mostraban a mi madre arrodillada entre Adrián y yo.
En el reverso había una fecha y una indicación: bajo la tinta.